Algo debe de estar haciendo muy mal Donald Trump que sus niveles de aceptación van notablemente a la baja y que ya consiguió –el fin de semana– que millones de sus gobernados salieran a protestar en las calles de prácticamente todos los estados de la Unión, incluidos republicanos como Texas y Florida, un detalle que no es menor porque rompe con la idea de que el descontento está confinado a un solo bloque ideológico.
Detrás de las consignas existe una mezcla de motivos que día tras día se han ido acumulando: el malestar por una posible escalada militar en Medio Oriente, el desgaste económico –acompañado de una inflación persistente y presión sobre los precios de las gasolinas–, y el rechazo a políticas migratorias violatorias de los derechos humanos. A esto se suma la percepción, en ciertos sectores, de que el tono del gobierno se ha vuelto cada vez menos incluyente.
Eso explica el acento de las manifestaciones y cómo la indignación logró saltar de las redes sociales al espacio público y lo hizo con una alta estridencia.
Para Donald Trump el problema no es inmediato, pero sí real. Su forma de gestionar la política –confrontar, polarizar, tensar– le ha funcionado muy bien para ganar elecciones. Gobernar, sin embargo, requiere otro tipo de equilibrio y una inteligencia emocional que parece estar ausente en los cuarteles generales de la Casa Blanca.
Parte de esta explicación se encuentra en la naturaleza de su apoyo. Trump cuenta con un núcleo duro que se estima entre 30% y 35% del electorado, un piso notablemente resistente incluso en momentos adversos. Eso le da estabilidad, pero también le marca un límite, hoy las encuestas le otorgan un 36% de aceptación, lo que implicaría que fuera de su base electoral Trump estaría por perder el apoyo de la totalidad de los votos indecisos.
Está claro que, aunque alto el nivel de las protestas, son insuficientes para provocar su renuncia, pero sí lo colocan en una zona donde cualquier mandatario se encontraría incómodo. Reducen su margen de maniobra, complican las negociaciones y, sobre todo, encarecen cada uno de sus movimientos.
En el partido republicano existe preocupación porque no se trata solo de Trump. Mantener –como ahora– el apoyo total al jefe del Ejecutivo les da cohesión, pero también los amarra a su desgaste. Tomar distancia parece la única solución para algunos legisladores que buscan repetir, pero por ahora, nadie quiere abrir esa discusión en público. Eso podría cambiar en las próximas semanas si las encuestas se mantienen en picada.
A Trump siempre le queda la tentación de polarizar más, para él es un terreno conocido que le ha funcionado; sin embargo, es un juego peligroso en el que podría terminar activando a sus opositores y alejando a los votantes que no están en ninguno de los extremos. Y más cuando el clima político está empezando a cambiar de cara a lo que viene.
Si la concatenación de acontecimientos –redes sociales, manifestaciones, etc.– encuentra cauce, organización y tiempo, muy bien podría influir de manera determinante en las urnas. No necesariamente con la fuerza que esperaríamos, pero sí lo suficiente para poner en jaque a la administración.
Hoy Trump no está en peligro. Pero eso no significa que esté en control absoluto. Gobernar contra el ánimo social puede funcionar un tiempo; sostenerlo no. Cuando la inconformidad logra cohesión y encuentra camino, deja de ser protesta. Empieza a ser poder.
Vance o Rubio, la duda de Trump y los republicanos
En una cena con donantes en su residencia de Mar-a-Lago menos de un día antes de iniciar los bombardeos a Irán, Donald Trump preguntó a los presentes qué opinaban de JD Vance y de Marco Rubio, de acuerdo al Wall Street Journal, el cual refiere que, según testigos, los presentes se expresaron más a favor del secretario de Estado. De acuerdo al diario neoyorkino, Trump ha consultado entre asesores, amigos y donantes sobre las fortalezas y debilidades de Vance y Rubio, si les gustan o no y, al parecer, el cubanoestadounidense es el más favorecido, incluso por Trump, quien lo consulta frecuentemente.
Vance y Rubio representan dos posiciones diferentes dentro del espectro conservador republicano. El vicepresidente es una hechura MAGA, debe su carrera política a Trump, quien apoyó su candidatura a senador por Ohio, es respaldado por varios personajes y grupos de ultraderecha y por Donald Trump Jr. No menos importante es la regla no escrita de que, como vicepresidente, lleva mano dentro del gabinete para buscar la nominación a la candidatura presidencial de su partido, aunque siempre abierta la posibilidad de que se registren otras candidaturas -senadores, principalmente-, pero no desafiado por alguien del mismo equipo.
