Por Manuel Herrejón Suárez
Existe una diferencia que suele pasar inadvertida en la conversación económica, pero que determina miles de millones de dólares en decisiones de inversión cada año; riesgo e incertidumbre no son la misma cosa.
Con frecuencia (y erróneamente) utilizamos ambos conceptos como si fueran sinónimos. En realidad representan dos escenarios completamente distintos para quien administra capital.
El riesgo puede medirse y puede asignársele una probabilidad, incorporarse a un modelo financiero y traducirse en una tasa de rendimiento esperada. La incertidumbre, en cambio, aparece cuando ni siquiera es posible estimar con suficiente claridad cuáles serán las reglas bajo las que una inversión deberá operar en el futuro.
Sin duda, esa diferencia explica por qué algunos países continúan atrayendo capital aun enfrentando contextos complejos, mientras que otros ven cómo los proyectos más relevantes comienzan a posponerse sin que exista necesariamente una crisis económica.
La discusión volvió a cobrar fuerza, después de que diversos participantes del mercado señalaran que la revisión periódica del TMEC introduce un elemento adicional de cautela para las inversiones de largo plazo en México. El mensaje, sin embargo, trasciende por mucho al tratado comercial. Creo que lo verdaderamente relevante es comprender cómo razona un administrador de activos cuando evalúa dónde colocar recursos durante los próximos veinte o treinta años.
Existe una idea equivocada, según la cual, los grandes fondos buscan mercados libres de riesgo. En realidad, esos mercados prácticamente no existen. Quien administra un fondo de pensiones, una aseguradora o un vehículo institucional sabe que toda inversión implica riesgos, como cambios en tasas de interés, fluctuaciones cambiarias, ciclos económicos, conflictos geopolíticos o variaciones en los precios de las materias primas.
Todo eso forma parte del juego; todo entra en la ecuación. Y lo que resulta mucho más difícil de administrar es aquello que no puede modelarse.
Un fondo puede calcular el impacto de una depreciación del peso o de un incremento en el costo del financiamiento, por supuesto. Incluso puede estimar distintos escenarios de crecimiento económico y asignar probabilidades a cada uno de ellos. Lo que no puede hacer con la misma precisión es proyectar el efecto de reglas que podrían modificarse inesperadamente, procesos cuya duración es incierta o decisiones cuya dirección depende de factores imposibles de anticipar.
En el mundo de las inversiones, esa diferencia cambia por completo la decisión.
Cuando aumenta el riesgo, el capital suele exigir un mayor rendimiento para compensarlo. Cuando aumenta la incertidumbre, muchas veces la decisión deja de ser cuánto invertir y pasa a ser cuándo hacerlo. Esa es una distinción fundamental.
Los grandes proyectos rara vez se cancelan de un día para otro. Primero esperan, se retrasa la adquisición de un terreno, se pospone la construcción de una planta, se difiere la contratación de proveedores o se mantiene el capital disponible mientras aparecen mejores señales. Desde fuera parece que nada ocurre. Pero precisamente ahí comienza el costo económico de la incertidumbre.
No porque el dinero desaparezca, sino porque permanece inmóvil.
En finanzas existe un principio ampliamente aceptado; el costo de esperar también debe incorporarse al análisis. Es decir, una inversión que hoy permanece detenida no sólo deja de generar rendimiento para quien aporta el capital; también retrasa empleos, innovación, infraestructura, cadenas de suministro y crecimiento para la economía que esperaba recibirla.
Por esa razón, la competencia internacional por atraer inversión ha dejado de depender exclusivamente de incentivos fiscales o menores costos laborales. Cada vez pesa más la capacidad de un país para ofrecer un entorno predecible donde los inversionistas puedan construir escenarios financieros con un grado razonable de confianza.
México conserva fortalezas que pocos mercados emergentes reúnen simultáneamente: cercanía con Estados Unidos, integración manufacturera, experiencia exportadora, estabilidad macroeconómica y un sistema financiero sólido. Son activos importantes y reconocidos por los mercados internacionales.
Pero precisamente porque el país cuenta con esas ventajas, resulta todavía más relevante reducir los factores que introducen incertidumbre innecesaria en decisiones cuyo horizonte suele medirse en décadas.
Ojo; las mejores inversiones no son aquellas donde desaparece el riesgo, sino aquellas donde el riesgo puede entenderse, cuantificarse y administrarse. Considero que esa es, probablemente, la principal lección que deja la coyuntura actual.
Los mercados financieros nunca han esperado certezas absolutas. Lo que necesitan son reglas suficientemente claras para convertir la incertidumbre en riesgo y el riesgo en una decisión de inversión.
Porque el capital puede convivir con el riesgo. Lo único que no sabe hacer es invertir cuando debe adivinar.
Manuel Herrejón Suárez (síguelo en X como @ManuelHerrejonS) es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE.