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Perú: el momento de la diplomacia

por El Consejero
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Perú: el momento de la diplomacia

No es lo normal que las relaciones entre países dependan de una sola persona, pero de vez en cuando basta un cambio de gobierno para que una crisis diplomática que parecía permanente se muestre como un sinsentido.

La toma de posesión de Keiko Fujimori como presidenta de Perú podría marcar precisamente ese momento, así lo sugiere su disposición a recomponer la relación con México.

El ministro de Relaciones Exteriores, Carlos Espá, reiteró ese objetivo al ser cuestionado sobre la eventual salida del país de la ex primera ministra Betsy Chávez, demostrando que incluso las preguntas sobre el pasado pueden abrir una puerta de diálogo hacia el futuro.

No se trata de un asunto menor. Desde la destitución de Pedro Castillo, en diciembre de 2022, la relación entre ambos países quedó atrapada en una de las peores crisis diplomáticas de las últimas décadas. México desconoció al gobierno de Dina Boluarte, otorgó asilo a familiares y colaboradores cercanos a Castillo y redujo al mínimo la interlocución política con Lima. Aunque las relaciones nunca se rompieron formalmente, el diálogo quedó prácticamente congelado.

Cada gobierno actuó conforme a su propia lectura de los acontecimientos. México privilegió la defensa de quien consideró víctima de una ruptura del orden democrático; Perú sostuvo que Castillo intentó perpetrar un autogolpe y que las instituciones constitucionales respondieron conforme a la ley. Las diferencias fueron profundas y difíciles de conciliar.

Hoy, sin embargo, el contexto es distinto.

Keiko Fujimori no llega como presidenta interina ni como heredera de una crisis de gobernabilidad. Llega con un mandato emanado de las urnas y con la decisión explícita de buscar una nueva etapa en la relación con México. Eso no obliga a ninguno de los dos gobiernos a renunciar a las posiciones que sostuvieron durante los últimos años, pero sí elimina buena parte de las circunstancias que alimentaron el distanciamiento.

Los gobiernos cambian; los intereses nacionales permanecen. La diplomacia existe precisamente para administrar esa continuidad. México y Perú siguen siendo dos de las economías más importantes de América Latina; comparten la Alianza del Pacífico, mantienen inversiones recíprocas y enfrentan desafíos comunes en comercio, seguridad, migración y cooperación regional. Ninguno de esos temas desapareció por una diferencia política.

La llegada de Keiko Fujimori no borra los desacuerdos que marcaron los últimos años entre México y Perú, pero sí ofrece la oportunidad de dejar de convertirlos en el eje de la relación bilateral. Las crisis diplomáticas tienen un principio; la madurez de los Estados consiste en saber cuándo es momento de ponerles fin.

El disfraz del rey, Trump al desnudo

Hay rituales en Washington que operan como un pacto de caballeros: la Cena de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca ha sido históricamente esa rareza de la política estadounidense donde el poder y la pluma se sientan a la misma mesa para reírse de sí mismos. Sin embargo, cuando los protagonistas cambian las reglas del juego democrático, la parodia se vuelve insostenible.

Lo que atestiguamos en la cena reprogramada, tras la sombra ominosa del frustrado atentado de abril pasado, no fue un ejercicio de autocrítica compartida, sino la escenificación de un secuestro político. Donald Trump aceptó jugar a las buenas formas durante los primeros minutos, pero terminó convirtiendo el estrado en un mitin de campaña revestido de esmoquin. Su personalidad lo tiene secuestrado.

El escenario mismo, trasladado al Waldorf Astoria, aquel viejo hotel que alguna vez llevó su propio apellido, presagiaba la naturaleza de la velada: un ejercicio donde todo, absolutamente todo, debía girar en torno a su ego.

Durante más de una hora de un discurso divagante y errático, Trump alternó destellos de solemnidad obligada por la tragedia evitada con la descarga sistemática de sus obsesiones habituales. Resultó casi patético ver el esfuerzo por contener la mueca mientras el gremio periodístico premiaba el rigor de aquellos comunicadores que han documentado los excesos de su administración. Esa paz cosmética duró lo que tarda el mandatario en recordar que su narrativa no admite contrapesos.

Rápidamente, el atril se transformó en un ring. Los chistes sobre el tamaño de las cabezas de sus opositores, los ataques personales a legisladores demócratas y las diatribas nostálgicas sobre los candelabros del recinto o la construcción de su megaproyecto de salón de baile en la Casa Blanca revelaron un síntoma preocupante: la incapacidad patológica de Trump para habitar un espacio que no controle de forma absoluta.

Lo más inquietante, sin embargo, no fue la retahíla de descalificaciones a la “prensa corrupta” —un clásico de su repertorio—, sino la naturalización de la amenaza institucional envuelta en ironía. Cuando se calzó la gorra roja con la leyenda de un supuesto cuarto mandato e ironizó sobre perpetuarse en el poder, la broma dejó de ser graciosa. En la boca de un presidente que ya ha intentado subvertir el orden constitucional, el chiste sencillamente no funcionó.

