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Por: Dr. Francisco Suárez Hernández. Director de Asuntos Públicos y Relaciones Estratégicas FEMSA. Ex Presidente del Consejo del World Environment Center.
Correo electrónico: francisco.suarezh@gmail.com
México produce alimentos. Tiene campo, industria, infraestructura, empresas, tecnología, talento y organizaciones sociales extraordinarias. Entonces, ¿por qué seguimos enfrentando desperdicio de alimentos, inseguridad alimentaria, presión hídrica, emisiones e ineficiencias en la cadena?
Quizá porque hemos intentado resolver problemas sistémicos con soluciones aisladas.
Esta fue una de mis reflexiones tras participar el pasado 29 de septiembre en “f_talks Food Summit México 2026”, organizado por KM Zero Food Innovation Hub, realizado en Deloitte University CDMX, en el panel “Alianzas para transformar el sistema alimentario”.

Compartimos conversación Mariana Jiménez (Banco de Alimentos México), Carolina Loya (Grupo Bimbo) y Zerene Kahan (Tetra Pak), moderados por Juan Carlos Chávez (Greentology).





Mensaje principal del panel: ninguno representamos por sí solo al sistema alimentario, pero juntos integramos una cadena que debe aprender a trabajar de manera integrada.
La primera pregunta fue directa: ¿cuál es el principal punto de quiebre del sistema alimentario mexicano?
Mi respuesta también lo fue: la desconexión.
Desconexión entre quienes producen, transforman, transportan, comercializan, consumen y atienden las necesidades comunitarias.
Por eso debemos cambiar la pregunta. Nos hemos preguntado: ¿cómo podemos producir más?
Hoy deberíamos cuestionarnos: ¿cómo podemos producir mejor, distribuir mejor y desperdiciar mucho menos?
El futuro va más allá de cuánto producimos; apunta a qué tan inteligentemente utilizamos lo que tenemos.
Del campo al plato
Un alimento requiere tierra, agua, energía, fertilizantes, tecnología, trabajo y capital. Se procesa, empaca, transporta, almacena y coloca frente al consumidor.
Si termina en la basura, no solo desperdiciamos alimento: desperdiciamos agua, energía, suelo, trabajo, inversión y generamos emisiones.
El alimento más sostenible no siempre es el que producimos mañana; muchas veces es el que evitamos perder hoy.
Aquí aparece una enorme oportunidad para México.
Necesitamos ver la cadena completa, del campo al plato. Entender que muchos desafíos ocurren entre eslabones.
Trazabilidad, descarbonización, circularidad y seguridad alimentaria no pertenecen a un solo actor.
Todos son problemas compartidos.
¿Competidores o aliados?
Durante el panel surgió una pregunta clave: ¿en qué momento las empresas dejan de competir por su eslabón y empiezan a colaborar para resolver un problema sistémico?
Mi respuesta parte de una convicción desarrollada trabajando en sostenibilidad: competir donde genera valor y colaborar donde el problema es común.
La competencia impulsa innovación, eficiencia y mejores servicios. Pero la sostenibilidad introduce otra lógica.
Podemos competir comercialmente y colaborar para recuperar materiales, reducir emisiones o construir soluciones hídricas. Trabajar juntos cuando enfrentamos desafíos comunes.
En sostenibilidad, las fronteras entre competidor y aliado se transforman.
La pregunta pasa por “¿cómo optimizo mi eslabón?” a “¿cómo optimizamos juntos el sistema?”.
Ese cambio puede transformar industrias enteras.
Cuando desperdiciar menos, también alimenta más
Existen ejemplos concretos.
La colaboración de Fundación FEMSA y OXXO con la Red de Bancos de Alimentos de México demostró lo que ocurre cuando sector privado y sociedad civil conectan capacidades.
Alimentos que mantienen valor nutricional se rescatan para comunidades que los necesitan, evitando que terminen en desperdicio.
El impacto es doble: social y ambiental.
Combatimos la inseguridad alimentaria y evitamos desperdiciar recursos económicos y ambientales.
Esta lógica debería escalarse conectando información de inventarios, demanda, transporte y bancos de alimentos.
Con IA podemos anticipar demanda, optimizar rutas, identificar excedentes y conectar la oferta con necesidades sociales en tiempo real.
El desperdicio de alimentos también es un problema de información.
El agua tampoco reconoce fronteras empresariales
Ninguna empresa puede garantizar por sí sola la seguridad hídrica regional.
La experiencia de Fundación FEMSA en la Alianza Latinoamericana de Fondos de Agua, Agua Capital en el Valle de México y esfuerzos en Monterrey ofrece una gran lección.
Diversos sectores pueden compartir ciencia, recursos y capacidades para proteger cuencas y fortalecer la resiliencia hídrica.
¿Por qué funciona este modelo?
Porque el agua nos obliga a reconocer algo fundamental: todos estamos conectados.
Lo más difícil de compartir
Otra pregunta del panel fue provocadora:
¿Qué cuesta más compartir entre empresas: información, infraestructura, tecnología, inversión o control?
La respuesta es el control y, detrás de él, la información.
Durante décadas construimos cadenas de suministro intentando controlar proveedores, datos y logística.
Pero los problemas ambientales no respetan límites organizacionales.
La pregunta incómoda es inevitable:
¿Cuánto estamos dispuestos a compartir para crear un valor que, solos, nunca podríamos generar?
Construir alianzas antes de necesitarlas
Finalmente, el tema más importante: si sabemos que necesitamos colaborar, ¿por qué no lo hacemos más?
El obstáculo, muchas veces, es humano.
Falta confianza, se visualiza a corto plazo y no existe gobernanza clara.
Por eso compartí una idea fundamental:
Las alianzas deben construirse en tiempos de paz, no cuando llega la crisis.
No podemos esperar una sequía o emergencia para intercambiar información.
La confianza es infraestructura y debe construirse antes de que sea indispensable.
Este panel me dejó optimista.
México tiene capacidades, talentos y tecnología. Pero necesitamos conectar esas capacidades.
La empresa del futuro comprenderá que forma parte de un sistema donde agua, alimentos, energía y comunidades están conectados.
Quizá la próxima gran innovación no sea un nuevo producto o tecnología, sino aprender, finalmente, a colaborar.
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