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T-MEC: la revisión que podría terminar en renegociación

por El Consejero
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T-MEC: la revisión que podría terminar en renegociación

La revisión del T-MEC ya dio inicio y todo apunta a que no será un simple trámite, sino una negociación con implicaciones de largo plazo para la región entera. Las reuniones preliminares comenzaron con los encuentros entre los equipos de Estados Unidos y México, con un detalle que habría que seguir con cuidado: la sede de las conversaciones se ubicó, en esta primera ocasión, en Washington D. C., una señal logística que marca quién llevará el ritmo inicial del proceso.

Cabe aclarar que esta aún no es la negociación final, pero sí el momento en el que se fijan las posiciones que marcarán el desarrollo de las pláticas. Estados Unidos llegó con una agenda más ambiciosa de lo que sugiere el término “revisión”: quiere endurecer las reglas de origen, cerrar el paso indirecto a China y, sobre todo, reorientar los beneficios del tratado hacia su industria. México, por el contrario, apuesta por la estabilidad: mantener el acuerdo como está, reducir fricciones y evitar cualquier cambio que introduzca incertidumbre en plena ola de relocalización que hasta el momento no ha sabido —o no ha podido— aprovechar en todo su potencial.

Sobre la mesa hay dos temas que podrían terminar definiendo el futuro de la negociación: la energía y la seguridad jurídica.

En materia energética, el choque es estructural. La política mexicana, delineada por la Cuarta Transformación, ha puesto un fuerte énfasis en el control estatal del sector, lo que ha sido visto por sus socios como una interpretación restrictiva de los compromisos del T-MEC. Para Estados Unidos no se trata solo de electricidad o hidrocarburos, sino de condiciones de competencia: acceso al mercado, trato no discriminatorio para sus empresas y reglas claras de inversión. Para México, en cambio, el tema tiene que ver con la soberanía del Estado sobre los recursos de la nación. Ceder demasiado en este punto no es un tema técnico; es una decisión política que podría tener un alto costo interno.

Ligado a esto, aparece un segundo eje: la seguridad jurídica. Más allá de lo que diga el texto del tratado, lo que más preocupa a inversionistas y gobiernos es la consistencia en su aplicación. Cambios regulatorios, disputas en paneles y decisiones administrativas han alimentado la percepción de que las reglas pueden modificarse sobre la marcha. Y en un momento en donde México compite por atraer inversiones que buscan salir de Asia, esa percepción pesa igual o más que un arancel.

¿Quedará resuelto todo esto antes de que finalice el año? Formalmente debería. El tratado establece que durante 2026 se realizará la revisión que definirá si se extiende por 16 años más. Sin embargo, el calendario político —particularmente el de Estados Unidos con las elecciones de medio término— complica cualquier cierre rápido. No se descarta que el proceso se prolongue o que derive en revisiones anuales, manteniendo el acuerdo en un limbo funcional.

Respecto a las pláticas, conviene señalar que no estamos ante una negociación única y concentrada, sino ante un proceso fragmentado, técnico y continuo con reuniones itinerantes y presión constante en distintos frentes. Ese formato no es neutro. Favorece a quien tiene mayor capacidad de imponer agenda, y en este caso todo indica que Washington buscará utilizarlo para empujar cambios graduales pero acumulativos.

México enfrenta un margen de maniobra muy limitado. Puede negociar ajustes, ofrecer certidumbre en ciertos sectores o destrabar disputas específicas. Pero difícilmente cederá en aquello que considera estratégico. El reto será encontrar un punto intermedio: suficiente apertura para sostener la confianza, pero sin cruzar líneas que resulten políticamente inviables.

Difícilmente el T-MEC se romperá, pero tampoco saldrá intacto. Al final, más allá de lo que se negocie, el tratado seguirá en pie. La certidumbre, no necesariamente.

La invitación al Ingeniero

En el marco de la conmemoración del 88 aniversario de la Expropiación Petrolera, se anunció la creación de una Comisión Consultiva del Petróleo, la cual presidirá Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, quien acompañó a la presidenta Claudia Sheinbaum en la ceremonia realizada en Panuco, Veracruz, junto con los titulares de Energía, Luz Elena González, y Pemex, Víctor Rodríguez, a quien correspondió hacer el anuncio, lo cual no fue un honor casual.

Resulta que Víctor Rodríguez Padilla estuvo a cargo de la plataforma energética de la campaña de Cuauhtémoc Cárdenas en 1994 y participó en la elaboración de la misma con Claudia Sheinbaum en la del 2000. No solo eso. El director General de Pemex estuvo en un homenaje a Cuauhtémoc Cárdenas realizado por el Colegio de Ingenieros Civiles de México el año pasado, en el cual reconoció comer frecuentemente con el Ingeniero, de quien ya recibía consejos y opiniones, ahora lo hará formalmente con la Comisión, la cual tendrá como objetivo analizar las tendencias, condiciones y perspectivas nacionales e internacionales de la industria.

