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El amargo legado del Mundial 2026 para Televisa

por El Consejero
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El amargo legado del Mundial 2026 para Televisa

Hubo un tiempo en que el Estadio Azteca no solo era la catedral del fútbol mexicano, sino el símbolo de un poder empresarial. Bajo su sombra de concreto, la familia Azcárraga cimentó un imperio que dictaba los gustos, las filias y las fobias de una nación.

Hoy, sin embargo, ese mismo coloso se erige como el monumento a una ambición que terminó por devorar a sus propios dueños. El Mundial de 2026, lejos de ser la joya de la corona para Televisa, se perfila como el peor negocio en la historia de la empresa de San Ángel.

La remodelación del inmueble, necesaria para cumplir con los estándares de la FIFA, ha sido un proceso doloroso y financieramente asfixiante. Con un presupuesto que se disparó por encima de los 3,500 millones de pesos, Televisa no solo ha tenido que lidiar con la logística de una obra monumental, sino con el costo de oportunidad de haber cerrado su principal activo comercial durante meses.

Pero el dinero es solo la superficie del problema; el verdadero costo ha sido el prestigio y la estabilidad de su jerarca, Emilio Azcárraga Jean.

La licencia solicitada por Azcárraga Jean a la presidencia del Consejo de Administración de Grupo Televisa, en el marco de las investigaciones del Departamento de Justicia de EE.UU. por el caso “FIFA Gate”, es el golpe más duro a la mística del “Soldado del PRI”.

Resulta paradójico: para obtener la sede de una tercera Copa del Mundo, se habrían activado mecanismos de sobornos que terminaron por forzar la salida del heredero del trono. Televisa ganó el derecho de ser anfitrión, pero perdió a su líder histórico en el proceso.

Por primera vez en décadas, un Azcárraga no está al frente de las decisiones operativas durante el evento más importante del grupo. La incertidumbre legal y el alto costo de la remodelación han castigado el valor de las acciones de Televisa y de Ollamani (la controladora del América y el Estadio), que han visto caídas significativas en la Bolsa Mexicana de Valores.

Para modernizarse, el Azteca ha tenido que reducir su capacidad drásticamente. De los 110,000 espectadores que alguna vez rugieron, el estadio ha pasado a poco más de 83,000, priorizando palcos VIP y zonas de lujo sobre la masa que le daba su identidad.

El argumento de la “derrama económica” es el eterno salvavidas de los malos gestores. Si bien el Mundial traerá dólares, la mayor parte de los ingresos por derechos de transmisión y patrocinios globales se quedan en las arcas de la FIFA.

Televisa se queda con los gastos de mantenimiento, la responsabilidad de la infraestructura y un estadio que, tras la final de 2026, tendrá que demostrar que puede ser rentable en una era donde el streaming y el desinterés de las nuevas generaciones por la TV abierta amenazan su existencia.

Emilio Azcárraga Jean apostó el legado de su padre y el futuro de su empresa a un balón que hoy rueda en terrenos judiciales pantanosos. El Azteca será histórico por ser tres veces mundialista, sí; pero para Televisa, será recordado como el lugar donde el imperio comenzó a resquebrajarse bajo el peso de sus propios ladrillos. Al final, el mundial de 2026 no fue un gol de campo, sino un autogol de proporciones monumentales.

Trump: el mundo visto como un casino

La política no es un juego de póquer en donde con un buen bluff se puede ganar. Utilizando el prestigio (y la fuerza de su país), Donald Trump ha abusado de este recurso. Hoy las cuentas, tras los ataques a Irán, suman decenas de millones de dólares y un número de víctimas civiles que se acumula día tras día.

Pocos saben si alguna vez existió una estrategia o simplemente –como ha ocurrido en otros casos– respondió a un impulso inducido por el gobierno de Israel,  donde no puede descartarse la ambición petrolera como ocurrió con Venezuela. Lo que sí sabemos —todos— es que la improvisación no solo se paga caro: se paga en múltiples frentes al mismo tiempo.

Trump no solo abrió un frente que no tenía contemplado, sino que lo hizo sin objetivos claros, sin una narrativa coherente y, sobre todo, sin una ruta de salida. Apostó todo a una lógica de disuasión que presupone racionalidad lineal del adversario, pero Irán ha demostrado operar bajo esquemas asimétricos, donde escalar no implica necesariamente exponerse directamente, sino golpear donde más duele. La energía, las rutas comerciales y la estabilidad regional.

Las consecuencias ya se sienten. El Fondo Monetario Internacional (FMI) advirtió que cualquier intervención en el Golfo Pérsico puede detonar un shock energético global, una hipótesis que cada vez se ve más cerca. Ataques a infraestructura y a embarcaciones petroleras confirman que Irán está dispuesto a estirar el mercado hasta el límite. El impacto inmediato: volatilidad, alza de precios y presión sobre economías que no tienen margen de maniobra.

Y esta es una de las zonas de un oscuro conflicto que inicia en lo local pero que termina golpeando lo global.  Estados Unidos puede absorber el impacto, pero el resto del mundo no. Naciones con menor capacidad fiscal enfrentan inflación, crisis energética y posibles episodios de inestabilidad social. Es, en los hechos, una externalización de una mala decisión.

