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Este miércoles, nos amanecimos con dos noticias relevantes en materia de seguridad nacional: por una parte, el diario Reforma dio a conocer que el Comando Norte de Estados Unidos (Northcom) realizó el año pasado una simulación del despliegue en territorio mexicano de sus Fuerzas Especiales para atacar seis blancos fronterizos operados por los cárteles.
Mientras tanto, La Jornada informó que el Comando Sur (Southcom) anunció la puesta en marcha de la Fuerza de Tarea Conjunta del Hemisferio Occidental (JTF-WHEM), con 18 países aliados que integran el Escudo de las Américas.
Ambas noticias confirman que los ofrecimientos de ayuda de Trump a México contra las organizaciones del narcotráfico, escalados a amagos de ataques por tierra, ya tienen cimientos para potenciales acciones militares no solo estadounidenses, sino multinacionales. En el caso de la simulación del Comando Norte, se trata de ensayos normales, lo que llama la atención es que se hiciera público en México y justo ayer.
Porque también este miércoles, el Departamento de Estado anunció una recompensa de 25 millones de dólares por Juan Carlos Valencia González, el “03”, el nuevo líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG); recompensas por otros siete líderes que en total suman más de 100 mdd y nuevos cargos contra cinco de ellos; y sanciones de visas contra 65 familiares y asociados, revocándoseles la visa a 26 de ellos que ya contaban con el documento. El anuncio fue aprovechado por Terry Cole, titular de la DEA, para reiterar que irán también por quienes utilizan cargos públicos para proteger a los cárteles.
Como se recordará, hace menos de dos semanas, el Departamento del Tesoro estadounidense, anunció sanciones contra 39 personas y 16 empresas vinculadas al CJNG. En su conjunto, se trata de las recompensas más cuantiosas contra los integrantes de un cártel y la más alta contra un capo -contra el Mayo se ofrecían 15 mdd; por el Chapo, 5 mdd y por Iván Archivaldo se ofrece 10 mdd-, el mayor número de sanciones financieras contra un cártel.
El entramado legal y financiero parece que solo falta sumarle el de la operación militar para ir contra el CJNG, y ahí parecen encajar las dos noticias referidas al principio, percibiéndose como un alejamiento de la colaboración con las autoridades mexicanas y más cercana la actuación unilateral o con otros actores.
En ese sentido, pareciera que se anunciaron las opciones contra el objetivo prioritario del narcoterrorismo, con todo y sus facilitadores políticos: el operativo estadounidense competencia del Northcom, o el multinacional del Escudo de las Américas, obviamente cada uno con diferentes niveles de intervención.
Sin minimizar el primer escenario, el segundo implica un conflicto internacional de dimensiones inéditas, con una responsabilidad convenientemente diluida para Estados Unidos.
Argentina: la paradoja de la macro y el pulso social
Argentina es mucho más que futbol y escándalos de desplantes adolescentes. Es un país que fue próspero, que fue importante y que desde hace décadas se ha visto atraído con el vórtice de un remolino que lo mantiene entre los mejores ejemplos mundiales de las peores economías.
En buena parte, el hartazgo y hasta la desesperación, llevó al pueblo argentino a votar por Javier Milei en su primer mandato. El histriónico economista y político, para muchos impresentable, ha llevado a cabo una serie de cuestionables reformas para poder salir de la miseria.
A esta altura del experimento libertario argentino, la narrativa oficial se sostiene sobre una suerte de acto de fe contable: la “motosierra” logró el milagro formal del superávit fiscal y aplacó la hiperinflación heredada, pero lo hizo a cambio de desguazar el tejido social de la base.
El propio presidente Javier Milei ha admitido con crudeza clínica que “la foto es horrible pero la tendencia es maravillosa”. Sin embargo, esa “foto” expone una recesión prolongada, salarios pulverizados en el sector público por diseño y una recuperación del consumo que deambula a los tropezones, atrapada entre la euforia de los mercados financieros y la angustia cotidiana de las familias.
El modelo macroeconómico exhibe una dualidad alarmante. Mientras los engranajes de la agroindustria, la megaminería e hidrocarburos giran acompasados por una rentabilidad exportadora sin precedentes, la economía real (el comercio minorista, las pymes industriales y la construcción) sufre las consecuencias de un enfriamiento monetario extremo.
Celebrar los índices de superávit mientras la pobreza fluctúa de manera violenta y golpea con dureza estructural a las infancias revela una peligrosa desconexión entre la planilla de Excel y el termómetro de la calle. La ortodoxia monetaria blindó las cuentas públicas, sí, pero postergó la promesa de que el sacrificio inicial derivaría en un bienestar generalizado e inmediato.
Paradójicamente, y a pesar del dolor social acumulado, las posibilidades reales de que Javier Milei logre la reelección no sólo están vigentes, sino que se han fortalecido tras el contundente espaldarazo electoral de las legislativas de medio término.
Aquella victoria en las urnas demostró que una porción muy significativa de la sociedad argentina priorizó el ancla antiinflacionaria y el castigo a la casta política tradicional por encima de las penurias cotidianas. El capital político del oficialismo se alimenta, en buena medida, de la profunda desconfianza ciudadana hacia las alternativas del pasado.
Para que ese proyecto de continuidad se concrete en los hechos, el Ejecutivo transita una delgada línea roja. El triunfo legislativo le otorgó musculatura parlamentaria y apaciguó las turbulencias cambiarias, pero el modelo no tolera un estancamiento prolongado de los ingresos reales.