Cabe señalar que, tanto Claudia Sheinbaum, Rodríguez Padilla como Cuauhtémoc Cárdenas, además de saber de energía, tienen muchas coincidencias en política energética, una de ellas, la importancia de la petroquímica, la cual se busca rescatar en esta administración, con la meta de concluir el sexenio con superávit en la balanza comercial en ese rubro.

A pesar del respeto al Ingeniero, en el sexenio pasado no solo no fue invitado a formar parte del gobierno ni a una conmemoración del 18 de Marzo, sino incluso cuestionado por el propio presidente, a quien Lázaro Cárdenas Batel le renunció como Coordinador de Asesores, luego de que días antes López Obrador pidiera a Cárdenas Solórzano definirse con él o en su contra.

Con la incorporación al inicio de sexenio de su hijo Lázaro como Jefe de Oficina de la Presidencia, y ahora con un cargo formal y, sobre todo, su presencia en un acto en homenaje a una decisión de su padre, llega por fin un reconocimiento e invitación al Ingeniero -con I mayúscula-, que no hubo en seis años. En horabuena.

La decisión de quién ante una enfermedad terminal

Los avances médicos han permitido que la esperanza de vida de los mexicanos aumente de manera significativa; actualmente se sitúa entre los 72.7 años para los hombres y 79.2 para las mujeres. El creciente envejecimiento de la población, aunado a accidentes o enfermedades en la población más joven, enfrenta a miles de familias anualmente a tomar decisiones difíciles sobre el uso de tratamientos o instrumentos que prolonguen artificialmente la vida.

Para dar respuesta a este dilema, varias entidades del país cuentan con leyes de voluntad anticipada, que permiten a cada persona definir con antelación el tipo de atención médica que desea recibir en caso de accidentes graves o enfermedades terminales.

En este documento, además, es posible manifestar si deseas ser donante de órganos. La donación de órganos de una persona salva hasta 7 vidas y mejora la de otras 75 personas. Cuando hablamos de donación solo 50% de las personas que otorgan el documento de voluntad anticipada aceptan donar órganos al fallecer. Este trámite se realiza ante notario y solo es necesario ser mayor de 18 años y estar en pleno uso de tus facultades mentales.

Para incentivar que los ciudadanos cuenten con Documentos de Voluntad Anticipada, la Secretaría de Salud de la CDMX, que dirige Nadine Gasman, y el Colegio de Notarios de la Ciudad de México, que preside Víctor Rafael Aguilar Molina, firmaron un convenio para otorgar descuentos durante este marzo, con lo cual el monto de los gastos y honorarios notariales para el otorgamiento del Documento de Voluntad Anticipada será de 750 pesos más IVA para las personas mayores de 65 años de edad y de 1,600 pesos más IVA para el resto de la población.

Gracias a ello ya se tienen 27 mil voluntades anticipadas en la Ciudad de México. Es decir, 27 mil personas ya decidieron qué atención médica deben recibir en caso de accidente grave o enfermedad terminal, y a quién donar sus órganos, sin dejar esa difícil decisión a sus familiares.

La reputación ya no es discurso, es estrategia de talento

En el pasado, la reputación corporativa era un activo deseable; hoy, es un filtro decisivo. Actualmente, las empresas ya no solo compiten por ofrecer mejores salarios o planes de desarrollo, sino por algo más complejo y difícil de construir: la confianza.

Datos recientes del Indicador del Empleo de Computrabajo, el sitio de empleo líder en Latinoamérica, arrojan que uno de cada tres profesionales en México rechazaría una oferta laboral al encontrar opiniones negativas sobre una empresa, mientras que casi la mitad optaría por investigar más antes de tomar una decisión. En otras palabras, prácticamente 8 de cada 10 candidatos no ignoran lo que se dice de una organización. La reputación dejó de ser un tema de imagen para convertirse en un factor de negocio.

Este fenómeno tiene una implicación directa: el control del discurso ya no está en manos de las empresas, ya que la narrativa se construye en espacios como LinkedIn, plataformas de reseñas y redes sociales, donde los colaboradores comparten experiencias que influyen de manera real en la atracción de talento. Ya no basta con comunicar una cultura organizacional positiva; es necesario vivirla y sostenerla en el día a día.

Para las organizaciones, esto representa un cambio de paradigma. Invertir en marca empleadora no puede limitarse a campañas o posicionamiento externo. Requiere coherencia interna, liderazgo efectivo y, sobre todo, una experiencia del colaborador que respalde lo que se promete. Porque cuando la experiencia no coincide con el discurso, el mercado y los propios empleados se encargan de evidenciarlo.

Desde la perspectiva del talento, este contexto también marca una evolución, porque los profesionales están tomando decisiones más informadas, priorizando entornos de trabajo saludables, transparentes y alineados con sus expectativas personales y profesionales.

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