Inicio » Las alertas de Teotihuacan

Las alertas de Teotihuacan

por El Consejero
0 comments 1 views
Las alertas de Teotihuacan

Dicen que las cosas siempre se pueden poner peores. Este jueves, un individuo disparó contra turistas en la pirámide de la Luna de Teotihuacan, con saldo de dos muertos -uno de ellos el atacante, quien se suicidó-, 13 personas lesionadas, siete de ellas con arma de fuego, la mayoría extranjeros, incluida la persona asesinada, de nacionalidad canadiense. Por la ropa y literatura que portaba, así como la planeación del ataque, se concluyó que el agresor era fanático de la masacre de la escuela secundaria de Columbine, Colorado, ocurrido exactamente 27 años antes.

El hecho generó alertas de viaje de Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña, así como expresiones de pesar por el gobierno canadiense, empezando por el Primer Ministro Mark Carney. Sin embargo, no se trató -como en otras alertas emitidas-, de advertencias sobre delincuencia común o, como en algunas entidades, por la operación de grupos delincuenciales, ni siquiera por eventos como los hechos de violencia posteriores a la muerte de Nemesio Oseguera, el “Mencho”. Se trata de una agresión directa e intencionada hacia turistas en la segunda zona arqueológica más visitada de México por parte de un ciudadano mexicano a menos de dos meses del Mundial de Fútbol.

La seguridad del sitio turístico fue deficiente, desde el acceso del arma, incluso en un día de baja afluencia, hasta la reacción, puesto que tuvo que esperarse a que llegaran los guardias nacionales al lugar, tiempo en que Julio César Jasso Ramírez mantuvo sometidas a las personas a su alrededor. Al parecer no hubo más decesos por la falta de pericia del tirador y las características del arma, un revólver .38 y que, aún así, pudo recargarla al menos dos veces. Esto derivará seguramente en un reforzamiento de la seguridad de varios sitios turísticos con equipos detectores de metales y presencia policial, con un factor que probablemente se había considerado dentro del Plan Kukulkán y la colaboración trilateral de seguridad para el Mundial, pero con baja posibilidad de registrarse en nuestro país: ataque de un sicópata.

Esto lleva al último punto. Aunque diferentes, ya había por lo menos dos antecedentes recientes de asesinos solitarios, ambos menores de edad con un contexto de influencia de la ideología incel: el estudiante del CCH Sur que mató con un cuchillo a un compañero en el plantel en septiembre del año pasado, y el de otro estudiante en una escuela de Lázaro Cárdenas, Michoacán, esté sí, armado con un rifle apócrifo, privando de la vida a dos profesoras. El de Teotihuacan es el primero cometido por un mayor de edad, en este caso, fanático de la masacre de Columbine.

Los tres casos son señales serias de la atención que hay que poner a la salud mental de la población, no solo individual, sino en materia de seguridad pública, por los círculos sociales que están generando estos perfiles.

Se aproxima el Mundial

Basta con salir a la calle, acudir al aeropuerto o leer el periódico para que, a los más grandes de edad, comiencen a aparecércenos fantasmas del pasado, pues es innegable que existe un patrón en la historia moderna de México en el que la celebración de megaeventos deportivos ha coincidido con momentos de profunda tensión y trauma nacional.

Para responder a tu pregunta de manera directa: sí, es muy probable que estemos experimentando un paralelismo histórico, aunque la naturaleza de la inestabilidad actual y las características del Mundial de 2026 presentan diferencias fundamentales con las décadas de los 60’as y 80’as.

Para entender si estamos en una situación similar, es útil desglosar los contextos históricos frente a nuestra realidad actual:

En 1968 y 1970 los Juegos Olímpicos y el Mundial se inauguraron apenas diez días y dos años después de la Masacre de Tlatelolco, respectivamente. El Estado mexicano utilizó estos eventos para proyectar la imagen del “Milagro mexicano” hacia el exterior, mientras internamente reprimía con violencia los movimientos estudiantiles y sindicales que exigían apertura democrática y equidad.

