México, la fábrica de Norteamérica

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“En la medida en que la organización pueda desempeñar ciertas actividades mejor que sus competidores, podrá lograr entonces una ventaja competitiva.”
Philip Kotler

Armando Nuricumbo
Miembro del Consejo Editorial de Mundo Ejecutivo y Socio Director de la firma de consultoría Nuricumbo + Partners
www.nuricumbo.com

Durante los últimos treinta años, China se convirtió indiscutiblemente en la fábrica del mundo. De 1980 a 2018 su Producto Interno Bruto (PIB) creció en promedio 9.5% al año. De acuerdo al Banco Mundial, esta ha sido la expansión económica más grande y más rápida en toda la historia de la humanidad.

China ha podido duplicar el tamaño de su economía cada ocho años y ha sacado de la pobreza extrema a ochocientos millones de personas, en un ejercicio de movilidad social sin precedente. Hoy es la economía más grande del mundo cuando se le mide con base en poder de compra.

Estos logros fueron alcanzados gracias a su capacidad para posicionarse como un imán de inversión extranjera, y por crear condiciones internas que aseguraran la prosperidad y competitividad de sus empresas, sobre todo de las exportadoras.

China ¿próspera?

Las cosas no siempre fueron color de rosa. El 4 de junio de 1989 ocurrió la represión militar de Tiananmén, en la que el gobierno del gran reformador Deng Xiaoping decidió terminar violentamente con las protestas estudiantiles que habían comenzado algunos meses atrás. Como resultado de esa acción, Estados Unidos y Europa occidental decidieron aislar política y económicamente al gobierno chino. Se establecieron sanciones y se limitó fuertemente el intercambio comercial. Paradójicamente, ese aislamiento político y diplomático hizo que el régimen chino decidiera -contra todo pronóstico- acelerar su proceso de apertura económica y de reformas estructurales.

En 1983, China recibía 920 millones de dólares de inversión extranjera directa al año. Para 1991, esa cifra había aumentado a 4 mil 370 millones, a 45 mil 300 millones en 1997, y a 138 mil 300 millones en 2018. En total, se estima que China ha recibido flujos de inversión en el orden de 2,100,000 millones de dólares (o 2.1 billones – casi el doble del tamaño de toda la economía mexicana) en los últimos 30 años.

Sin embargo, todo parece indicar que este bello capítulo está llegando a su fin. La relación entre Estados Unidos y China -que es la relación bilateral más compleja del mundo- se ha deteriorado y está comenzando a transitar por una etapa muy complicada. La pandemia de Coronavirus está provocando que tanto gobiernos como empresas multinacionales empiecen a pensar en cómo tener más control sobre su cadena de suministro, cómo depender menos de otros países en sectores estratégicos, y en cómo generar más empleo a nivel local, o por lo menos regional.

México tiene una gran oportunidad

La realidad económica también nos indica que sería poco realista pretender que absolutamente todos los procesos de manufactura regresen a países desarrollados. Eso podría representar una oportunidad histórica para México, quien con las acciones adecuadas podría posicionarse como la fábrica de Norteamérica, al amparo del T-MEC, con cadenas productivas que han sido probadas a lo largo de los últimos treinta años, y con la infraestructura que nos ha colocado como el país más exportador de Latinoamérica.

Podemos aprender muchas cosas de la experiencia china, entre ellas, que hay que poner el pragmatismo por encima de la ideología. Ninguna transformación puede llegar muy lejos en un contexto de desempleo y miseria. Que por encima de los discursos o de las fotografías, están los resultados.

Y que la verdadera movilidad social viene principalmente del trabajo y de la educación – no de las limosnas-, y que para ello son necesarias empresas prósperas y exitosas. En un contexto de grandes cambios hacia la prosperidad y el bienestar económico que queremos lograr, tenemos que ver más a China y menos hacia Cuba o Venezuela.

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