El desastre de la educación

ROBERTO AGUILAR

Cuando la Reforma Educativa se promulgó se entendía que no habría distinciones geográficas, que su aplicación sería homogénea y pareja para cada una de las entidades porque es la fortaleza de cualquier cambio estructural.

Pero pareciera que las nuevas propuestas sólo hubieran estado dirigidas a Oaxaca, Guerrero, Chiapas y Michoacán. O esa fue la lectura que el magisterio y partidos políticos de oposición vendieron entre una parte la sociedad.

Por eso los “maestros” decidieron iniciar una guerra sucia contra la Reforma Educativa bajo un endeble argumento de que los cambios no sólo atentaban, sino incluso violentaban sus derechos laborales cuando en realidad su verdadera preocupación estaba en que terminarían las prebendas, abusos y privilegios que durante décadas acumularon bajo la complicidad del gobierno en funciones por el botín político que representaban.

Sin embargo los beneficios personales, la extrema flexibilidad laboral, y todo el poder que el gremio educativo alcanzó, especialmente en Oaxaca, en nada contribuyeron a mejorar el bajo nivel de los estudiantes que desde su origen cargan un pesado lastre que los deja al margen de oportunidades laborales.

Contradictoriamente ven en el magisterio una de las alternativas más rentables en todos los sentidos, es decir estudiar para ser “maestro” y entrar al círculo de escaso esfuerzo, conformismo y un manipulado activismo político para supuestamente defender los principios básicos de la educación, y recibir un sueldo y prestaciones a cambio de una labor que nada tiene que ver con las aulas, sino más bien se ejerce en los plantones, marchas y manifestaciones.

Por eso tampoco sorprende que los estados con el magisterio más “aguerrido” sean los que desde hace décadas reporten las menores tasas de crecimiento económico, alta pobreza y marginación pese a que cada sexenio reciban millonarias transferencias del presupuesto público para supuestamente mejorar las condiciones de vida, infraestructura y generar oportunidades de crecimiento.

No hace falta mucha ciencia para afirmar que la única fórmula probada para salir de la marginación y pobreza es un verdadero cambio del modelo educativo y la urgencia de que los maestros retomen y refrenden su verdadera vocación en las aulas. Pero pareciera que los “maestros” no lo saben o más bien se empeñan en defender lo contrario a costa de su misma población, sus estados e incluso todo el país. ¿Pero entonces qué nos depara el futuro educativo cuando la posición del magisterio es radical e insaciable por culpa del gobierno que cede a sus exigencias, y cuando cada día sin clases es una oportunidad que pierden los alumnos para prepararse, mejorar su nivel de vida y alimentar sus aspiraciones?

La respuesta no es nueva, no sólo existe sino que se vive duramente desde hace tiempo, pero lo más preocupante es que el deterioro avanza mientras que las exigencias crecen rápidamente y entonces la brecha que cada vez se ensancha pasará una factura mucho más pesada al crecimiento económico del país. Y no sólo de quienes no somos “maestros” o apoyamos las supuestas causas sociales sino más bien de toda la nación que ya perdió demasiado tiempo por culpa de los detractores de un modelo educativo justo, eficiente y acorde a las necesidades reales de la economía y que no sólo sirva para defender los privilegios y fines partidistas de unos cuantos.