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El Mundial también se juega en la oficina

por El Consejero
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El Mundial también se juega en la oficina

Cada cuatro años, el Mundial de Futbol se convierte en una conversación global capaz de detener por unos minutos reuniones, cambiar agendas y generar una emoción colectiva que trasciende fronteras, industrias y generaciones.

En 2026, además, México tendrá un papel protagónico como una de las sedes del torneo, por lo que el entusiasmo alcanzará niveles pocas veces vistos en los centros de trabajo.

Frente a este escenario, algunas organizaciones podrían percibir los partidos en horario laboral como un desafío para la productividad, sin embargo, la realidad es que eventos de esta magnitud representan una oportunidad para replantear la manera en que entendemos el compromiso de los colaboradores.

Las empresas que buscan restringir o ignorar el impacto de un acontecimiento que concentra la atención de millones de personas corren el riesgo de generar desconexión con sus equipos. En contraste, aquellas que apuestan por la flexibilidad y el diálogo pueden transformar una posible distracción en una herramienta de integración y fortalecimiento de la cultura organizacional.

La evolución del mundo laboral en los últimos años ha demostrado que la productividad no depende exclusivamente de la presencia física ni de horarios rígidos. Cada vez más organizaciones entienden que la confianza, la autonomía y la gestión por objetivos son factores mucho más determinantes para alcanzar resultados sostenibles. Bajo esta lógica, permitir ciertos ajustes temporales durante el Mundial no debe verse como una concesión extraordinaria, sino como una expresión de madurez organizacional.

Por supuesto, la flexibilidad también implica responsabilidad, y los colaboradores tienen un papel fundamental para que este equilibrio funcione. Organizar actividades con anticipación, cumplir con los compromisos establecidos y mantener una comunicación abierta con líderes y compañeros son acciones que permiten disfrutar del torneo sin afectar el desempeño profesional. La confianza es una vía de doble sentido: cuando las empresas muestran apertura, los trabajadores deben responder con compromiso.

Un aspecto especialmente relevante es que el Mundial puede convertirse en un poderoso vehículo de integración interna. En muchas organizaciones conviven personas con distintos perfiles, edades, experiencias y perspectivas. El futbol, más allá del deporte, ofrece un lenguaje común que facilita la interacción y fortalece los vínculos entre colegas. Espacios compartidos para seguir algunos encuentros, dinámicas relacionadas con el torneo o actividades de convivencia pueden contribuir a crear entornos más cercanos y colaborativos.

Al final, el verdadero partido no se juega únicamente en la cancha, también se disputa en la capacidad de las empresas para encontrar el equilibrio entre los objetivos del negocio y las necesidades de las personas. Y en ese encuentro, la flexibilidad, la confianza y la comunicación tienen todo para convertirse en las grandes campeonas de la justa mundialista.

Amagos trumpistas

A pesar de que han sido innumerables las veces en que Donald Trump ha dicho que no va a renovar el T-MEC con México y Canadá, argumentando que sus países vecinos se han aprovechado de Estados Unidos, sus amagos siguen siendo noticia en nuestro país, aumentando la incertidumbre que de por sí existe, a pesar de que se trata más de una táctica negociadora para obtener las mayores ventajas posibles que realmente la intención de terminar con el tratado.

Las declaraciones de Trump se dan en vísperas de una segunda ronda de conversaciones para revisar el T-MEC programada para el 16 y 17 de junio en Washington, y una tercera en la Ciudad de México el 20 de julio. Conociendo a Trump y su equipo de negociación, y el contexto de las elecciones intermedias de noviembre, seguramente habrá más dichos del magnate respecto a que no ratificará el tratado, así como más revisiones que se prolonguen hasta fin de año.

Difícil, mas no improbable, que no se logre consenso entre las revisiones de este año, pues en tal caso, el T-MEC contempla revisión cada año, consultas anuales y, en remoto caso, la terminación del tratado en 2036. Sin embargo, que no se logre consenso en este 2026 sería sumamente negativo para México, puesto que muchas inversiones seguirían paradas, o de plano en retirada, ante la incertidumbre de que continúe el acuerdo comercial y en qué condiciones.

Otra declaración repetida de Trump es respecto a iniciar el combate al tráfico de drogas que entra por tierra a través de la frontera. Aunque no lo ha cumplido, sigue latente la posibilidad de un ataque dentro de territorio mexicano contra narcolaboratorios o capos, y seguramente habrá más expedientes contra narcopolíticos por darse a conocer, algo que puede suceder en cualquier momento de lo que resta de la administración Trump, puesto que, aún con un resultado adverso en las elecciones de noviembre, la política internacional, con el combate al narcoterrorismo incluido, será de lo poco que mantendrá margen de maniobra un Trump disminuido pero que nunca reconoce equivocación ni derrota.

