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El mazo de Washington: ¿Justicia transfronteriza o garrote político?

por El Consejero
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El mazo de Washington: ¿Justicia transfronteriza o garrote político?

La reciente revelación de Los Angeles Times sobre una campaña agresiva del gobierno de Estados Unidos para señalar directamente a políticos mexicanos, incluyendo gobernadores en funciones, marca el fin de una era de “cortesía diplomática” y el inicio de una etapa de confrontación abierta.

Al poner en la mira a figuras como el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y advertir que las sanciones escalarán de simples cancelaciones de visas a acusaciones federales, la administración de Donald Trump no solo busca combatir el crimen organizado; busca reescribir las reglas de la soberanía en la relación bilateral.

Durante décadas, la política exterior estadounidense hacia México operó bajo un pragmatismo cauto: se señalaba al capo, pero rara vez al “padrino” con cargo público, para evitar desestabilizar al vecino del sur. Esos días han terminado. La narrativa de la Casa Blanca ha mutado de la colaboración institucional a la intervención punitiva.

Si bien es innegable que la corrupción política es el combustible que permite al narcotráfico operar con impunidad, el hecho de que sea una potencia extranjera quien decida quién es “corrupto” y quién no, coloca al gobierno de Claudia Sheinbaum en una posición sumamente delicada. La respuesta de México no puede limitarse a la retórica de la soberanía; debe demostrar con hechos que sus propias instituciones de justicia no son un adorno.

El mayor peligro de esta campaña es su potencial uso como herramienta de presión política. El T-MEC exige estándares éticos a los funcionarios, pero cuando las investigaciones surgen de agencias como la CIA o el Departamento de Justicia en momentos de tensión migratoria o comercial, el límite entre la justicia y el chantaje se vuelve borroso.

La administración Sheinbaum enfrenta un dilema de hierro: si defiende a los políticos señalados, corre el riesgo de parecer cómplice de la corrupción que prometió erradicar; si permite que Estados Unidos tome el liderazgo, admite tácitamente que el Estado mexicano ha perdido la capacidad de limpiarse a sí mismo.

La advertencia del embajador Ronald Johnson es clara: “permanezcan atentos”. Lo que viene no es solo una batalla legal, sino un reordenamiento del poder en México. Si las instituciones mexicanas no toman la iniciativa para procesar a sus propios funcionarios vinculados al crimen, Washington lo hará por ellas, y en el proceso, la frontera entre la justicia y la subordinación política se borrará definitivamente. La lucha contra la corrupción es necesaria, pero cuando el mazo viene de fuera, el golpe siempre deja cicatrices en la soberanía nacional.

Trump: la vulnerabilidad del poder

Pudo haber sido más grave. El intento de atentado del que fue objeto el fin de semana el presidente Donald Trump desnudó la fragilidad de quienes son los responsables de protegerlo. Lo verdaderamente grave es que las acciones no ocurrieron en los márgenes del dispositivo de seguridad, sino dentro de él. El agresor no se quedó afuera, estaba adentro.

No hablamos solo de un individuo armado, sino de una cadena de fallas que permitió que llegara hasta un punto crítico. Hospedado en el mismo hotel días antes, moviéndose en un entorno que combina lo público con lo altamente protegido, el atacante aprovechó una zona gris que no es nueva, pero sí cada vez más evidente.

Hay un antecedente. En ese mismo tipo de entorno —un hotel, un evento cerrado, una aparente normalidad— ocurrió el atentado contra Ronald Reagan en 1981. Aquel episodio marcó un antes y un después en los protocolos de seguridad, pero también dejó claro que ciertos formatos de interacción pública implican riesgos inevitables: cuatro décadas después, el patrón persiste.

Más allá de teorías conspiratorias, el dedo apunta a las fisuras que presentó el sistema de protección más sofisticado del mundo y cómo, cuando estas fisuras coinciden con un clima político tenso, el impacto se magnifica. Trump llegó a este episodio en medio de presiones acumuladas –escalada en Irán y Medio Oriente, desgaste en la opinión pública, frentes legales abiertos y una presión estructural creciente–; sin embargo, el atentado no responde a ese contexto; sí lo reconfigura.

