La Copa del Mundo debería ser una celebración universal del deporte, un espacio donde la pasión de la afición y la esencia del juego brillen por encima de cualquier interés externo. Sin embargo, la excesiva hegemonía legal, comercial y mercadológica de la FIFA ha convertido este evento en un escaparate corporativo que sofoca el verdadero espíritu deportivo.
La FIFA ejerce un control férreo sobre símbolos, marcas y hasta expresiones culturales relacionadas con el Mundial. Desde el uso de logotipos hasta la transmisión de imágenes, todo está blindado por un aparato jurídico que limita la espontaneidad de la afición. Este monopolio legal convierte lo que debería ser patrimonio cultural en propiedad exclusiva de una organización.
El Mundial se ha transformado en un gigantesco negocio donde los patrocinadores y contratos multimillonarios dictan las reglas. La afición se ve reducida a consumidor cautivo: entradas con precios desorbitados, merchandising oficial inaccesible y una experiencia cada vez más filtrada por intereses comerciales. El fútbol, que nació como un juego popular, se enfrenta a una mercantilización que lo aleja de sus raíces.
La consecuencia más grave es la erosión del vínculo emocional entre hinchas y deporte. Los seguidores sienten que su pasión es explotada, que su voz no cuenta frente al poder de las marcas y las decisiones de la FIFA. Esto ha generado un creciente malestar que se traduce en movimientos de protesta y llamados a boicotear futuros mundiales.
Diversos colectivos de aficionados y organizaciones deportivas locales están articulando un movimiento contra la FIFA, denunciando su monopolio y la falta de transparencia en sus decisiones. Aunque aún incipiente, este descontento podría cristalizar en un boicot al próximo Mundial, un gesto que pondría en evidencia la necesidad de devolver el protagonismo al deporte y a quienes lo sostienen: los aficionados.
La pregunta de fondo es si el fútbol puede sobrevivir como fenómeno cultural y deportivo sin ser devorado por la maquinaria mercadológica de la FIFA. El Mundial debería ser un espacio de encuentro y celebración, no un producto empaquetado para maximizar ganancias. Si la FIFA no escucha, corre el riesgo de perder lo más valioso: la confianza y el entusiasmo de la afición.
El G-7 en tiempos de Trump
Las grandes cumbres internacionales siempre han tenido algo de ceremonia y mucho de espectáculo. Las fotografías de familia, los saludos protocolarios y los comunicados conjuntos suelen transmitir la imagen de un mundo ordenado, donde los grandes líderes se sientan a una misma mesa para discutir los problemas globales y buscar soluciones comunes.
Sin embargo, pocas veces la distancia entre esa imagen y la realidad ha sido tan evidente como ahora. La cumbre del G-7 que se realiza en Évian les Bains, Francia. llega en un momento en que el sistema internacional atraviesa una de sus etapas de mayor fragmentación desde el fin de la Guerra Fría.
El grupo, integrado por Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Japón, fue creado en los años setenta como un mecanismo regional de coordinación económica entre las principales democracias industrializadas. Con el paso del tiempo amplió sus funciones y terminó convirtiéndose en un espacio para discutir prácticamente cualquier asunto de relevancia mundial. Durante varias décadas, pertenecer al G-7 equivalía, en buena medida, a formar parte del directorio que administraba el orden occidental.
Pero el mundo cambió. El crecimiento económico de China, el ascenso de India, el fortalecimiento de las potencias emergentes y el desgaste de las instituciones multilaterales redujeron el peso relativo del grupo. Hoy el G-7 representa una porción mucho menor de la economía global que hace treinta años y muchos de los problemas que busca resolver no pueden enfrentarse sin la participación de países que ni siquiera están sentados a la mesa. En ese contexto resulta legítimo preguntarse si esas reuniones sirven para algo.
Paradójicamente, quizá nunca habían sido tan necesarias.
