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La madurez del Tri: ¿Es el 2026 el año del milagro mexicano?

por El Consejero
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La madurez del Tri: ¿Es el 2026 el año del milagro mexicano?

La victoria frente a Ecuador no fue solo un resultado estadístico; fue una declaración de principios. En un estadio que rugía con la presión de una nación entera, la selección mexicana no se dejó doblegar por los nervios, sino que se impuso con la templanza de un equipo que sabe exactamente a lo que juega.

Ver al Tri superar una eliminatoria de esa manera, con solidez táctica y una gestión emocional impecable, es, por decir lo menos, profundamente reconfortante. Es el alivio de ver a un equipo que ha dejado de jugar contra sus propios fantasmas para empezar a jugar contra el rival en turno.

El duelo frente a Inglaterra en la siguiente fase ya no se percibe bajo la sombra del miedo, sino bajo la luz de la oportunidad. Medirse de “tú a tú” ante una potencia histórica como el conjunto inglés es el examen que todo equipo grande necesita para validarse.

México ha dejado de ser el convidado de piedra que aspira a no ser goleado; hoy, el Tri salta al campo con la convicción de que el orden defensivo y la verticalidad de su ataque son argumentos suficientes para competir contra cualquiera.

¿Existe una posibilidad real de ganar el Mundial? La respuesta corta es sí, pero con matices de realismo.

Históricamente, el fútbol mexicano ha sufrido de una fragilidad estructural que se desmoronaba en momentos críticos. Sin embargo, en este 2026, México cuenta con tres factores que alimentan la posibilidad real del título: la localía, la fortaleza de la defensa y la gestión de la presión.

Ganar el Mundial sigue siendo una empresa titánica. Requiere no solo talento y estrategia, sino también una cuota de fortuna en los momentos decisivos y evitar cualquier contratiempo físico en piezas clave. No obstante, después de lo visto contra Ecuador, la narrativa ha cambiado: ya no estamos hablando de “qué tan lejos llegaremos”, sino de quién será capaz de detener a este México.

Si logran superar el obstáculo inglés, el país entero tendrá licencia para empezar a soñar con algo que, hasta hace poco, parecía inalcanzable. El Tri no solo está compitiendo; está construyendo, paso a paso, su propio destino.

T-MEC: la mañana siguiente

La primera conclusión que deja la decisión de Estados Unidos de no comprometerse, por ahora, a extender la vigencia del T-MEC por otros dieciséis años es clara: el tratado mantiene su vigencia prevista hasta 2036, pero entra en una etapa de revisiones anuales que modifica por completo el contexto político de la negociación.

Durante meses se especuló sobre la posibilidad de que la administración de Donald Trump utilizara la revisión para abrir una confrontación comercial con México y Canadá. Eso no ocurrió, pero tampoco sucedió lo contrario: Trump optó por lo que mejor sabe hacer, sembrar la incertidumbre, activando el mecanismo de revisiones anuales previsto en el propio tratado.

Esa decisión reafirma que existe un cambio profundo en la manera en que Estados Unidos concibe hoy sus acuerdos comerciales. Durante décadas estos buscaron ofrecer reglas estables para facilitar el intercambio y atraer inversiones. En el contexto actual, además, se han convertido en instrumentos de política industrial, seguridad económica y competencia geopolítica.

La explicación está en el nuevo mapa geoeconómico. La rivalidad con China ha transformado las prioridades de Washington. La relocalización de cadenas de suministro, el desarrollo de industrias estratégicas, los semiconductores, los minerales críticos y la inteligencia artificial han convertido a América del Norte en una plataforma indispensable para preservar la competitividad estadounidense. La Unión Americana necesita el T-MEC, pero también necesita capacidad para moldear su funcionamiento.

México llega a esta nueva etapa con fortalezas evidentes. La integración de su industria con la estadounidense, el fenómeno del nearshoring y su ubicación geográfica lo convierten en un socio difícil de sustituir. Precisamente por ello, también enfrentará mayores presiones en asuntos como la política energética, las reglas de origen, el cumplimiento laboral, la certidumbre para las inversiones y la creciente presencia de empresas chinas en territorio mexicano.

En este nuevo escenario, no parece viable que el T-MEC sea sustituido por una red de acuerdos bilaterales formales entre Estados Unidos, México y Canadá. Los costos de fragmentar una plataforma económica ya altamente integrada serían demasiado altos, especialmente en sectores como el de la industria automotriz o las cadenas de suministro tecnológicas.

Sin embargo, sí es posible observar una evolución distinta: una “bilateralización de facto” dentro de un marco trilateral. Es decir, el tratado seguirá existiendo como estructura general, pero muchas de las decisiones relevantes se negociarán directamente entre Washington y cada uno de sus socios, por sectores y temas específicos. No sería el fin del T-MEC, sino su uso más flexible y asimétrico, donde la integración convive con una negociación permanente caso por caso.

Existe, además, un factor político que no podemos ignorar. En noviembre se celebrarán las elecciones intermedias en Estados Unidos. Sería aventurado sostener que fue esa la razón para no respaldar desde ahora una renovación de largo plazo. Sin embargo, también sería ingenuo pensar que el calendario electoral no influye en una decisión de esa magnitud.

Mantener abierta la revisión permite a la Casa Blanca conservar una herramienta de negociación con sus socios y, al mismo tiempo, proyectar ante el electorado una imagen de un gobierno que no da por sentado ningún acuerdo cuando están en juego el empleo, la industria y la seguridad económica del país.

Lo ocurrido el primero de julio no resolvió el futuro del T-MEC; simplemente definió el terreno sobre el cual se desarrollará la negociación en los próximos meses. La pregunta ya no es si el tratado seguirá existiendo, sino bajo qué condiciones evolucionará y qué nuevas obligaciones impondrá a sus integrantes.

La mañana siguiente deja una lección que trasciende el propio tratado. En la geopolítica contemporánea, la incertidumbre se administra. Y, muchas veces, administrar la incertidumbre es una de las formas más eficaces de ejercer el poder. Pero también tiene un costo: prolongar la ambigüedad puede erosionar la confianza de los inversionistas y tensar una integración económica que, paradójicamente, Estados Unidos necesita más que nadie. En ese sentido, Washington no solo está administrando una herramienta de negociación; también está asumiendo un riesgo. Y como ocurre en toda estrategia basada en la falta de certeza, la línea entre la presión y el desgaste es mucho más delgada de lo que parece.

Contrabando de combustible y corrupción

Este martes, el Departamento del Tesoro, a través de Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) y la Red de Control de Delitos Financieros (FinCEN), anunció sanciones contra dos personas y nueve empresas ligadas al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), dedicadas al robo y contrabando de combustible, la principal fuente de ingresos no provenientes del narcotráfico de las organizaciones criminales.

Si bien no hay un señalamiento específico contra políticos y funcionarios mexicanos, de acuerdo al comunicado, se puede considerar en una línea similar a la acusación contra el exgobernador Rubén Rocha Moya y los funcionarios y políticos sinaloenses, en dos sentidos con el común denominador de la corrupción: uno, los sobornos a empleados de Pemex para robar el combustible en ductos, pipas y directamente de las refinerías; dos, los recursos obtenidos son utilizados para realizar pagos en efectivo a campañas políticas y medios de comunicación mexicanos, con el fin de ayudar a elegir a políticos dispuestos a colaborar con los cárteles para controlar puestos administrativos clave en el gobierno, tanto para facilitar las operaciones de contrabando de combustible, como para lavar dinero a través de contratos estatales.

En el primer caso, es secreto a voces la participación de trabajadores de Pemex en el robo de combustible, una línea que las autoridades no han profundizado y no han detenido a ninguno, probablemente porque eso sería tocar al sindicato petrolero, aliado al gobierno en turno, pero la perforación de ductos y no se diga el robo directo de una refinería, no es algo que necesariamente involucre a un plomero ni alguien atrás del escritorio.

El segundo punto es más complejo, y es abordar el financiamiento de campañas políticas de los tres niveles de gobierno, a cambio de facilidades en la operación de actividades ilícitas -léase policías estatales y municipales-; el control de áreas clave para el manejo de recursos -asignaciones de contratos o ingresos como los sistemas de agua-.

La referencia por parte del Departamento del Tesoro es general, pero varios funcionarios de estatales y municipales, así como trabajadores de Pemex, han de estar preocupados por lo que haya detrás de las sanciones anunciadas, porque se trata de modus operandi no solo del CJNG, sino también del Cártel de Sinaloa, La Nueva Familia Michoacana, Cárteles Unidos y Cártel del Noreste.

La nueva ventaja contra el fraude financiero

El fraude financiero ya no puede entenderse como un riesgo aislado para cada institución. Con 35,762 reclamaciones por posible fraude registradas ante la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (CONDUSEF) entre enero y mayo de 2026, el desafío se ha transformado en un fenómeno organizado que aprovecha herramientas digitales, ingeniería social e inteligencia artificial para operar a través de múltiples canales y entidades.

La capacidad de compartir inteligencia y detectar patrones comunes se perfila como uno de los factores más importantes para proteger la confianza en el sistema financiero y evitar que el endurecimiento de los controles termine limitando el acceso al crédito.

Es por ello que Círculo de Crédito, la Sociedad de Información Crediticia, más conocidas como burós, presentó su Suite Anticrimen Financiero, una plataforma que apuesta por un modelo colaborativo para prevenir, detectar y responder a los nuevos esquemas de fraude.

La solución integra capacidades para la prevención de lavado de dinero, validación de identidad, detección de coincidencias y comportamientos sospechosos, además de herramientas analíticas e integración tecnológica que permiten a las instituciones actuar con mayor rapidez sin comprometer la protección de los datos sensibles. El enfoque responde a una realidad en la que las amenazas evolucionan más rápido que los mecanismos tradicionales de defensa.

Para Círculo de Crédito, el combate al fraude exige un cambio de paradigma porque cuando las organizaciones delictivas operan en red, la respuesta del sector financiero también debe hacerlo. La colaboración, la interoperabilidad y el intercambio de inteligencia entre instituciones fortalecen las capacidades individuales sin sustituir las herramientas existentes, al tiempo que permiten construir un ecosistema más resiliente, con decisiones basadas en información accionable y una mejor protección para usuarios e instituciones.

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