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La nueva brecha

por El Consejero
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La nueva brecha

Mientras personas como usted y yo conversamos sobre temas como las elecciones, las reformas, los escándalos políticos y las disputas partidistas, una transformación silenciosa está tomando forma en los laboratorios tecnológicos de Estados Unidos y Asia.

NVIDIA, la empresa que se ha convertido en uno de los grandes símbolos de la revolución de la inteligencia artificial, acaba de presentar una serie de computadoras personales diseñadas específicamente para ejecutar modelos de inteligencia artificial (IA) de forma local.

A primera vista podría parecer una noticia reservada para ingenieros y especialistas. No lo es. Detrás de estos avances se encuentra una pregunta que podría definir buena parte de las oportunidades económicas y educativas de la próxima década: ¿la inteligencia artificial reducirá las desigualdades o creará una nueva brecha entre quienes pueden acceder a ella y quienes no.

Hace apenas unas décadas se cuestionaba si internet democratizaría el conocimiento y en buena medida eso ocurrió. Hoy cualquier persona con una conexión a la red puede acceder a cursos universitarios, bibliotecas digitales y herramientas de aprendizaje que antes estaban reservadas a una minoría. Sin embargo, la IA introduce un elemento distinto.

Ya no se trata únicamente de acceder a información, sino de contar con sistemas capaces de analizarla, resumirla, relacionarla y convertirla en nuevas ideas a una velocidad imposible para un ser humano. En este punto el conocimiento deja de ser solamente un recurso disponible para transformarse en un proceso asistido por máquinas.

La diferencia puede ser sutil, pero sus implicaciones pueden ser enormes. Imaginemos a dos estudiantes universitarios con el mismo talento, la misma disciplina y la misma preparación académica. Uno dispone de una computadora equipada con múltiples asistentes de inteligencia artificial capaces de investigar, programar, traducir, analizar bases de datos y generar simulaciones complejas en cuestión de segundos.

El otro depende únicamente de herramientas gratuitas limitadas y de una conexión inestable a servicios en la nube. Ambos seguirán siendo inteligentes, pero sus capacidades prácticas para producir conocimiento comenzarán a divergir de forma acelerada.

Hasta ahora las diferencias entre países solían medirse por el acceso a recursos naturales, capital financiero e infraestructura industrial. En los próximos años podría surgir una nueva variable: la capacidad computacional.

Las naciones con acceso a grandes centros de datos, abundante energía eléctrica, chips avanzados y personal altamente capacitado tendrán ventajas crecientes para desarrollar investigación científica, diseñar nuevos productos, automatizar procesos y crear empresas tecnológicas. Los demás correrán el riesgo de convertirse en consumidores permanentes de tecnología desarrollada en el exterior.

La competencia ya comenzó. Estados Unidos, China, la Unión Europea, Corea del Sur y varias economías asiáticas están destinando miles de millones de dólares a infraestructura para IA, desde centros de datos y redes eléctricas hasta programas de formación especializada.

No lo hacen únicamente por razones tecnológicas. Entienden que la IA será un factor determinante para la productividad, la investigación científica, la defensa, la innovación empresarial y la competitividad internacional. Ya no hablamos de una competencia entre empresas sino de países.

México aún está a tiempo de participar en esa transformación, pero el reloj avanza rápido. Mientras otras economías invierten en centros de datos, formación de talento y capacidad computacional, el país corre el riesgo de debatir los efectos de la inteligencia artificial cuando la competencia internacional ya se esté definiendo en otro terreno.

En el fondo la pregunta es política, económica y social. La cuestión no es quién tendrá la IA, sino quién sabrá utilizarla para crear conocimiento, riqueza e innovación. Durante siglos la riqueza dependió de la tierra. Después, dependió de las fábricas.

