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En la política mexicana, donde las percepciones suelen pesar más que los expedientes, la figura de Omar García Harfuch se ha erigido como un monolito de eficacia policial rodeado de una historia de tragedia. Su ascenso no es solo el de un técnico en seguridad; es el de un sobreviviente que parece librar una batalla personal contra el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), mientras sus ojos, inevitablemente, comienzan a mirar con más claridad hacia la silla más importante de Palacio Nacional.
Para entender la animadversión de Harfuch contra el imperio de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, no basta con revisar las carpetas de investigación. Hay que mirar hacia el pasado familiar, específicamente hacia Javier García Morales, su medio hermano asesinado en 2011. García Morales, vinculado en su momento con estructuras delictivas en el occidente del país y señalado por supuestos nexos con el Cártel de Colima, representa la herida abierta en el linaje de los García.
El atentado en su contra en las Lomas de Chapultepec en 2020 transformó a Harfuch. Dejó de ser un funcionario para convertirse en un símbolo. Su narrativa de “enemigo número uno” del CJNG le ha otorgado una legitimidad que pocos políticos tienen: la de haber puesto el cuerpo frente a las balas. Sin embargo, es inevitable cuestionarse si esta estrategia es pareja para todos los grupos delictivos.
Omar García Harfuch ya no es solo “el guardián de la ciudad”. Su posición estratégica en el gabinete federal lo coloca en una plataforma de lanzamiento envidiable. Sus aspiraciones presidenciales ya no son un secreto a voces, sino una posibilidad estadística.
Los activos de su candidatura son claros: Orden y Seguridad, en un país que exige la mano dura y que ha perdido la batalla contra la delincuencia. Y es que su aspiración es realista, pues conecta con sectores de clase media y alta que ven en él a un ejecutor ordenado, lejos de la retórica incendiaria de la vieja política.
Pero sus pasivos son profundos y peso en su trayectoria. Sus críticos siempre le recordarán su formación en la escuela de García Luna y los claroscuros de su familia. Una presidencia basada en la figura de un “vengador” contra un cártel específico corre el riesgo de convertir al Estado en una extensión de guerras personales pareciera no ser suficiente para gobernar.
García Harfuch camina sobre un campo minado. Si logra capitalizar la eventual caída de “El Mencho” como un triunfo institucional y no solo como una victoria personal, su camino a la Presidencia tendrá una base de hormigón. Sin embargo, en México, los héroes de la seguridad suelen tener pies de barro. La pregunta para el electorado será: ¿Queremos a un estratega en la Presidencia o a un policía en jefe? La respuesta definirá no solo el futuro de Omar, sino el modelo de nación que emergerá tras la era de los cárteles.
Los varios culiacanes
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes genera incertidumbre respecto al futuro liderazgo y control del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Se han mencionado varios nombres, entre familiares y operadores regionales, siendo probable que en lo inmediato sea su hijastro Juan Carlos González Valencia, el “Tres”, hijo natural de Rosalinda González Valencia, esposa del “Mencho”, quien asuma como nuevo líder. A favor de el “Tres” está toda la familia González Valencia, de los cuales Abigael (el líder), Arnulfo y Rosalinda están detenidos. Sin embargo, son 18 hermanos, que llevan la parte financiera del CJNG, con varias actividades y negocios.
Los antecedentes de otras organizaciones delictivas hacen previsible que haya alguna ruptura, por varias razones: son grupos que operan en la ilegalidad, incluidas las sucesiones de la empresa criminal; dependen de las cualidades de liderazgo de un jefe -las cuales se desconocen del apodado “Tres”-; otros operadores pueden aspirar a controlar la organización, crear una nueva o hacer alianzas con otros grupos, y en el caso del CJNG, hay varios; puede haber disputas de plazas con otras organizaciones; los lazos familiares influyen para mantener unida a la organización, como en el Cártel de Sinaloa, que hasta la ruptura de Chapitos y Mayiza pudo mantenerse cohesionada, o en su momento los Arellano Félix, a diferencia del Cártel del Golfo o los Zetas, que se desintegraron relativamente rápido. Es decir, es altamente probable que haya un alza en la violencia por disputas internas y/o con otras organizaciones.
A pesar de ello, hay que dimensionar lo que puede venir a partir de lo sucedido. Cuando se habla de que hubo narcobloqueos y negocios incendiados en 20 estados, pareciera que el país estuvo en llamas, y no es así. Mucha gente en la CDMX temió salir a la calle el lunes, aunque en la capital del país todo estuvo en calma. De una revisión de lo reportado en medios, se identifica que los eventos se registraron en alrededor de 90 municipios, principalmente de Jalisco, Michoacán y Guanajuato, en el resto de los estados fueron casos aislados, aunque obviamente impactantes.
Es positivo que ha prevalecido la coordinación entre autoridades federales y estatales, lo que permitió que todos los bloqueos e incendios fueron atendidos y desactivados, sin registrarse más agresiones de este tipo en los siguientes días, salvo en algunos puntos de Jalisco y Michoacán. Guadalajara y su zona metropolitana están retomando la normalidad. De esta rápida recuperación y de que se mantenga la calma dependerá que cumpla con éxito su papel como sede mundialista.
Sin embargo, son los municipios donde se verán los problemas, en caso de fractura el CJNG o de que otras organizaciones quieran entrar: traiciones y reclamos de lealtades; reacomodo de plazas de narcomenudeo, relaciones ilícitas de presidentes municipales y policías o, como en el caso de Tierra Caliente de Michoacán, donde seguramente arreciará la confrontación entre CJNG y Cárteles Unidos por el control de los municipios que se dedican a la producción y tráfico de drogas sintéticas, una disputa que ha hecho de la región una zona de guerra que lleva varios años, y que se puede extender a Jalisco. Valga el comparativo, pueden presentarse varios culiacanes en el país.
