El tamaño sí importa, y la tilde también

JORGE FERMÍN TOVAR

La mayoría de la gente confía ciegamente en el autocorrector de Word o en el del teléfono celular. Creen ingenuamente que esta herramienta de la computadora y de su teléfono “inteligente” va a evitarles la comisión de faltas de ortografía al escribir. Nada más equivocado.

Por esta errónea creencia, desestiman la importancia de aprender las reglas del uso de la tilde, el signo gráfico que evidencia la sílaba en que está el acento (pronunciación más fuerte) de una palabra escrita.

Hasta ahora, la inteligencia de ningún dispositivo es capaz de discernir la escritura exacta de ciertos términos en cuanto a su acentuación se refiere. Ningún smartphone ni ordenador autoescribe la opción correcta de entre las palabras que tienen triple acentuación según el contexto del enunciado en el que se empleen.

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Un ejemplo de esto son las palabras público, publico y publicó. No solo gráficamente son distintas, sino también en su pronunciación y, por supuesto, en su significado. En este caso, el autocorrector no sabe distinguir, sobre todo, la palabra publico, que es el presente de la primera persona en singular del modo indicativo del verbo publicar.

Si queremos utilizar esa flexión verbal, el texto predictivo del teléfono “inteligente” lo modifica y le pone tilde, ya sea en o en . No concibe en qué situación puede emplearse sin ella. Y si insistimos en ponerle el signo ortográfico, la subraya, como indicando que está mal escrita.

No se pronuncian, ni se escriben igual, ni significan lo mismo, esos términos en los siguientes ejemplos:

Yo publico un artículo todos los jueves.
Al público no le gustó la obra.
El escritor publicó todos sus cuentos en un libro.

Además de estas palabras, hay muchas otras que presentan el mismo fenómeno gramatical, como trámite, tramite, tramité, práctico, practico, practicó, ánimo, animo, animó, etc. Pero no son las únicas en las que se nota la trascendencia de la tilde.

El también llamado acento ortográfico puede afectar no solo el significado de una palabra, sino el sentido de toda una oración. Como lo decía ya en el artículo antepasado (Cómo superar las razones por las que escribimos mal), no es lo mismo escribir Mi más sincero pésame por la pérdida de tu hija, que Mi más sincero pésame por la perdida de tu hija.

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Incluso la tilde puede cambiar la intención de todo un artículo, o al menos la presunción de lo que trata ese artículo. La otra vez vi el siguiente título de un texto en internet: “La violencia domestica”. Me pareció muy interesante ver de qué manera los golpes y los gritos lo hacen a uno más hogareño. Pero la sorpresa fue que no se trataba de eso, sino de “La violencia doméstica”.

Dos ejemplos más: no es lo mismo decir Sé sincero conmigo, que Se sinceró conmigo. O Sé la clave, que Se la clavé. O sea, la tilde puede ser la diferencia entre dar una seria recomendación o andar presumiendo vulgaridades.

Como estas, hay muchas muestras de la importancia semántica de ese signo ortográfico tan desestimado por muchos. Por eso, es muy cierto lo que dicen los expertos: el tamaño sí importa, y la tilde también. Porque no es lo mismo lástima que lastima. El signo hace la gran diferencia.

El día que los tan famosos y necesitados gadgets de hoy en día distingan este tipo de grafías, podremos empezar a considerar llamarlos “inteligentes”.

*El autor es instructor profesional de redacción y ortografía. Imparte cursos corporativos de capacitación en este tema.

Correo electrónico: jorgetov@hotmail.com