A la distancia China y Rusia se frotan las manos. No necesitan intervenir: el simple desgaste de Washington y el encarecimiento de los energéticos juegan a su favor. China gana margen estratégico en medio de la distracción estadounidense, mientras Rusia capitaliza cada dólar adicional en el precio del crudo.

La sola posibilidad de una incursión terrestre habla con claridad del vacío de cálculo. Técnicamente viable, políticamente suicida. Irán no es un conflicto rápido ni contenido; es un escenario de desgaste prolongado, con costos humanos, económicos y geopolíticos que la Unión Americana difícilmente podrá sostener sin pagar facturas internas muy altas.

Es una guerra con nombre y apellido los mismos de su artífice: Una subestimación sistemática del adversario y una sobreestimación del propio margen de maniobra. Trump no solo calculó mal; ignoró deliberadamente la complejidad del terreno que decidió intervenir.

Llega la Semana Santa para los católicos y el Pésaj para los judíos, el mundo aún no enfrenta una guerra total, pero sí algo igual de peligroso: una escalada sin control claro. El problema no es solo la guerra sino quién la conduce. Cuando el poder se ejerce como apuesta, el destino toma el mando y en política eso no es un riesgo: es una sentencia anticipada.

Nada del buque fantasma… de Pemex tampoco

Finalmente se puso sobre la mesa lo que era una versión que corría con fuerza: el derrame no fue por un barco fantasma, sino un ducto del complejo de Cantarell que conecta a la plataforma Akal C, y la Terminal Marítima Dos Bocas, y que comenzó a verse desde el 6 de febrero, cerca de la plataforma, de acuerdo con las ONGs Conexiones Climáticas, el Centro Mexicano de Derecho Ambiental y CartoCrítica.

Al lugar habría llegado un buque especializado en reparación de ductos de la empresa Diavaz, y otras embarcaciones que llegaron a atender una mancha que iba expandiéndose, sin que existiera una alerta, hasta que a principios de marzo empezaron las quejas en los municipios del sur de Veracruz y la denuncia por parte del gobierno de Tabasco ante la Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente (ASEA).

Ante la información, la presidenta Claudia Sheinbaum no lo negó ni confirmó, aunque dejó un margen de posibilidad, al decir que se tienen que revisar todas las instalaciones y hasta ahora no se ha reportado ninguna fuga, planteando dos líneas de investigación: si se trata de chapopoteras naturales o, si en efecto, fuga de las instalaciones. Del buque sin identificar ya no dijo nada.

Lo que va a seguir es predecible: negarlo todo. Si no se reconoció que hubo una fuga hace más de mes y medio, se actuó reactivamente ante las denuncias de pobladores en la región, Pemex negó responsabilidad alguna, se habló de un buque privado y desconocido que habría vertido el hidrocarburo; salir a decir que siempre sí fue una fuga de un ducto de Pemex, implicaría renuncias, procedimientos penales y administrativos, empezando por el director de la paraestatal, lo cual no va a suceder.

La limpieza de playas y en el mar continúa. Lo que seguirá es que terminen de revisar los 13 buques que estuvieron en la zona -ya llevan siete, obviamente con resultados negativos- y, una vez descartados, salir a decir que se terminaron de revisar las instalaciones costa afuera de Pemex sin encontrar fuga alguna y que, en efecto quién lo diría, fueron chapopoteras naturales, y nadie tuvo la culpa de nada.

Semana Santa en la ciudad: la nueva lógica de la inversión inmobiliaria

Durante años, la Semana Santa fue sinónimo de salir de la ciudad. Hoy, esa idea empieza a quedarse atrás, porque la capital del país se consolida como un destino en sí mismo, impulsado por su oferta cultural, gastronómica y de entretenimiento, y por una nueva dinámica de viajeros que incluye desde turistas tradicionales hasta nómadas digitales y profesionales en esquemas remotos.

Este cambio ha modificado de fondo la lógica del mercado inmobiliario. Como señala Ingrid Acebo, Directora de Proyecto de University Tower, el modelo de renta de corta y media estancia ha dejado de depender de temporadas altas para convertirse en una fuente de ingresos constante, apalancada por una ciudad que mantiene un flujo permanente de visitantes por negocios, eventos y turismo de experiencias.

Corredores como Paseo de la Reforma reflejan esta transformación. Su conectividad y cercanía a los principales puntos de interés los convierten en espacios donde la ocupación es sostenida y donde el valor de los desarrollos verticales se potencia. Desde la experiencia de proyectos como University Tower, el mayor rascacielos residencial de Paseo de la Reforma, esta tendencia confirma que la ubicación, el diseño, las amenidades, la oferta de servicios y cercanía a los principales puntos de interés son hoy factores decisivos para capitalizar la demanda.

Así, Semana Santa deja de ser solo una coyuntura para convertirse en una señal de fondo. Como apunta Ingrid Acebo, el momento que vive la Ciudad de México obliga a repensar la inversión inmobiliaria con una visión más flexible y de largo plazo, donde el verdadero valor está en la capacidad de generar ingresos constantes en una ciudad que ya no responde a temporadas, sino a una dinámica permanente.

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