Es por ello que la tarea en materia de seguridad y contención que siga no puede depender solo de las fuerzas federales, es necesario que se mantenga la participación de las policías estatales y, donde se pueda y no sean un enemigo, de las municipales.
Ucrania: una guerra que no debió ser
Ocurrió hace cuatro años. Fuerzas rusas ingresaron por diferentes frentes a territorio ucraniano intentando desbordar sus defensas. Pasaron 48 largos meses y el resultado esperado por Moscú se encuentra muy lejos de cristalizarse. El conflicto no ofrece una victoria clara para ninguna de las partes, pero sí ha redefinido las prioridades presupuestales, alianzas militares, cadenas energéticas y los discursos políticos a escala global.
Lo que inició como una ofensiva relámpago ordenada por Vladimir Putin terminó convirtiéndose en una guerra prolongada que ha puesto a prueba la resistencia económica rusa, la capacidad militar ucraniana y la cohesión de occidente.
El frente de batalla se ha transformado en una combinación de guerra de trincheras, artillería de largo alcance y tecnología no tripulada. Los drones –de fabricación nacional e importados– se han vuelto pieza central en ambos bandos. Rusia mantiene el control sobre Crimea y de amplias zonas de Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón, mientras que Ucrania intenta contener y desgastar a las fuerzas rusas.
Las estimaciones sobre bajas militares superan ampliamente los centenares de miles de cada lado, aunque ninguna cifra es definitiva. Se trata de una guerra de alta intensidad; reportes de la BBC señalan que el ejército ruso está ejecutando a sus propios soldados que se niegan a seguir combatiendo en una guerra que no consideran suya.
La devastación es total. Los daños, de acuerdo con el Banco Mundial, superan los miles de millones de dólares lo que anticipa que el costo de la reconstrucción dejará empeñado al pueblo ucraniano durante más de una generación.
Moscú ha logrado amortiguar parte del impacto de las sanciones occidentales redirigiendo sus exportaciones energéticas hacia Asia, particularmente China e India. El rublo experimentó volatilidad inicial, pero el Kremlin impuso controles y aumentó el gasto militar hasta niveles que absorben una proporción histórica del presupuesto federal. Ucrania dependió ampliamente de la ayuda de Estados Unidos en la etapa inicial. El relevo de Joe Biden complicó el panorama, mientras la Organización del Tratado del Atlántico Norte reforzó su presencia con la inclusión de Finlandia y Suecia.
A 11 mil kilómetros de distancia, México se ha ido con tiento. En principio, durante el régimen de Andrés Manuel López Obrador, condenó la invasión ante la Asamblea General de la ONU y votó a favor de resoluciones que exigían el retiro de tropas rusas. Sin embargo, no se sumó al régimen de sanciones promovido por Estados Unidos y la Unión Europea en contra de Moscú. La llegada de Claudia Sheinbaum no modificó esta condición, lo que en términos prácticos coloca a México en una posición intermedia: políticamente distante de la acción rusa, pero no alineado con la estrategia de presión económica occidental.
Cuatro años después, la guerra no solo mide la capacidad de resistencia de Kiev o la adaptabilidad del Kremlin; mide también la fragmentación del sistema internacional. No se ha producido el colapso ruso que muchos anticipaban ni la recuperación total del territorio ucraniano que otros proyectaban. En cambio, ha emergido un escenario de competencia prolongada, rearme europeo y polarización diplomática. México, en ese contexto, ha optado por navegar siguiendo la corriente. ¿Estrategia o evasión? Ha apostado a que la prudencia diplomática preserve el margen de maniobra en un mundo en donde los alineamientos automáticos resultan cada vez más costosos.
Una radiografía al crédito en México
En la participación de créditos y créditos activos se observa que la estructura generacional se mantiene liderada por los Millennials (40.85%) y la Generación X (35.59%), quienes concentran la mayor proporción del crédito, de acuerdo a un análisis del estado del crédito en México correspondiente al periodo de diciembre 2024 vs diciembre 2025, realizado por Círculo de Crédito, Sociedad de Información Crediticia.
Durante 2025 se identifica un ligero desplazamiento hacia generaciones más jóvenes, particularmente entre las mujeres, con un aumento en la participación de la Generación Z y una reducción marginal en la de Baby Boomers. Este rejuvenecimiento del portafolio suele asociarse con un mayor nivel de riesgo, pero también con una mayor demanda potencial de crédito en el mediano plazo.
En cuanto a género la distribución se mantiene prácticamente sin cambios: las mujeres representan el 63% de los usuarios con crédito, frente al 37% de los hombres. Los hombres presentan un mayor uso promedio del crédito, con un saldo de 15,998 pesos, lo que indica una mayor capacidad de endeudamiento, pero también una mayor exposición al riesgo. El crecimiento de los saldos en un entorno de mayor mora sugiere una mayor vulnerabilidad financiera. Por otra parte, la tasa de retención al corriente se mantiene más alta en las mujeres (94.51%), aunque se observa una ligera disminución en ambos géneros. Aun así, las mujeres continúan mostrando un mejor comportamiento de pago. Destaca que la Generación Z presenta mayores señales de fragilidad crediticia.
Las consultas registradas en la plataforma de Círculo de Crédito muestran una ligera mayor actividad por parte de los hombres (50.80%), a pesar de que las mujeres concentran más créditos activos. Esto indica que los hombres manifiestan una mayor intención de crédito, mientras que las mujeres concretan un mayor número de operaciones.
Del análisis realizado, los expertos del buró identifican la importancia de generar programas de educación financiera que contemplen estrategias diferenciadas por género y generación, y que se adapten a los estilos de vida de cada grupo.
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