Por Manuel Herrejón Suárez
Manuel Herrejón Suárez (síguelo en X como @ManuelHerrejonS) es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE.
A Pemex se le puede reconocer una mejoría sin extenderle un certificado de salud financiera. Me parece una distinción elemental, pero es justo la que suele perderse cuando sus resultados se discuten entre quienes celebran cualquier avance y quienes consideran insuficiente todo lo que haga.
Y es que, en el tercer trimestre, Pemex elevó sus ingresos 28.5%, hasta casi 487 mil millones de pesos. Su operación reportó utilidades, aunque terminó con una pérdida neta cercana a 10 mil 800 millones. El contraste es relevante y capta la atención; no para repetir que la petrolera pierde dinero, sino para entender qué le impide convertir una mejor operación en finanzas más resistentes.
Yo empezaría por separar tres cosas que suelen ponerse, erróneamente, en la misma canasta; vender, ganar y disponer de efectivo. Una empresa puede colocar más producto en el mercado y aumentar su utilidad operativa sin contar con dinero suficiente para pagar intereses, mantener instalaciones, atender proveedores y enfrentar vencimientos. El orden importa. Primero se produce y se vende…después llega la cuenta.
El EBITDA, tan citado en los resultados corporativos, ayuda a medir el desempeño antes de intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones. Sirve para comparar operaciones, no para dictaminar solvencia. Tratarlo como dinero libre para gastar es un grave error, sobre todo en una petrolera que requiere inversiones permanentes y arrastra compromisos financieros de largo plazo.
Además, el propio reporte reconoce que parte de la mejora operativa provino de una reversión contable del deterioro de activos. Es válida bajo las reglas aplicables, pero no equivale a recibir efectivo. No le resta mérito al trabajo que sí se está haciendo; obliga a distinguir entre una recuperación que aparece en los libros y otra que puede financiar las necesidades diarias.
A mi juicio, el debate debería avanzar hacia la pregunta, ¿qué proporción de sus obligaciones puede cubrir Pemex con el dinero que genera, después de invertir lo necesario para seguir funcionando? En una mesa de crédito, ninguna obligación se cancela presentando un buen EBITDA. Se cancela con dinero, en la fecha comprometida.
Claro que sería injusto ignorar los avances. La deuda financiera se ha reducido y el negocio de combustibles muestra mejores resultados. Descartarlos por razones políticas sería absurdo. Pero tampoco podemos llamar recuperación definitiva a una trayectoria que continúa expuesta al precio internacional del crudo, al costo del financiamiento y al movimiento del peso frente al dólar.
El tipo de cambio merece especial cuidado. Si una empresa recibe buena parte de sus ingresos en pesos y mantiene compromisos importantes en divisas, una depreciación puede alterar sus resultados sin que haya cambiado una sola decisión operativa. No todo golpe cambiario supone una salida inmediata de efectivo, pero sí recuerda que los riesgos siguen presentes. Las coberturas ayudan, pero también tienen tienen costos y límites.
Y por otro lado, está la relación con el gobierno federal. Considero legítimo que el Estado respalde a una compañía estratégica: lo que no considero prudente es confundir ese respaldo con autonomía financiera. Si una empresa necesita transferencias o mecanismos especiales para cumplir sus obligaciones, corresponde medirlo y explicarlo con la misma claridad con que se presume un aumento de ingresos.
Propondría una prueba sencilla, publicada cada trimestre: cuánto efectivo produjo la operación, cuánto requirió para inversiones indispensables, cuánto destinó a intereses y amortizaciones y cuánto debió completar con respaldo extraordinario. Separaría también las ganancias contables que no representan entradas de caja. Esa secuencia, más que una cifra aislada de EBITDA, permitiría saber si los resultados empiezan a darle independencia o apenas le conceden tiempo.
Y también pediría prudencia con los proveedores. Retrasar pagos puede aliviar temporalmente la caja, pero traslada el costo a empresas que tienen trabajadores, créditos e inversiones comprometidas. Y seamos objetivos, una petrolera no se fortalece si para mostrar liquidez termina debilitando a quienes mantienen operando su cadena de suministro. La disciplina financiera no consiste en empujar las facturas hacia el siguiente trimestre.
Mi impresión es que Pemex muestra señales que conviene aprovechar, no vender como una victoria consumada. Los periodos favorables deben servir para reducir vulnerabilidades, negociar mejores condiciones de financiamiento y preparar a la empresa para cuando el petróleo o el tipo de cambio jueguen en contra. Esa es la tarea que permanece, aun cuando los ingresos crezcan.
El día que una mejora en ventas se traduzca en capacidad constante para invertir, pagar y reducir obligaciones sin auxilios extraordinarios, tendremos un argumento serio para hablar de recuperación financiera. Antes de eso, Pemex habrá mejorado sus números, y, aunque importe, no es exactamente lo mismo.