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El espejismo de la cancha

por El Consejero
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El espejismo de la cancha

¿El éxito deportivo fabrica desarrollo, o viceversa? Existe una tentación perenne en la narrativa política y social del deporte: creer que levantar una copa del mundo tiene el poder mágico de transformar las estructuras económicas de una nación.

Cuando un país se corona en la cima global, el júbilo colectivo suele venir acompañado de discursos que prometen una “nueva era” de prosperidad. Sin embargo, la realidad histórica suele invertir los factores de esta ecuación. El éxito deportivo de élite rara vez es el motor del desarrollo; casi siempre es su síntoma más pulido.

Tomemos como ejemplo el hito de España. Cuando la selección masculina de fútbol conquistó el Mundial en 2010, el país se encontraba en medio de una profunda crisis financiera que amenazaba su estabilidad económica.

En la superficie, la victoria de La Roja parecía contradecir la lógica del desarrollo, presentándose como un triunfo del espíritu sobre la adversidad material. Pero rascar un poco esa pintura dorada revela una verdad distinta: los cimientos de ese triunfo no se construyeron durante la crisis, sino durante las dos décadas de masiva modernización e inversión institucional previas.

La era dorada del deporte español (que no solo incluyó el fútbol, sino el tenis, el basquetbol y el ciclismo) germinó mucho antes de 2010. El verdadero punto de inflexión estructural fueron los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Fue ahí donde España diseñó el Plan ADO (Asociación de Deportes Olímpicos), un modelo pionero de financiamiento público-privado que garantizó becas, infraestructura de vanguardia y preparación de alto nivel para los atletas.

A la par, el auge de las canteras de fútbol (como La Masía del Barcelona o la cantera del Real Madrid) fue posible gracias a un ecosistema de clubes profesionales económicamente robustos y un país con la infraestructura de transporte, salud y educación lo suficientemente sólida como para permitir que miles de niños se enfocaran en el alto rendimiento.

El dilema de “qué es primero” se resuelve al analizar el flujo de recursos: el desarrollo genera la base, el deporte devuelve “soft power”, logra aumentar el valor de la marca país, pero eso tampoco hará que el Producto Interno Bruto aumente, si acaso lo hará marginal y momentáneamente.

Creer que ganar un campeonato global impulsará el desarrollo de un país en vías de desarrollo es comenzar la casa por el techo. El éxito deportivo sostenible es una consecuencia directa de la planificación urbana, la salud pública y la inversión sostenida en la juventud.

Los triunfos globales de un país no son milagros espontáneos que generan riqueza; son la cosecha de una siembra institucional que empezó décadas atrás. Si un país quiere figurar en los podios del mundo, debe dejar de buscar atajos emocionales en la cancha y comenzar a construir el desarrollo en sus aulas, sus instituciones y su infraestructura básica. Solo así, el deporte dejará de ser un analgésico temporal para convertirse en el reflejo fiel de una sociedad próspera.

Esperando lo inminente, sin engancharse

Ahora fue en la Cumbre del G7 realizada en Evian-les-Bains, Francia, donde Donald Trump reiteró que ahora Estados Unidos va a centrarse en el combate al tráfico de drogas vía terrestre, pues los cárteles controlan México y la presidenta Sheinbaum “está muy asustada”.

Casi simultáneamente, se difundió en México un adelanto de una entrevista al vicepresidente JD Vance, en la cual afirmó que siempre se busca colaborar con el gobierno mexicano en el combate a los cárteles, pero se reservan el derecho de tomar medidas militares. En México, Sheinbaum insistió en que Trump no está bien informado, en destacar la determinación del gobierno mexicano en el combate a los cárteles, y en no engancharse con las declaraciones del magnate.

Si bien han sido innumerables las veces en que Trump ha dicho lo mismo, el escenario internacional se presta para pensar que el amago ahora es más una advertencia de algo que se ve inminente, y que solo falta por saber cuándo, dónde y contra quién. Ya capturado Nicolás Maduro y bajo control Venezuela; en espera de que el régimen cubano caiga por inanición; y con un resultado en Medio Oriente que en los hechos fue una capitulación ante Irán, los que queda en la lista son los cárteles narcoterroristas mexicanos.

Un movimiento que embona con ese objetivo es el nombramiento de Jay Clayton como director de Inteligencia Nacional (DNI, por sus siglas en inglés), a cargo de coordinar 18 agencias de inteligencia, entre ellas la CIA, la Agencia de Seguridad Nacional del Departamento de Guerra, así como las áreas de inteligencia de la DEA, FBI, Tesoro, entre otras. Sin embargo, lo revelador de esta designación es de que se trata de quien fuera el fiscal Federal del Distrito Sur de Nueva York, quien firmó las acusaciones contra Rubén Rocha Moya y otros nueve funcionarios y políticos sinaloenses.

Para más, a mediados de este mes, Estados Unidos dio a conocer su primera acción militar en la que eliminó a un líder de una organización criminal. Se trató de Héctor Rusthenford Guerrero Flores, el “Niño Guerrero”, líder de Tren de Aragua, quien habría muerto tras un ataque con un proyectil en algún lugar de Venezuela.

En Venezuela solo el Tren de Aragua está designado como organización terrorista extranjera por Estados Unidos. En México son seis: Cártel de Sinaloa, Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), Cárteles Unidos, La Nueva Familia Michoacana (LNFM), Cártel del Golfo y Cártel del Noreste. Por muy estrecha que sea la colaboración entre autoridades de ambos países, no parece que Trump esté dispuesto a dejar pasar mucho tiempo la oportunidad de lanzar un misil a algún punto del Triángulo de Oro o de Tierra Caliente, para fanfarronear un éxito contra un enemigo más fácil que Irán.

