TLCAN: caras, gestos y amenazas

ROBERTO AGUILAR
Periodista de Negocios

La rápida respuesta de Donald Trump sobre quién debería pagar el polémico muro fronterizo –un tema que pareciera una obsesión para el presidente de Estados Unidos– el balance de la primera reunión oficial que sostuvo con su homólogo mexicano Enrique Peña Nieto, fue positivo y alentador en el contexto de los inevitables ajustes en la relación entre ambas naciones en todos los aspectos, comenzando por el comercial y económico.

La más reciente reunión del G20 conformado por los 20 países industrializados y emergentes más importantes y que se celebró en Alemania, fue el escenario del breve encuentro entre ambos mandatarios al que no tuvieron acceso los medios de comunicación y sólo recibieron un corto, pero desde mi punto de vista, sustancioso resumen de los temas que abordaron los presidentes.

Una de las primeras coincidencias fue la necesidad de modernizar el TLCAN con la condición de que los cambios se traduzcan en beneficios tangibles para los tres países miembros; se reiteró la fecha oficial de arranque de las negociaciones de los representantes de México y Estados Unidos –16 de agosto– y la intención de que las negociaciones sean expeditas y eficientes para tratar de concluirlas a finales de este mismo año.

Pese a la lectura optimista de la reunión, los mercados permanecieron ajenos porque ante las evidencias previas y una relativa debilidad en la capacidad de acción del presidente de Estados Unidos el escenario ya había sido descontado, sin embargo el efecto hubiera sido muy dañino si la actitud de Donald Trump hubiese sido negativa y retadora porque se habrían atizado los temores de un potencial rompimiento del acuerdo comercial.

Pero que el balance económico y financiero haya sido positivo por lo menos para la primera mitad del año, diluyendo la incertidumbre por la posición del nuevo gobierno estadounidense, y que en la práctica, discurso e incluso en la actitud de Donald Trump se perciba una mayor disposición a negociar los nuevos términos comerciales, significaría que México habría superado la prueba de fuego de lo que podría catalogarse como una llamarada de petate.

La respuesta es que no necesariamente por dos factores básicos con implicaciones a mediano y largo plazo. Para empezar los ajustes acordados no entrarían en vigor de inmediato por los tiempos legislativos que retrasarían hasta un año la firma de la nueva versión del TLCAN, y si son positivos para México o por lo menos permanecieran iguales no habría implicaciones negativas.

Además existe la posibilidad de que en las negociaciones de los tres países se acuerde incluir un apartado que estipule que habrá revisiones periódicas al convenio comercial ampliando los periodos de incertidumbre cada que se llegara al plazo acordado. Y una última y no por ello menos importante, es que se termine el cuento del lobo con piel de oveja de Donald Trump y que las condiciones o exigencias de Estados Unidos sean tan ambiciosas como para provocar la cancelación del TLCAN y negociar tratados comerciales con México y Canadá, lo que si traería efectos negativos para la economía nacional y los mercados financieros por lo menos en el corto plazo.

Por eso ahora, el gobierno mexicano deberá de ser mucho más cuidadoso y astuto en el manejo de la agenda y la defensa de los intereses, algo que en el discurso pareciera muy sencillo y quizás hasta obvio, el problema es que en realidad todavía no vemos explícitamente cuáles son las cartas que pondrá sobre la mesa Estados Unidos y Canadá, esto cuando pareciera que el juego todavía está mucho más sesgado en contra de México por más caras amables y buenos deseos que sigamos viendo.