En 1986, el Mundial se llevó a cabo en el corazón de la “Década Perdida”. México atravesaba una crisis de deuda externa asfixiante, devaluaciones masivas e hiperinflación. Sumado a esto, el devastador terremoto de 1985 en la Ciudad de México que dejó heridas abiertas en la sociedad, que observaba con indignación cómo el gobierno priorizaba la infraestructura mundialista sobre la reconstrucción civil.

Hoy, a las puertas del Mundial de Norteamérica 2026, México no enfrenta un colapso económico súbito ni un movimiento de represión estatal idéntico al del 68, pero sí atraviesa un periodo de inestabilidad sistémica y polarización:

La inseguridad, la violencia, la crisis económica, la creciente inflación, la crisis de recursos hídricos, la crisis alimentaria, la polarización política, la próxima revisión del T-MEC, son tan solo algunos factores que podrían agudizarse durante esta fiesta deportiva. Y al gobierno parece no importarle.

A pesar de las similitudes en el clima de tensión, hay dos factores cruciales que hacen que el riesgo de un estallido social o un desastre financiero por el Mundial de 2026 sea menor: se trata de una sede compartida con otros países, solamente se llevarán a cabo 13 de los 104 partidos en total en tierra mexicana, por lo que el nivel de estrés sobre la infraestructura es drásticamente menor.

Sin embargo, como dicen los catedráticos: “la historia rima…” y México volverá a recibir al mundo en medio de contradicciones internas, intentando proyectar una imagen festiva mientras lidia con urgencias sociales insoslayables. Indiscutiblemente, el Mundial no llega en el mejor momento del país, pero al menos para los políticos y funcionarios, el circo les servirá para distraer al público.

La ruleta rusa de los mercados estadounidenses

Tradicionalmente los mercados se han movido por una misma lógica: la información aparece y después los precios reaccionan. Primero el hecho y luego el movimiento. Un orden que le da legitimidad al proceso.

En los últimos meses, en Estados Unidos, se han presentado ciertas decisiones clave de política económica y geopolítica que han sido precedidas por movimientos que desentonan con ese esquema. No se trata de fluctuaciones mínimas ni de ruido estadístico. Son grandes operaciones ejecutadas con una exactitud que sugiere algo más que una premonición.

Podemos encontrar el ejemplo más claro, hace poco más de un año, cuando en un movimiento poco ortodoxo el presidente Trump publicó un mensaje directo: “THIS IS A GREAT TIME TO BUY!!!”. Unas cuantas horas más tarde, anunció una pausa en aranceles que detonó un rally en los mercados. No fue ilegal, no fue secreto. Pero sí una señal política transformada, prácticamente sin mediación, en instrucción de mercado y, más aún, acompañada de movimientos relevantes que parecían haberse adelantado al anuncio formal.

Ese fue el primer indicio. Más recientemente, operaciones en gran escala de futuros de petróleo se registraron antes de anuncios vinculados a tensiones con Irán. Las apuestas fueron tan grandes y el timing tan preciso que, tras los movimientos de precios posteriores, dejaron beneficios difíciles de explicar únicamente por intuición o análisis público. No hay, hasta ahora, pruebas concluyentes de uso de información privilegiada. Pero sí hay investigaciones abiertas.

Bajo la figura de Donald Trump, el poder político ha intensificado una capacidad inmediata de impactar en los mercados. Un mensaje, una amenaza arancelaria, una insinuación sobre un conflicto internacional, pueden reconfigurar expectativas globales en tan solo unos minutos.

El ecosistema empieza a mostrarse poroso. Basta con reconocer que el valor de cierta información es hoy demasiado alto como para asumir que nadie intenta capturarla antes de tiempo. El problema no es solo jurídico: podría empezar a volverse sistémico.

