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Wellness: la nueva economía de sentirse bien

por Mario A. Esparza
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Wellness: la nueva economía de sentirse bien

Anteriormente, el wellness fue asociado con una vida aspiracional: gimnasios boutique, spas, suplementos, alimentación saludable y experiencias para reducir el estrés. Hoy, no obstante, esa percepción quedó atrás, ya que el bienestar dejó de ser un accesorio de estilo de vida para convertirse en una industria de escala global y en una nueva prioridad de consumo.

Las cifras muestran la magnitud de esta transformación. De acuerdo con el Global Wellness Institute (GWI), la economía mundial del wellness alcanzó 6.8 billones de dólares en 2024, después de crecer 7.9% en un solo año. Desde 2013, prácticamente se ha duplicado y actualmente representa 6.12% del PIB mundial. Más aún: el organismo proyecta que llegará a 9.8 billones de dólares en 2029, con un crecimiento anual de 7.6%.

El fenómeno también tiene una expresión clara en México. El GWI ubica al país como el 15º mercado de wellness más grande del mundo, con un valor estimado de 98 mil millones de dólares en 2024 y un crecimiento anual promedio de 9.8% entre 2019 y 2024. México incluso aparece por encima de economías como España, Italia o Corea del Sur en tamaño de mercado.

¿Qué está detrás de este crecimiento? Un cambio profundo en la manera en que las personas entienden la salud, ya que el objetivo ya no es únicamente atender una enfermedad cuando aparece, sino prevenir, conservar energía, cuidar la salud mental y extender los años con calidad de vida.

Por otra parte, la consultora McKinsey estima que el mercado global de consumo relacionado con wellness alcanza alrededor de 1.8 billones de dólares anuales. En su investigación, 82% de los consumidores estadounidenses considera el bienestar una prioridad importante o principal en su vida cotidiana; en China la proporción llega a 87% y en Reino Unido a 73%.

Esta transformación está creando nuevas categorías de consumo. Nutrición funcional, actividad física, salud mental, turismo de bienestar, medicina complementaria, experiencias de recuperación y hasta bienes raíces comienzan a integrarse dentro de una misma lógica: diseñar productos, servicios y espacios alrededor de una vida más saludable.

Sin duda, este cambio también está modificando la propuesta de valor de las marcas. El consumidor ya no busca únicamente productos que resuelvan una necesidad inmediata; demanda evidencia, transparencia, personalización y resultados. La conversación está migrando de “verse bien” a sentirse bien, tener mayor energía, dormir mejor, conservar la claridad mental y construir una longevidad más activa.

En este contexto, conceptos como nutrición inteligente, descanso, salud cognitiva y longevidad adquieren relevancia como parte de una estrategia cotidiana de autocuidado. Como señala Ale Ponce, Nutritionist Advisor de Bëne Add Life, “la forma en la que vivimos hoy define cómo nos vamos a sentir mañana”.

La oportunidad económica, por tanto, va mucho más allá de vender suplementos, membresías o experiencias. Se trata de una transformación cultural que está desplazando el gasto desde la lógica reactiva de “curar” hacia una visión preventiva de invertir en bienestar.

Y quizá ahí está la verdadera dimensión de esta economía: la vitalidad comienza a entenderse como un activo. En un mundo marcado por el envejecimiento poblacional, el estrés, las enfermedades crónicas y una mayor conciencia sobre la salud mental, sentirse bien dejó de ser un lujo para convertirse en una decisión de consumo, una prioridad personal y, cada vez más, en una poderosa categoría económica.

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