Marco Rubio tiene una carrera política propia. Como senador de Florida, buscó la candidatura presidencial en 2016, retirándose al perder en su propio estado ante Trump, manteniéndose en la Cámara alta. Su elección como secretario de Estado por Trump fue de las pocas elogiadas por su experiencia y coherencia como “halcón” de la política exterior en la Comisión de Relaciones Exteriores y como vicepresidente de la Comisión de Inteligencia del Senado. Rubio ha tenido una actividad intensa y complicada al frente del Departamento de Estado, empezando por las polémicas con Canadá, la OTAN y por Groenlandia, así como con las intervenciones y conflictos en Venezuela, Ucrania, Gaza, Cuba e Irán.
Además de ser conocido como el “secretario de todo” por las múltiples encomiendas que le confía el presidente, probablemente los mayores méritos de Rubio son, primero, como operador eficaz de la política exterior y, segundo, ha logrado armar una narrativa estructurada, coherente y hasta sensata y conciliadora a la visión de Trump, lo cual se vio en su discurso ovacionado en la Conferencia de Seguridad de Múnich. No es menos, considerando que es algo que no había podido hacer nadie, no solo Vance, ni siquiera el propio Trump.
La guerra en Irán y la cercanía con Israel es visto con molestia por ultraconservadores y aislacionistas. Vance, como veterano de Irak, se ha opuesto a que Estados Unidos participe en guerras que no son suyas, aunque ha tenido que manifestar su respaldo a la reciente incursión en Medio Oriente. Al igual que Trump, el futuro del vicepresidente depende de los resultados de las elecciones de medio término.
Un resultado catastrófico, podría llevar a los republicanos a buscar alternativas, empezando por disuadir a Vance de buscar la nominación, lo cual se ve difícil, aun yendo con lastre y a contracorriente. Por su parte Rubio, disciplinado e inteligente, no buscaría la candidatura si Vance se postula y, fundamental, solo la buscaría si tiene el apoyo de Trump, quien sigue buscando sus opiniones.
Semana Santa: cuando el descanso deja de ser aspiracional
En un país donde históricamente el descanso ha sido visto como un privilegio más que como un derecho, los datos más recientes del “Termómetro Laboral” de OCC, la bolsa de trabajo en línea líder en México, abren una conversación más profunda: solo 11% de los trabajadores planea salir de viaje en Semana Santa, mientras que la mitad optará por quedarse en casa y una cuarta parte, simplemente, no descansará. Más allá de la coyuntura, esta cifra no habla de falta de interés por viajar, sino de una realidad estructural en la que el tiempo, el dinero y las condiciones laborales siguen limitando la posibilidad de desconexión real.
Lo que estamos viendo es un cambio silencioso pero contundente en la forma en que los mexicanos entienden el descanso; ya no se trata de aspirar a grandes viajes o experiencias extraordinarias, sino de recuperar algo mucho más básico: el tiempo propio. Descansar en casa se convierte entonces en una forma de resistencia cotidiana ante jornadas demandantes, traslados largos y entornos laborales que, en muchos casos, aún no terminan de incorporar esquemas verdaderamente flexibles. El descanso, en este sentido, deja de ser aspiracional para convertirse en una necesidad urgente.
Este fenómeno también redefine el papel de las empresas. El hecho de que 68% de los trabajadores considere las vacaciones superiores a la ley como un factor relevante al elegir empleo revela que el llamado salario emocional ya no es un “extra”, sino un componente central de la propuesta de valor.
Las organizaciones que entiendan esto no solo estarán mejor posicionadas para atraer talento, sino que también contribuirán a construir entornos laborales más sostenibles, donde el bienestar no dependa de momentos aislados como Semana Santa, sino de una cultura continua de equilibrio.
En el fondo, estos datos nos obligan a replantear una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tan accesible es realmente el descanso en México? Mientras salir de vacaciones sigue siendo un lujo para muchos, el verdadero reto está en garantizar algo más profundo: el derecho a desconectar sin culpa, sin pendientes y sin precariedad de por medio. Porque, al final, una fuerza laboral que no descansa difícilmente puede sostener el crecimiento que el país necesita.
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