Más tarde dependió del capital. En el siglo XXI podría depender de la capacidad de multiplicar la inteligencia humana mediante máquinas. Si esa tendencia se mantiene, la brecha más importante del futuro no será entre quienes tienen más recursos y quienes tienen menos, sino entre quienes logren amplificar su conocimiento con inteligencia artificial y quienes deban competir sin ella.

Entre ajolotes, obras inconclusas y la CNTE

La imagen es una metáfora suave de lo que es la Ciudad de México en estos días: luego de las lluvias intensas de la madrugada del jueves, el bajopuente de Calzada de Tlalpan y Xola, decorado en sus paredes con ajolotes morados rodeados de flores, amaneció anegado. Y así, varios puntos de la capital.

Y no es que sea sorpresa, ya es habitual que cada temporada de lluvias haya encharcamientos e inundaciones en la ciudad; es insultante que el Gobierno de la Ciudad de México esté más dedicado a pintar la vía pública con simpáticos anfibios, que a resolver, o mejor aún, a haber tomado las medidas preventivas para evitar que esto pase.

Y así, tenemos estaciones del metro cerradas, otras abiertas y prácticamente en obra gris, un tramo de parque lineal inacabado en Tlalpan, todas obras retrasadas; trenes ligeros que se quedan en el camino, el metro y sus fallas cotidianas. Y no conformes con no atender lo importante y terminar lo comprometido, hay cierres de carriles y vialidades por la urgencia de ajolotizar la Ciudad, urgencia y amplitud de la tarea que solo se entiende por justificar el gasto y tiempo de la contratación de dicha inutilidad.

Y, porque, como diría Mario Vargas Llosa, “no hay límites para el deterioro”, y siempre se puede estar peor, tenemos a los integrantes de la CNTE pululando y causando destrozos por la Ciudad. Clara Brugada puede decir que es un tema de la federación, lo cual es parcialmente cierto, en cuanto a atender a estos sindicalizados, pero en materia de seguridad pública, la carga la tiene policía capitalina la cual, en aras de no verse represora, ha dejado pasar todos los desmanes, generando serias dudas de que pueda ser rebasada, por ejemplo, coincidiendo un festejo de un hipotético triunfo de la selección mexicana, con una movilización de la CNTE.

Y mientras tanto, Clara anima a los chilangos a salir a festejar el Mundial en las calles.

Ciudades sostenibles, el reto más allá de los edificios

Cada Día Mundial del Medio Ambiente se pone el foco en energías limpias, movilidad eléctrica o materiales sustentables; sin embargo, un debate para las grandes ciudades está en la forma en la que crecen. La sostenibilidad ya no puede medirse solo por la eficiencia de un edificio, sino por la capacidad de una ciudad para acercar a las personas a su empleo, servicios, educación y entretenimiento sin que recorran largas distancias todos los días.

Mientras los edificios y la construcción representan más de un tercio de las emisiones globales de carbono, las ciudades se siguen expandiendo de manera horizontal, consumiendo suelo, infraestructura y recursos a un ritmo difícil de sostener. El costo ambiental se refleja en el consumo energético, pero también en horas perdidas en traslados, congestión vial y una creciente dependencia del auto.

Por ello, la conversación sobre verticalización merece una revisión más pragmática. Cuando se desarrolla de manera ordenada y vinculada a corredores urbanos consolidados, la densificación puede convertirse en una herramienta de política pública para aprovechar mejor la infraestructura, reducir desplazamientos y contener la expansión descontrolada de las ciudades.

Casos como University Tower, la torre residencial más alta de Paseo de la Reforma, permiten observar cómo la discusión sobre vivienda comienza a incorporar conceptos como conectividad, cercanía y acceso, elementos que resultan tan relevantes para la sostenibilidad como la propia tecnología constructiva.

La paradoja es que las ciudades concentran más población, inversión y oportunidades, pero también más presión ambiental; frente a este escenario, la verdadera innovación urbana será crear ciudades más compactas, accesibles y eficientes.

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