La agenda de esta edición es lo suficientemente amplia para ilustrar la complejidad del momento: la guerra en Ucrania y el futuro de la seguridad europea; las tensiones en Medio Oriente y el riesgo de una nueva crisis energética; la competencia estratégica con China; la reorganización de las cadenas globales de suministro; el acceso a minerales críticos para la transición tecnológica y la regulación de la inteligencia artificial. Son asuntos distintos, pero todos comparten un denominador común: ninguno se puede resolver desde el aislamiento.
La presencia de Donald Trump redefine el sentido mismo del encuentro. Su visión de la política internacional es esencialmente transaccional: los aliados son útiles en la medida en que generan beneficios concretos para Estados Unidos, y los organismos multilaterales tienen un valor limitado si restringen la libertad de acción de Washington. Bajo esta lógica, las cumbres dejan de ser espacios para construir consensos y se convierten en escenarios de negociación e intereses nacionales.
Lo cierto es que el G-7 ya no tiene la capacidad de dictar las reglas del juego global; de hecho, muchos de los problemas que busca resolver no pueden enfrentarse sin la participación de China, India o las economías emergentes. Su verdadera utilidad radica en otra parte: ofrecer un espacio donde las democracias occidentales pueden intercambiar posiciones, reducir incertidumbres y coordinar respuestas frente a desafíos comunes. Tal vez estas cumbres parezcan hoy menos capaces de transformar la realidad que hace tres décadas: pero precisamente por eso se vuelven más necesarias. No porque resuelvan los grandes problemas del planeta, sino porque recuerdan que incluso las grandes potencias necesitan hablar entre sí antes de actuar.
Esa es la valía que el G-7 aún puede tener. No demostrar que todavía gobierna el mundo, sino convencer de que el mundo aún puede ser gobernado.
Un cuatrimestre sin secretaria
Finalmente, Claudia Sheinbaum dio a conocer que será la senadora Laura Itzel Castillo Juárez quien ocupe la titularidad de la Secretaría de las Mujeres. Las formas dicen mucho: no solo la noticia se dio a conocer dos meses después de la salida de Citlalli Hernández, quien renunció el 16 de abril para irse a Morena; sino que la presidenta lo informó luego de que un reportero le preguntara en la mañanera del lunes sobre el nombramiento pendiente. Por si fuera poco, Laura Itzel Castillo tomará posesión del cargo en septiembre, pues lo hará hasta que concluya su periodo como presidenta del Senado.
Cuatro meses y medio en los que, a decir de la mandataria, la citada dependencia seguirá trabajando sin interrupción, lo cual es cierto, hay una inercia burocrática que se mantiene laborando haya o no titular, incluso a pesar de quien ocupe el cargo. Tampoco es que la Secretaría de las Mujeres atienda urgencias como las tiene la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, o Hacienda, por ejemplo. Lo que se aprecia en la prolongada vacancia de la Secretaría, es que tampoco ve temas relevantes.
Y no es algo que le hubieran dejado de anteriores administraciones, fue decisión de la primera presidenta de México elevar a rango de Secretaría y fusionar al Instituto Nacional de las Mujeres y a la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (Conavim), con la finalidad de implementar la Política Nacional de Igualdad Sustantiva y garantizar los derechos de mujeres, adolescentes y niñas, así como el Desarrollo del Sistema Nacional de Cuidados.
Probablemente eran otros tiempos -hace menos de dos años-, el apretón presupuestal obligaba a ahorrarse un sueldo de ese nivel unos meses o, peor aún, entre todas las mujeres que hay en Morena, en el servicio público e incluso en organizaciones sociales, no había cuadros que le satisficieran a la presidenta por lo que optó por una mujer de izquierda de abolengo, con experiencia política y en la administración pública, pero que no se le conoce que haya impulsado alguna iniciativa de género.
Y es que, para ser secretaria de las Mujeres no basta con serlo… o al parecer sí, o incluso ni se necesita, porque se puede dar el lujo de más de cuatro meses sin titular.