Guerras en el olvido

Hay conflictos que desaparecen de las portadas mucho antes de desaparecer de la realidad. Todos los días atestiguamos una nueva crisis, una polémica diferente o un acontecimiento capaz de desplazar al anterior de los titulares. Lo que hoy parecía urgente ocupa apenas unas líneas. Las guerras no son una excepción.

Durante los primeros meses de la invasión rusa a Ucrania, el conflicto dominó los titulares. Las imágenes de ciudades bombardeadas, millones de desplazados y largas columnas de tanques ocuparon las portadas de los medios internacionales. Gobiernos, empresas y organismos mundiales reaccionaron con rapidez ante un acontecimiento que parecía destinado a redefinir el orden mundial.

Más de cuatro años después, la guerra continúa. Sin embargo, la atención global ya no es la misma.

Los recientes ataques con drones lanzados por Ucrania contra territorio ruso, así como los bombardeos masivos efectuados por Rusia sobre distintas ciudades ucranianas, son un recordatorio de que el conflicto está aún lejos de haberse terminado. Ninguno de los dos bandos ha perdido la capacidad de infligir daños significativos al otro. La intensidad de los combates sigue siendo elevada y las consecuencias humanas siguen acumulándose día tras día.

La diferencia es que la atención ahora está puesta en otro lugar. Nuevas crisis han capturado la atención internacional. Las tensiones en Medio Oriente, la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, las disputas comerciales y las incertidumbres económicas compiten por espacio en la agenda pública. Como ocurre con frecuencia, la actualidad más reciente desplaza a la anterior, incluso cuando los problemas de fondo permanecen sin resolverse.

Pero Ucrania no es el único ejemplo. Algo similar ocurre con Gaza. Durante meses, el conflicto ocupó los encabezados de prácticamente todos los medios de comunicación, foros internacionales y debates políticos alrededor del mundo. Sin embargo, con el paso del tiempo, también este conflicto comenzó a perder espacio en la atención pública. La tragedia se mantiene, pero la atención se ha desplazado a otros lados.

Sin embargo, una guerra no desaparece porque deje de ocupar las portadas. La guerra de Ucrania continúa transformando Europa. Ha impulsado un proceso de rearme que parecía impensable hace apenas unos años, ha modificado las estrategias energéticas de numerosos países y ha fortalecido la percepción de que la seguridad continental ya no puede darse por sentada. Al mismo tiempo, Rusia ha adecuado buena parte de su economía a las necesidades del conflicto, mientras que Ucrania sigue dependiendo de apoyo militar, financiero y político de sus aliados occidentales.

Esa, tal vez, es una de las lecciones más inquietantes de nuestra época. Vivimos rodeados de información y, sin embargo, nuestro poder de atención parece cada vez más breve. Las sociedades pueden acostumbrarse incluso a los acontecimientos más extraordinarios. Lo excepcional acaba pareciéndonos normal. Lo que alguna vez provocó alarma termina convirtiéndose en parte del paisaje cotidiano. Tal vez el problema no sea únicamente que existan guerras prolongadas, sino que terminamos por normalizarlas.

La estabilidad laboral también se construye

En un mercado laboral donde hablar de movilidad profesional se ha vuelto parte del día a día, cambiar de empleo ya no carga con el estigma que tenía hace algunos años. Hoy, buscar nuevas oportunidades puede representar crecimiento, mejores condiciones laborales o la posibilidad de desarrollar nuevas habilidades.

Sin embargo, cuando los cambios se vuelven constantes y responden más a la frustración que a una estrategia de desarrollo profesional, tanto las personas como las empresas comienzan a enfrentar las consecuencias.

La rotación laboral suele analizarse desde la perspectiva de las organizaciones y los costos que representa perder talento. No obstante, pocas veces se habla del impacto que tiene para los propios profesionales entrar en un ciclo permanente de cambios laborales. Reiniciar procesos de adaptación, construir nuevamente credibilidad, integrarse a nuevos equipos y comenzar desde cero una y otra vez puede ralentizar el desarrollo de una carrera más de lo que parece.

Durante mucho tiempo se pensó que la permanencia en una empresa dependía casi exclusivamente del salario, pero hoy sabemos que la decisión es mucho más compleja, ya que las nuevas generaciones valoran aspectos como el aprendizaje continuo, la posibilidad de crecer profesionalmente, el liderazgo cercano, la flexibilidad, el bienestar y la congruencia entre los valores personales y la cultura organizacional. Cuando estas expectativas no encuentran respuesta, la búsqueda de una nueva oportunidad suele convertirse en la primera alternativa.

Pero también vale la pena preguntarnos si, como profesionistas, estamos tomando decisiones suficientemente informadas antes de aceptar una oferta laboral. En ocasiones, la emoción de un incremento salarial o la urgencia por cambiar de empleo dejan en segundo plano elementos que terminarán definiendo la experiencia cotidiana dentro de una organización.

En este contexto, Computrabajo, el sitio de empleo líder en Latinoamérica, comparte recomendaciones clave para evitar caer en el ciclo de cambio constante de empleo y así, contribuir a la reducción de los índices de rotación laboral: Investigar a la empresa antes de aceptar una oferta, evaluar más allá de la compensación económica, apostar por el aprendizaje continuo, darte tiempo para evaluar una experiencia laboral y mantenerte en comunicación constante con tus líderes.

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