Si la promesa de un crecimiento sostenido impulsado por la inversión extranjera logra derramar sobre una clase media asfixiada antes de que se agote el crédito social, la reelección de Milei dejará de ser una aspiración dogmática para transformarse en la regla de la nueva política argentina. De lo contrario, el rigor técnico volverá a estrellarse contra los implacables límites del hambre y la democracia real.
El arte de la guerra
Durante años nos hicieron creer que las guerras del futuro serían más rápidas, más precisas y menos costosas. Los drones, la inteligencia artificial, los satélites y las armas guiadas prometían sustituir la fuerza bruta por tecnología. Los conflictos recientes están demostrando que, pese a todos los avances, hay una realidad que permanece vigente: las guerras prolongadas se ganan con capacidad industrial.
Los reportes que advierten sobre la reducción de las reservas estadounidenses de algunos de sus misiles más avanzados han encendido las alarmas en Washington. No significa que Estados Unidos esté indefenso ni que haya perdido su superioridad militar.
Su ejército sigue siendo el más poderoso del mundo. El problema es otro: una confrontación prolongada contra un adversario de primer nivel podría poner a prueba su capacidad para reponer rápidamente las armas que consume.
Los números ayudan a dimensionar el desafío. Diversos análisis señalan que las operaciones militares han reducido de manera importante las reservas de algunos sistemas críticos: misiles de ataque de precisión de largo alcance, interceptores Patriot y THAAD, así como otras municiones sofisticadas cuya producción no puede incrementarse de un día para otro. El problema no es únicamente cuántas armas tiene Estados Unidos, sino cuánto tiempo necesitaría para fabricar las suficientes en caso de una guerra prolongada.
Un misil de alta tecnología no es un producto que pueda salir de una línea de producción al ritmo de una munición convencional. Cada unidad requiere componentes especializados, cadenas de suministro complejas y procesos industriales que pueden tomar meses o años. En una guerra moderna, destruir un objetivo puede tomar segundos; reconstruir el inventario utilizado puede requerir mucho más tiempo.
Los costos financieros ayudan a dimensionar la magnitud del problema. Un interceptor Patriot PAC-3 puede superar los 4 millones de dólares por unidad, mientras que un misil Tomahawk cuesta alrededor de 1 a 2 millones de dólares y algunos sistemas de ataque de largo alcance llegan a costar varios millones por pieza. Cuando una operación militar utiliza cientos de estos sistemas, la factura deja de ser una cifra abstracta y se convierte en miles de millones de dólares del presupuesto público.
El gasto no termina en los misiles. Mantener una operación militar global implica desplegar portaaviones, aviones de combate, buques de apoyo, sistemas de inteligencia, combustible, mantenimiento y miles de efectivos. Para una sociedad que después de Irak y Afganistán se volvió más crítica de las intervenciones militares, la pregunta evidente es: ¿cuánto dinero está dispuesto a pagar el contribuyente estadounidense por conflictos cuyos beneficios estratégicos no siempre resultan evidentes?
Las lecciones del pasado son muy claras. La Segunda Guerra Mundial no la ganó quien tenía mejores armas, sino quien pudo producir más durante más tiempo. Estados Unidos se convirtió entonces en el “arsenal de la democracia” porque tenía una capacidad industrial que superaba a la de sus adversarios; la pregunta es si hoy conserva esa ventaja frente a sus rivales que han invertido durante décadas en ampliar su producción militar.
Lo cierto es que las guerras del siglo XXI podrán librarse con inteligencia artificial y drones, pero al final siguen dependiendo de algo más tradicional: industria, recursos y voluntad para sostenerlas.
La Casa Blanca ya no puede darse el lujo de mantener varios frentes sin agotar su economía y la paciencia de su propia sociedad, mucho menos dar por sentado que puede sostener una guerra prolongada frente a rivales de mayor calado.
El algoritmo no sustituye a la estrategia
Vivimos en la era del algoritmo. Descubrimos qué película ver, qué restaurante visitar e incluso qué comprar gracias a recomendaciones automatizadas. Sin embargo, cuando se trata de una decisión tan trascendente como encontrar empleo, los trabajadores parecen enviar un mensaje distinto: la tecnología ayuda, pero no reemplaza una búsqueda estructurada.
Los resultados del Termómetro Laboral de OCC muestran que prácticamente la mitad de los trabajadores identifica oportunidades en sitios especializados de empleo, mientras que las redes sociales cumplen un papel complementario. Más revelador aún es que seis de cada diez personas llegan a las vacantes mediante una búsqueda activa y no por lo que el algoritmo decide mostrarles. En otras palabras, el talento no está esperando a que las oportunidades aparezcan en su pantalla, salen a buscarlas.
Esta tendencia refleja una madurez del mercado laboral, porque hoy los candidatos entienden que cada canal cumple una función distinta: las plataformas especializadas permiten encontrar vacantes acordes con su experiencia y postularse de manera más eficiente, mientras que las redes sociales fortalecen la marca personal, el networking y el acceso a información del mercado. La búsqueda de empleo dejó de ser un proceso lineal para convertirse en una estrategia que combina herramientas, contactos y presencia digital.
La lectura también es relevante para las empresas: En un entorno donde atraer talento es cada vez más competitivo, ya no basta con publicar una vacante o confiar en el alcance de las redes sociales. Los empleadores necesitan construir una presencia consistente en todos los espacios donde hoy se mueve el talento; al final, la verdadera transformación del mercado laboral no consiste en que un algoritmo encuentre al candidato ideal, sino en entender que la tecnología es más valiosa cuando amplía las posibilidades de las personas, no cuando pretende decidir por ellas.
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