El poder de lo oculto en un partido

En política las decisiones importantes no solo dependen de las circunstancias, sino también del momento. Las guerras, las reformas económicas, las operaciones militares o las medidas de control interno no aparecen de la nada. Menos aún en el siglo XXI, donde una noticia vive apenas unas horas antes de ser desplazada por la siguiente. En ese contexto controlar el instante en que se actúa puede ser casi tan importante como la acción misma.

No es una idea nueva. En los años setenta el economista y premio Nobel Herbert Simon concluyó que una abundancia de información genera escasez de atención. Décadas después –como si se hubiera tratado de una profecía–, las redes sociales y los medios digitales han llevado ese principio al extremo. Gobiernos, partidos políticos y actores internacionales saben que la opinión pública tiene una capacidad limitada para seguir múltiples acontecimientos simultáneamente. En otras palabras, también existe una geopolítica de la atención.

Cada cuatro años, la Copa del Mundo de Fútbol produce uno de los fenómenos de concentración mediática más extraordinarios de nuestro tiempo. Miles de millones de personas siguen los partidos, los medios reorganizan sus agendas y las pláticas cotidianas se vuelven monotemáticas. El fútbol se convierte por unas semanas el lenguaje universal.

Sería ridículo pensar que los gobiernos provoquen conflictos porque hay un Mundial o cualquier otra gesta deportiva global. Eso sería una simplificación absurda. Pero cuando una decisión delicada se encuentra ya sobre la mesa –una ofensiva militar, una reforma impopular, una purga política, una operación de inteligencia e incluso una detención con alto costo internacional– el contexto mediático forma parte del cálculo. Al final, una noticia que en condiciones normales ocuparía las portadas durante días, puede perder fuerza si coincide con la inauguración de un torneo, una semifinal o la final de un campeonato.

Hay evidencias históricas de esto; el 7 de agosto de 2008, apenas unas horas antes de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekín, comenzó la guerra entre Rusia y Georgia por las regiones separatistas de Osetia del Sur y Abjasia, numerosos analistas internacionales señalaron que el inicio de la ofensiva coincidía con un momento en que buena parte de la atención mundial estaba concentrada en China: Seis años después, tras el cierre de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, Moscú inició la operación que desembocaría en la anexión de Crimea.

Sería un exceso afirmar que ambos episodios fueron diseñados alrededor del calendario olímpico; pero también sería ingenuo ignorar que el factor mediático pudo haber formado parte de la ecuación.

América Latina tiene sus propios casos. El mundial de Argentina en 1978 no ocultó la represión de la dictadura militar, peso sí fue utilizado como una poderosa herramienta de legitimación interna y proyección internacional.

En realidad, los gobiernos llevan décadas entendiendo que el manejo del tiempo es parte esencial del ejercicio del poder. Las administraciones democráticas suelen anunciar medidas impopulares durante los periodos vacacionales o durante las fiestas de fin de año, cuando la atención pública disminuye.

Los regímenes autoritarios hacen cálculos parecidos, aunque con objetivos distintos: reducir el costo diplomático, fragmentar la reacción internacional o limitar el espacio para la movilización social.

El contexto actual no es precisamente tranquilizador: la guerra de Ucrania continúa sin solución visible y con ambos bandos buscando ventajas tácticas y psicológicas. En Medio Oriente, la confrontación entre Israel e Irán ha dejado de ser una guerra indirecta y se mueve en un delicado equilibrio donde cualquier error de cálculo podría desencadenar una escalada regional.

China mantiene una presión constante sobre Taiwán mediante maniobras militares y demostraciones de fuerza, mientras Corea del Norte sigue utilizando pruebas de armamento y amenazas como instrumento de negociación.

La duda no es si algún país moverá sus piezas, sino si alguno de ellos dejará pasar la oportunidad. Claramente una de las mayores ventajas que pueden existir es actuar cuando la mayor parte del planeta está mirando hacia otro lado.

Dentro de unas semanas recordaremos con nostalgia los goles, las atajadas y las sorpresas del torneo. Pero mientras esto ocurre el mundo seguirá avanzando a su propio ritmo. Finalmente, el fútbol tiene la capacidad de congelar al mundo durante noventa minutos. La geopolítica nunca deja de jugar y es ese el partido que define el futuro de millones de personas.

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