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El negocio de los agujero de los Crocs

por Pep Torres
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Una tarde de julio de 2005, en Boulder (Colorado), Sheri Schmelzer buscaba algo con lo que entretener a sus tres hijos. Cogió una florecita de tela y la encajó en uno de los agujeros de sus Crocs. A los niños les encantó. Siguieron con botones, pedrería y todo lo que encontraron por casa, hasta rellenar los agujeros de los doce pares de Crocs que tenía la familia.

Cuando Rich, su marido, llegó a casa, no vio una manualidad: vio un negocio. Patentó la idea, pidieron una línea de crédito sobre su propia casa y abrieron una web sencilla para vender los adornos desde el sótano. Los llamaron Jibbitz, por el apodo de Sheri, que hablaba por los codos (de “jibber-jabber”, parlotear). El despegue fue vertiginoso: de ingresar 200.000 dólares al mes en febrero de 2006 pasaron a dos millones al mes en agosto. Del sótano saltaron a una nave en Boulder, con 42 empleados y fabricación en China. 

El final parece de película. La sede de Crocs estaba en Niwot, a pocos kilómetros de Boulder. Un día, en la piscina del barrio, Lyndon Hanson, uno de los fundadores de Crocs, se fijó en los zuecos decorados de Lexie, la hija mayor, le dio su tarjeta y le dijo: “Dile a tu madre que me llame”. La niña volvió de la piscina con la tarjeta. Llamaron. En diciembre de 2006, Crocs cerró la compra de Jibbitz: diez millones de dólares por adelantado y otros diez si cumplían objetivos de ventas. Los cumplieron: veinte millones en total por una idea nacida en una tarde de manualidades.

Crocs había hecho lo difícil: inventar un zueco “improbable” y conseguir que el mundo se lo pusiera (que tiene mucho mérito, la verdad). Schmelzer no compitió con eso ni intentó mejorar el zapato. Se quedó con el agujero. Dejó que otro resolviera lo complicado y ella se ocupó del pequeño hueco que ese invento había dejado libre.

Muchas veces el mejor negocio no está en lanzar un producto nuevo, sino en lo que se construye alrededor de uno que ya funciona: un accesorio, una mejora, una manera de hacerlo tuyo. Casi todos miramos hacia el invento grande. Pero el dinero suele estar en el detalle pequeño de las cosas grandes.

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