Los mercados no necesitan que se pruebe un delito para empezar a deteriorarse; les basta con una sospecha creíble. Cuando ciertos movimientos parecen demasiado oportunos, lo que se erosiona no es solo la integridad de una operación específica, sino la idea de que todos participan bajo las mismas reglas. Una asimetría sofisticada donde la información no circula de manera uniforme, sino escalonada. Primero para unos, después para todos los demás.

Tal vez todo sea, como se ha sugerido, el resultado de operadores excepcionalmente hábiles. Tal vez estemos frente a una nueva generación de análisis capaz de anticipar decisiones políticas con una precisión quirúrgica. Es posible.

Pero cuando las apuestas son descomunales y los aciertos sistemáticos, la explicación de la habilidad pura empieza a perder fuerza y engendra la duda: alguien, en algún punto, sabe algo antes de tiempo.

Es mucho lo que está en juego. No para los grandes operadores –que siempre encuentran cómo adaptarse– sino para los millones de pequeños ahorradores que siguen creyendo que el mercado es un espacio de reglas compartidas.

La lógica es simple: cuando la información deja de circular al mismo tiempo para todos, el mercado deja de ser un mecanismo de competencia para convertirse en un sistema de acceso y ahí el que tiene el oído más agudo es el que mayores oportunidades tiene.

Los mejores lugares para trabajar

En un mercado laboral donde durante años las empresas llevaron la voz cantante, algo cambió sin pedir permiso: hoy son los colaboradores quienes evalúan, comparan y, sobre todo, deciden. La novena edición de los Best WorkPlaces de Computrabajo, el sitio de empleo líder en Latinoamérica, no solo confirma qué compañías están haciendo bien las cosas, también evidencia un giro de poder silencioso pero contundente. Más de 353 mil valoraciones —de colaboradores, exempleados y candidatos— dejan claro que la reputación laboral ya no se construye con discursos, sino con experiencias reales.

El ranking habla por sí solo, ya que empresas como Grupo Xcaret, Cemex y Grupo Bimbo no encabezan la lista por casualidad. Tampoco es menor ver a instituciones como la UNAM conviviendo con multinacionales como DHL o marcas de consumo cotidiano como Starbucks. El mensaje es que, sin importar el giro, el tamaño o el origen, lo que distingue a una organización hoy es su capacidad de generar entornos laborales que funcionen… de verdad.

Más allá del ranking, lo verdaderamente interesante está en los criterios de evaluación. Ambiente laboral, liderazgo, salario, prestaciones y oportunidades de crecimiento. Cinco variables que, en conjunto, revelan una transformación profunda en las expectativas del talento. Ya no basta con pagar bien; tampoco es suficiente ofrecer estabilidad. El colaborador actual busca coherencia a través de líderes que inspiren, culturas que respalden, y trayectorias que no se estanquen. Dicho de otro modo, el salario abre la puerta, pero la experiencia decide si alguien se queda.

En este contexto, el reconocimiento al liderazgo cobra una relevancia estratégica. Que Miguel Quintana Pali sea distinguido como el mejor CEO no es un gesto simbólico, es una señal de hacia dónde se están moviendo las organizaciones más competitivas. Hoy, el liderazgo ya no se mide únicamente por resultados financieros, sino por su impacto en la cultura interna. Un CEO que entiende esto no solo dirige una empresa; construye una propuesta de valor para el talento.

El dato de fondo es que las empresas ya no controlan la narrativa sobre lo que significa trabajar en ellas. Plataformas como Computrabajo democratizaron la conversación laboral y hoy en día, cualquier experiencia, buena o mala, puede influir en la percepción de cientos o miles de candidatos potenciales.

Así, los Best WorkPlaces 2026 no son solo un reconocimiento; son un termómetro que reflejan qué empresas están alineadas con las nuevas reglas del juego, porque si algo queda claro, es que el talento ya tomó una decisión: trabajar donde se le escuche, se le valore y, sobre todo, se le respete.

Síguenos en Google Noticias para mantenerte informado

You may also like

Leave a Comment