¿Cómo superar las razones por las que escribimos mal?

JORGE FERMÍN TOVAR

Existen varias razones por las que redactamos incorrectamente. Van desde una educación deficiente y sesgada hasta un desinterés de uno mismo por hacerlo bien.

El motivo principal por que escribimos mal es tratar de hacerlo de la misma forma en que hablamos. Perdemos de vista que el lenguaje oral es muy distinto que el escrito. El habla tiene la ventaja de contar con recursos como gestos, tonos y volumen de voz, para que, aun cuando hablemos mal, logremos nuestro objetivo de darnos a entender.

En cambio, la escritura requiere de mayor rigor, cuidado y precisión al practicarla. De no hacerlo así, incurriremos en más de un malentendido y hasta bochornosas situaciones, como el caso del señor que mandó un arreglo floral a su amigo con una tarjeta que decía: “Mi más sincero pésame por la perdida de tu hija”.

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Para escribir con propiedad, debemos conocer, dominar y aplicar –nos guste o no– las reglas que rigen a nuestro idioma, desde la ortografía hasta la sintaxis de las palabras que plasmamos en papel o en computadora.

No ordenar primeramente nuestros pensamientos es otra causa. Solemos escribir a prisa, sin reparar en que nuestras ideas estén bien planteadas, inteligibles. Para esto, es fundamental saber qué es un enunciado y qué elementos lo componen. Porque en esta sencilla y básica estructura es que debemos aterrizar nuestra información por escrito: sujeto-predicado-punto-sujeto-predicado-punto…

Parafraseando, en verdad os digo que es más fácil escribir bien que hacerlo mal (como hablamos y con enunciados largos e inconclusos). Debemos redactar oraciones cortas, simples sin mayores rebuscamientos, Pero esa técnica necesita de calma, paciencia y revisión de lo que acabamos de escribir.

Irónicamente, hacemos exactamente lo contrario: empezamos a desarrollar una idea y, sin terminarla, pasamos a otra, y así sucesivamente. Y por si fuera poco, no empleamos los signos de puntuación adecuadamente. ¿Por qué? Porque no conocemos sus reglas, no las aprendemos ni las aplicamos. Los usamos casi por intuición, por creencias falaces y ancestrales, como que la coma es para respirar, para agarrar aire.

Los signos de puntuación son más que fundamentales. Una simple coma tiene el poder de cambiar todo el sentido de una misma frase u oración. Para muestra, un botón: no es lo mismo escribir Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer, andaría en cuatro patas en su búsqueda, que Si el hombre supiera realmente el valor que tiene, la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda. La ubicación de este signo determina quién anda en cuatro patas.

Otra razón, no menos importante, es terminar de redactar y creer que lo hicimos bien, sin darle una revisada final. Y aun echándole varias ojeadas uno mismo, esto no garantiza nada. Lo ideal es que alguien más lea lo que acabamos de escribir y nos diga qué entendió. Así, nos percataremos de nuestras faltas y carencias en nuestra redacción, o corroboraremos que lo hicimos bien.

Un motivo más, este sí menor, pero finalmente un factor, es la influencia de comunicadores profesionales que escriben y hablan mal. Solemos tomar como modelos para expresarnos a nuestros conductores, periodistas o locutores preferidos. Pero ignoramos –no queremos saber, no nos interesa– que no saben escribir o expresarse con propiedad. Y cuando alguien con conocimientos gramaticales eventualmente nos corrige, no lo aceptamos, porque así lo dice nuestro admirado y adorado comunicador de radio, de tele, de periódico o de internet.

Es importante hacer la siguiente aclaración al respecto: raramente ese comunicador tiene un discernimiento meticuloso, riguroso y profesional –como debiera ser– del idioma que emplea. No digo que no se un experto en lo que habla; pero el locutor, el columnista, el noticiero estelar de cada canal de televisión no es un lingüista. Dista mucho de eso. No confíen ciegamente en ellos. Para aprender a hacerlo bien, acérquense a los especialistas, sean libros o maestros.

Revertir todas estas razones hará que redactemos con propiedad, que pasemos del “pero me entendiste, ¿no?” a la admiración de quien nos lee, sea en un mensaje de texto, en un correo, en una carta, hasta algo más profesional, como un reporte laboral, una investigación o una tarea escolar.

*El autor es instructor profesional de redacción y ortografía. Imparte cursos corporativos de capacitación en este tema.
Correo electrónico: jorgetov@hotmail.com