¿Qué buscaba Trump en esa cena? La respuesta flotaba en el aire denso del salón: recordarle a los medios que los necesita tanto como ellos lo detentan para sobrevivir financieramente. “Cuando me haya ido, van a quebrar”, les espetó con la soberbia característica del magnate que confunde el periodismo fiscalizador con un producto de entretenimiento.

La actuación de Trump en Washington demostró que el personaje es incapaz de modular su furia en favor de la concordia nacional, ni siquiera ante una asociación gremial que buscaba dar vuelta a la página de la violencia política. Al final, la cena dejó un sabor amargo: la constatación de que la democracia estadounidense sigue soportando equilibrios sumamente frágiles, donde los cimientos de la república son zarandeados entre los aplausos discretos de una élite que insiste en tratar el apetito autocrático como un simple espectáculo de sobremesa.

La nueva expedición Pershing

En la ceremonia de la entrega de la Medalla por Servicio en la Frontera Mexicana, Stephen Miller, asesor de Seguridad Nacional de Trump, aseveró que en México no funciona los sistemas judicial, político y el legal “porque el territorio está controlado y ocupado por organizaciones terroristas que matan, extorsionan, secuestran o asesinan a cualquiera”; entendiéndose que se refiere a las organizaciones del narcotráfico en su nueva categoría, y de las cuales van ocho así designadas por el Departamento de Estado.

Stephen Miller es probablemente uno de los cerebros al lado de Trump que mejor ha fundamentado la política antimigrante, narcoterrorista, en contra de la diversidad sexual. Abundan los posicionamientos francamente intolerantes y hasta racistas del asesor y, por lo mismo cuestionables, como éste sobre nuestro país.

Y no es que los sistemas judicial y político funcionen a la perfección, por el contrario, tienen muchas deficiencias, donde el poder corruptor del narcotráfico es uno de muchos factores detrás de ello, como simplemente el hecho de que no toda la corrupción ni toda la violencia, viene de los cárteles. Sin embargo, los dichos de Miller no son menores, todo encaja en la narrativa reiterada del control y colusión entre narcoterroristas y políticos mexicanos. Hace unos días, fue el encargado de la DEA, Terry Cole, quien dijo que cárteles y gobierno en México eran inseparables, y que solo era el comienzo para actuar contra los narcopolíticos.

Todo el discurso está alineado para identificar a México como una amenaza criminal y de seguridad nacional: por el narcoterrorismo, por su gobierno corrupto y débil, y por ser frontera. Cuestionable, como todo lo que pueda venir de posturas extremistas, pero que de tanto repetir, como lo ha sido por todo el gobierno de Trump y empezando por el propio presidente, para justificar acciones ya ejecutadas y, todo indica, muchas más por venir.

Por último, es paradójico que la administración Trump reactivara la Medalla por Servicio en la Frontera Mexicana, la cual se entregó en 1918 para condecorar a las tropas estadounidenses comandadas por el General John Pershing, las cuales ingresaron al norte de México para capturar a Francisco Villa, quien había invadido el poblado fronterizo de Columbus en 1916.  

Probablemente nadie le dijo a Trump que, después de dos años, la expedición se retiró sin haber capturado al revolucionario.

El verdadero descuento está en saber usar el crédito

Las temporadas de rebajas suelen interpretarse como una oportunidad para consumir más, pero desde la perspectiva de los negocios representan un termómetro de la confianza de los consumidores y de la fortaleza del mercado crediticio.

No es casualidad que las promociones de verano coincidan con un momento en el que la cartera de crédito al consumo de la banca comercial ronda los $1.9 billones de pesos y el financiamiento mediante tarjetas de crédito mantiene un crecimiento de doble dígito. El reto ya no consiste únicamente en ampliar el acceso al crédito, sino en garantizar que este impulse el consumo sin traducirse en sobreendeudamiento. En ese equilibrio se juega buena parte de la sostenibilidad del sistema financiero.

Círculo de Crédito, especialista en análisis de información crediticia de personas y empresas, ha señalado que el crédito debe entenderse como una herramienta para construir patrimonio y no como un mecanismo para adelantar consumo sin planeación. En un entorno donde los meses sin intereses se han consolidado como uno de los esquemas de financiamiento más utilizados, la diferencia entre una buena decisión financiera y un problema de liquidez radica en la capacidad de pago y en la disciplina presupuestal. Las promociones sólo generan valor cuando responden a una necesidad previamente identificada y forman parte de una estrategia financiera, no cuando incentivan compras impulsivas que comprometen ingresos futuros.

La expansión del crédito al consumo también plantea una responsabilidad compartida entre instituciones financieras, comercios y consumidores. Mientras el mercado continúa creciendo, será indispensable fortalecer la educación financiera y fomentar una cultura de consulta periódica del historial crediticio para que las personas conozcan su nivel de endeudamiento y tomen decisiones informadas.

En un mercado cada vez más dinámico, el éxito no dependerá únicamente de ofrecer mejores promociones, sino de construir consumidores financieramente más preparados. Al final, la mejor oferta de cualquier temporada seguirá siendo aquella que fortalezca el patrimonio familiar en lugar de debilitarlo.

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