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Opinión

Ganar una elección no resuelve nuestros problemas

Por: Colaborador 09 Nov 2020

Los estados que le dieron la victoria a Joe Biden fueron Michigan, Wisconsin y Pennsylvania, para llegar a un total de 279 votos del colegio […]


Ganar una elección no resuelve nuestros problemas
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Los estados que le dieron la victoria a Joe Biden fueron Michigan, Wisconsin y Pennsylvania, para llegar a un total de 279 votos del colegio electoral y más de 75 millones en el voto popular

Armando Nuricumbo
Miembro del Consejo Editorial de Mundo Ejecutivo y socio director de la firma de consultoría Nuricumbo + Partners
www.nuricumbo.com

“La guerra crea extrañas alianzas, mientras que la paz por sí misma muchas veces trae división”

Ian Rankin

Fue un fin de semana histórico. El sábado 7 de noviembre de 2020 la mayoría de las cadenas de televisión americanas declaraban a Joe Biden como ganador de las elecciones presidenciales. Los estados que le dieron la victoria fueron Michigan, Wisconsin y Pennsylvania, para llegar a un total de 279 votos del colegio electoral y más de 75 millones en el voto popular. En los próximos días es probable que también se confirme su victoria en Arizona y Georgia, lo cual lo pondría por encima de los 300 votos electorales. Una victoria indiscutible.

Sin embargo, es importante reflexionar sobre la enorme división que está caracterizando a algunas de las democracias actualmente, y tomo el ejemplo cercano de Estados Unidos y México. Aún con todo lo caótica que fue la administración Trump -con mensajes y políticas racistas, polarizantes y muchas veces irresponsables- más de 71 millones de ciudadanos americanos le dieron su voto.

Lo mismo sucede en el caso de México, con un mapa electoral que parece dividir al país en dos: 50% del electorado aprueba incondicionalmente las políticas del Presidente López Obrador, mientras que otro 50% las rechaza totalmente. Los cinco estados que más aprueban al presidente son Tabasco, Guerrero, Oaxaca, Tlaxcala y Chiapas. Los cinco estados que menos lo aceptan son Chihuahua, Baja California Sur, Guanajuato, Jalisco y Aguascalientes.

Nuestras democracias no han producido gobiernos que efectivamente cierren las enormes brechas que existen en nuestros países: La brecha entre lo urbano y lo rural, entre lo joven y lo viejo, entre quienes trabajan y quienes no tienen empleo, entre los que terminan un posgrado y quienes no pudieron ir a la primaria, entre quienes tienen todo y quienes no tienen nada. Mientras esas brechas estén ahí, también existirán políticos que las utilizarán para sus fines particulares, sembrando división y odio de clases porque saben que eso es mucho más fácil que siquiera intentar resolver los problemas de fondo.

Nuestros modelos de desarrollo tienen que ser incluyentes o corren el riesgo de ser vulnerables. Las democracias no funcionan muy bien en sociedades altamente desiguales, y esta desigualdad solo termina por radicalizarnos a todos.

En Estados Unidos, esto debería de ser un momento de reflexión muy importante para el Partido Republicano. Los Demócratas han ganado el voto popular en siete de las últimas ocho elecciones presidenciales. Ese nivel de dominio sobre el voto popular no tiene precedente en la historia de Estados Unidos, que se perfila cada vez más a convertirse en un país de centro-izquierda. Esto no significa que el país se esté moviendo hacia el socialismo. Al contrario. Muchos de los países más exitosos en Europa han operado con modelos similares, basados en propuestas políticas más realistas, razonables e incluyentes.

En los últimos 30 años, los Republicanos han ganado la presidencia en dos ocasiones al mismo tiempo que perdieron el voto popular (2000 y 2016). En los últimos 120 años, solo cinco presidentes han perdido su reelección después de cuatro años, y dos de esos presidentes son Republicanos recientes: George H. Bush (1992) y Donald Trump.

El gran reto para Joe Biden será cómo tratar de unificar al país, cómo lograr una visión generalmente aceptada de lo que Estados Unidos debe ser en el siglo XXI, una visión que sea igualmente válida en Nueva York, en Alabama o en Idaho, y en cómo lograr acuerdos políticos con el Partido Republicano para poder generar cambios. Democracias que no se traducen en resultados no sirven de mucho. Y un Estados Unidos dividido manda una enorme señal de debilidad al mundo entero, lo cual es un riesgo geopolítico muy importante.

En México, la división política es enorme y 30 años de avances democráticos no se han traducido en mayor efectividad en la resolución de los grandes problemas nacionales. Si bien no hay que descartar que la democracia también trajo consigo mayor responsabilidad fiscal y mejor estabilidad macroeconómica, esto por sí mismo no ha sido suficiente para lograr la justicia social que necesitamos.

“Los Olvidados” de siempre siguen ahí, sobreviviendo como pueden, arriesgando su vida en medio de la pandemia con tal de subsistir, apoyados por ese invaluable activo que es la solidaridad familiar, pero muy atentos para dar su voto a alguien que les prometa que, como por arte de magia, las cosas pueden ser mejores a partir de la siguiente elección.

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