Por: Gladyz Butanda Macías
Durante décadas, en Michoacán nos acostumbraron a la política de la resignación. Nos enseñaron a conformarnos con gobiernos que solo administraban problemas, como si las soluciones de largo plazo fueran un lujo reservado para otras latitudes. Se hablaba constantemente de las limitaciones del estado y de lo “complicado” que era invertir en infraestructura moderna, bajo la premisa condescendiente de que ciertos proyectos, simplemente, no eran para nosotros. Como si el desarrollo estuviera destinado siempre a otros lugares y a otras personas.
Hoy, al cerrar mi etapa al frente de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Movilidad, miro hacia atrás con la convicción de que romper esa lógica fue nuestra mayor victoria. No solo construimos obras; cambiamos la narrativa del poder. Entendimos que nuestro estado no podía seguir creciendo con la infraestructura de hace cuarenta años mientras miles de familias enfrentaban traslados inhumanos y ciudades cada vez más saturadas. Por eso, hoy tiene tanto significado haber iniciado esta revolución de la infraestructura, resolviendo una deuda histórica que parecía imposible para ciudades como Morelia o Uruapan.
En el corazón de esta transformación viven dos proyectos que son mucho más que ingeniería: el Teleférico de Uruapan y el Morebús en Morelia. El Teleférico representa precisamente el acto de gobernar con el pueblo; es una obra que rompe con la idea de que aquí solo se puede aspirar a lo pequeño. Más que un sistema de transporte, simboliza una nueva manera de conectar la ciudad y demostrar que aquí también se desarrolla tecnología moderna, eficiente y sustentable. Por su parte, el Morebús fue pensado como parte de una transformación urbana más amplia, donde modernizar no significa borrar nuestra esencia, sino cuidar nuestras ciudades para que una madre llegue más rápido a casa o un estudiante no pierda su tiempo en traslados innecesarios.
Hicimos camino donde antes solo había abandono y silencio. Por ello, quiero ser muy clara: no me voy de Morelia ni de Michoacán. Mucho menos me alejo de las causas que le dieron sentido a estos años de trabajo. Hay decisiones que no significan despedidas, sino nuevas formas de seguir caminando junto a la gente. Me voy orgullosa de haber sido parte de un gobierno que se atrevió a imaginar un Michoacán distinto, donde la movilidad dejó de ser un privilegio de pocos para convertirse en un derecho de todos.
Esta no es una carta de adiós, es un manifiesto de compromiso. Es una pausa en el cargo, pero jamás en la lucha. Me voy del escritorio, pero no del territorio, con la certeza de que cuando una causa es justa, no existe renuncia capaz de detenerla. Volveré desde otra trinchera y con la misma convicción de seguir construyendo el segundo piso de la transformación. Michoacán merece pensar en grande y seguir caminando hacia esa modernidad que, por fin, tiene corazón de pueblo.