Cuando se presentan estos casos, existe una tentación recurrente de ver los hechos como una especie de sincronía sospechosa, como si la violencia obedeciera necesariamente a los ritmos de la política. La realidad es que los actos de esta naturaleza suelen ser caóticos, personales y difíciles de anticipar. Lo que sí es sistemático no es el atentado, sino su efecto; la forma en que se reorganiza la conversación pública.

En cuestión de horas, la agenda cambia. Las críticas se suspenden, los juicios se diluyen y la figura del líder se desplaza hacia otra narrativa: la del sobreviviente. No es un fenómeno nuevo. Tras el atentado que casi le cuesta la vida a Reagan, su aprobación repuntó de manera inmediata. Décadas después, George W. Bush experimentó un efecto similar tras los ataques del 11 de septiembre. No son equivalentes, pero sí ilustran un patrón de comportamiento político.

En el caso de Trump, este tipo de episodios encaja con una narrativa que él mismo ha cultivado durante años: la de un liderazgo bajo asedio constante. El hallazgo de motivaciones políticas en el agresor refuerza esa lectura, pero no la justifica.

Al final, el atentado no necesita ser parte de una estrategia para convertirse en un activo político: su fuerza radica en su capacidad de desplazarlo todo. Durante días, quizá semanas, el foco dejará de estar en las decisiones, errores o crisis, y se concentrará en una sola imagen: la de quien estuvo en riesgo —por cierto, por tercera vez en su carrera, un dato que por sí solo debería encender más alarmas de las que hoy genera— y sigue ahí.

Más allá de por qué el intento de atentado se presentó en este momento, cabría preguntarse cuál es el estado de la política estadounidense. Un sistema donde la seguridad puede ser vulnerada, donde la violencia irrumpe con una frecuencia inquietante y donde cada episodio se convierte, inevitablemente, en un arma narrativa. Ahí, sobrevivir no solo es resistir: es sobre todo imponer el significado de lo ocurrido… antes de que alguien más lo haga.

Seguridad y salud en la construcción

Este 28 de abril se conmemora el Día Mundial de la Seguridad y la Salud del Trabajo. Se trata de dos aspectos fundamentales en cualquier espacio laboral, y sin duda prioritarios en aquellos donde hay mayores condiciones de riesgo, como en el sector de la construcción.

De acuerdo a Jesús Campos López, presidente del Colegio de Ingenieros Civiles de México (CICM), en las obras de infraestructura, la seguridad no es un requisito complementario, es una condición sine qua non de la ingeniería responsable, pues toda obra implica condiciones de riesgo que solo se mitigan con planeación rigurosa, protocolos claros, capacitación permanente y liderazgos comprometidos. Para el experto en obras hidráulicas,  “la obra más importante no es la que se entrega a tiempo, sino la que se entrega sin accidentes y con todos sus trabajadores de regreso a casa”.

Existen proyectos que pasan inadvertidos, pero por su complejidad son verdaderos casos de éxito y de análisis, no solo por las técnicas y planeación empleadas, sino por la seguridad con que se realizaron. Uno de ellos fue expuesto ante sus colegas del Colegio por Jorge Francisco Pineda Arenas, director General de PIMOSA.

Se trata de la construcción de dos grandes cárcamos dentro de la planta de aguas residuales para el tratamiento de aguas pluviales y aceitosas dentro de de Dos Bocas, Tabasco, el cual constituye el colado masivo más grande realizado en la construcción de dicha obra. Se trata de dos grandes fosas del tamaño de un campo de futbol cada una, y con una profundidad de 9 metros.

Dicha obra implicó varios retos: en cuestión técnica, trabajar en un suelo blando y saturado de agua; así como la logística para realizar un colado de 5,500 metros cúbicos de concreto premezclado en un proceso continuo de 33 horas.

Sin embargo, los mayores retos fueron precisamente de seguridad y salud: primero, por la movilización del personal a una zona con limitaciones de vivienda, transporte y servicios; segundo, porque la obra se realizó en plena pandemia, por lo que se tuvo que ser muy precisos en la coordinación para la llegada de equipos y materiales provenientes de diferentes países, y sobre todo, con el cuidado de la salud del personal.

Diariamente, antes de empezar las labores, todos los empleados pasaban a chequeo médico para identificar posibles síntomas y, en su caso, darles incapacidad y atención médica. En la obra no hubo un solo deceso, ni siquiera por Covid, todo un logro en esos días difíciles, con la presión de tiempo para la construcción, pero siempre priorizando la seguridad y salud de los trabajadores.

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