Por: René Yamada
Estrategia, investigación y trasformación digital
Hay algo en la forma en que enfrentamos los riesgos: nos sentimos más tranquilos cuando podemos señalar lo que compramos para protegernos. Un antivirus, una plataforma, una actualización. Todo eso cuenta. Pero la verdadera prueba llega cuando alguien, en medio de una jornada cualquiera, debe decidir sin tener información suficiente si abre un enlace, autoriza un pago o detiene una operación.
Ahí aparece la parte de la ciberseguridad que más solemos descuidar: la que depende de los hábitos, los acuerdos y las decisiones.
En una pyme, la seguridad suele competir con lo urgente. Hay pedidos por entregar, clientes esperando, pagos por liberar y problemas que no pueden esperar al lunes. Quien dirige el negocio toma decisiones todo el día y no siempre tiene un especialista a quien consultar. Por eso resulta tan fácil pensar que contratar una solución tecnológica equivale a tener el riesgo bajo control. Una herramienta puede estar instalada y la empresa seguir sin estar preparada.
La digitalización ha cambiado la velocidad de los negocios. Hoy una pyme puede vender, cobrar, almacenar información y atender clientes desde dispositivos que caben en una mochila. Es una oportunidad enorme.
Pero también significa que decisiones aparentemente pequeñas pueden tener consecuencias que antes no imaginábamos. Lo que debería avanzar junto con la tecnología es nuestra capacidad para entender esas consecuencias y actuar frente a ellas.
En esa distancia entre lo que incorporamos y lo que sabemos hacer encuentro una de las mayores vulnerabilidades.
El estudio de Mastercard [1]sobre pequeñas y medianas empresas de América Latina y el Caribe ofrece un contraste revelador: 93% de las pymes consultadas afirma estar familiarizado con la ciberseguridad, mientras solo 18% se siente muy preparado para proteger su negocio. No hace falta convertir esos porcentajes en el centro del debate. Lo interesante es la pregunta que dejan abierta: ¿cuándo confundimos conocer un riesgo con estar listos para enfrentarlo?
Imaginemos una solicitud urgente para cambiar la cuenta bancaria de un proveedor. El mensaje parece legítimo, la persona que normalmente autoriza está ocupada y el pago debe salir ese mismo día.
¿Qué protege a esa empresa? Tal vez un filtro tecnológico detecte la anomalía. O quizá la diferencia esté en una práctica acordada de antemano: confirmar el cambio por otro medio, sin importar quién lo solicite ni cuánta prisa tenga.
Ese hábito no apareció por casualidad. Alguien tuvo que decidir que verificar era más importante que resolver rápido. Alguien tuvo que hacer aceptable detenerse un momento, incluso cuando el resto de la operación exige velocidad. Eso también es cultura de ciberseguridad.
Nuestra seguridad es tan fuerte como el eslabón más débil de la cadena. Y ese eslabón no siempre está en la tecnología y en ocasiones está en la cultura de la empresa, en los hábitos que se permiten, los riesgos que se normalizan y las decisiones que se toman sin cuestionar sus consecuencias.
Puede estar en un proceso mal diseñado, en una herramienta desactualizada o en la falta de preparación para reconocer una amenaza. Resulta fácil señalar a quien hizo clic, compartió una contraseña o ignoró una advertencia. Pero pocas veces nos preguntamos qué condiciones hicieron posible esa equivocación. ¿Recibió orientación? ¿Las instrucciones eran claras? ¿Podía detenerse a verificar sin que eso se interpretara como falta de capacidad?
Una cultura no se define por lo que dice un manual, sino por lo que una organización permite, reconoce y repite. Si se premia hacer todo rápido, aunque se salten controles, ese será el comportamiento que termine imponiéndose. Si se escucha una alerta a tiempo y se corrige el proceso en lugar de buscar inmediatamente a quién culpar, la seguridad empieza a formar parte del trabajo cotidiano.
Por eso no basta con impartir una capacitación una vez al año. Tampoco con pedir que todos tengan más cuidado. El sentido común es fundamental, pero necesita procesos claros, herramientas adecuadas y una dirección que respalde las decisiones correctas, incluso cuando parece resolver un “bomberazo”.
La cultura se construye en esas pequeñas contradicciones entre lo que decimos que importa y lo que realmente hacemos y hay un punto que me parece todavía más importante: protegerse no consiste únicamente en evitar incidentes.
Ninguna empresa puede garantizar que nunca sufrirá uno prepararse también significa saber cómo reaccionar y reducir las consecuencias. Si mañana se bloquea el sistema de ventas, ¿quién toma el control? ¿Existe un respaldo utilizable? ¿Cómo se atiende a los clientes mientras se recupera la operación?
Para una pyme, esas respuestas pueden marcar la diferencia entre un contratiempo y una crisis. No hablamos solo de computadoras o archivos. Hablamos de ingresos, de compromisos que alguien debe cumplir y de una confianza que tomó años construir. Por eso la ciberseguridad merece un lugar en las decisiones de dirección, junto a los temas comerciales, financieros y operativos.
No todas las empresas necesitan la misma protección ni disponen de los mismos recursos. Una tienda, un despacho o un taller enfrentan riesgos distintos. Pero todas pueden hacerse una pregunta común: ¿estamos creciendo en tecnología al mismo ritmo que crece cultura en temas de ciberseguridad?
Quizá esa sea una forma más útil de medir la seguridad: no contar cuántas soluciones, programas o mecanismos tecnológicas hemos instalado, sino observar qué sucede cuando una persona duda, detecta un error o necesita detener una operación. Porque la ciberseguridad no solo se compra, se construye en la cultura que cultivamos cada día y en ocasiones, proteger años de trabajo comienza con una decisión tan sencilla como no dar un clic.
[1] Mastercard (2026). Mastercard 2026 SME Cybersecurity Outlook. Estudio sobre ciberseguridad de las pymes en América Latina y el Caribe. Resultados publicados el 22 de septiembre de 2026.
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