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Hoy, mientras el silbatazo inicial de la Copa Mundial de Fútbol resuene en el Estadio Ciudad de México y millones de personas alrededor del planeta dirijan la mirada hacia la cancha, en Estados Unidos más de 400 agencias y corporaciones de seguridad federales, estatales y locales estarán jugando un partido muy distinto: el de evitar que un atentado o un atacante solitario conviertan la mayor fiesta deportiva del mundo en una tragedia global.
Para Washington, el Mundial no es únicamente un espectáculo deportivo o una oportunidad económica; es también uno de los mayores desafíos de seguridad de su historia reciente. Pocas veces un país recibe durante más de un mes a millones de visitantes distribuidos en múltiples ciudades y bajo la mirada permanente de la opinión pública mundial.
Las preocupaciones estadounidenses, sin embargo, son distintas a las mexicanas. Mientras que aquí buena parte de la atención se ha concentrado en la posibilidad de que las movilizaciones sociales, los bloqueos o los conflictos políticos interfieran en la logística y la imagen del torneo, al norte de la frontera las autoridades observan amenazas menos visibles, pero no por ello menos reales.
La experiencia acumulada desde los atentados del 11 de septiembre, el ataque contra el maratón de Boston y la sucesión de tiroteos masivos que han marcado la vida pública del país han transformado la manera en que los organismos de seguridad conciben los grandes eventos.
Hoy, el temor no es solo una organización terrorista internacional; es también un individuo aislado que encuentre en el Mundial el escenario perfecto para convertir una obsesión, una ideología o un acto de odio en un mensaje de alcance global.
Y es que el riesgo del llamado “lobo solitario” ha cambiado la forma de ver las cosas. A diferencia de las células tradicionales, estos atacantes requieren poca coordinación, dejan menos rastros y pueden actuar motivados por causas muy distintas: extremismo político, fanatismo religioso, supremacismo racial, teorías de conspiración o incluso agravios personales. A ello se suma un contexto internacional particularmente complejo, con conflictos abiertos en distintas regiones del mundo y una creciente polarización política.
No es casualidad que los planes de seguridad del Mundial contemplen desde sistemas antidrones y vigilancia reforzada en zonas de aficionados, hasta mecanismos de inteligencia para detectar amenazas en internet y coordinar la respuesta de centenares de corporaciones civiles y federales.
Existe, sin embargo, una paradoja difícil de ignorar: las mismas medidas diseñadas para proteger el torneo están modificando el ambiente que históricamente ha rodeado estas competencias.
El rechazo de un reconocido árbitro africano, las dificultades que han obligado a la selección de Irán a establecer su concentración en Tijuana y las revisiones migratorias y de seguridad cada vez más estrictas para equipos, funcionarios y aficionados muestran que la lógica de la prevención también tiene un costo. La cortesía y el espíritu de hospitalidad que suelen acompañar a una fiesta deportiva global ceden terreno poco a poco, frente a la sospecha permanente.
El Mundial de 2026 no solo unirá por primera vez a tres países anfitriones, sino que también exhibirá las distintas vulnerabilidades y prioridades de cada uno. México pondrá a prueba su capacidad para administrar la inconformidad social sin que ésta desborde el espacio público o empañe la celebración deportiva; Estados Unidos, su habilidad para anticipar una violencia que muchas veces surge de manera impredecible y que puede ser ejecutada por una sola persona; y Canadá buscará demostrar que es posible organizar un evento global bajo un modelo de seguridad menos estridente, aunque igualmente exigente.
Son enfoques distintos frente a un mismo desafío: garantizar la seguridad de millones de personas sin sacrificar el espíritu de apertura y hospitalidad que da sentido a una Copa del Mundo. Al final, el otro Mundial también se jugará fuera de la cancha.
El costo de la indiferencia
La inauguración de una Copa del Mundo debería ser, por definición, un ejercicio de celebración colectiva y un escaparate de la identidad nacional ante la mirada global. Sin embargo, en esta edición de 2026, el entorno del Estadio Ciudad de México amenaza con convertirse en todo lo contrario: el epicentro de un choque inevitable entre la narrativa oficial de progreso y la realidad lacerante de una ciudadanía dividida, antagónica y movilizada.
El peor escenario para la inauguración no es simplemente el caos vial o el retraso en el inicio del partido. El verdadero abismo al que nos enfrentamos es el de la estigmatización y la represión como respuesta institucional a la protesta legítima.
Al blindar el estadio con un operativo de seguridad de dimensiones históricas y declarar una “última milla” de acceso restringido, las autoridades han diseñado una burbuja de cristal. Lo que tememos, como sociedad, es que esta burbuja no solo separe a los aficionados de los manifestantes, sino que profundice la brecha entre quienes pueden pagar la fiesta y quienes no tienen otra forma de ser escuchados que bloqueando el camino hacia ella.
El peor escenario, el más oscuro, sería el estallido de un conflicto violento en los cinturones de seguridad. Ante la presencia de docentes, madres buscadoras, pensionados y transportistas exigiendo justicia y atención a sus demandas, cualquier mal cálculo, cualquier exceso de fuerza por parte de los cuerpos de seguridad bajo la presión de un evento internacional, transformaría la inauguración del Mundial en un documento histórico de opresión.
Una imagen de enfrentamientos, gases lacrimógenos o detenciones masivas a las puertas del coloso deportivo no solo arruinaría la experiencia del aficionado; sellaría una mancha indeleble en la reputación del país.
La FIFA, preocupada por su imagen global, no perdonaría el desorden; pero más importante aún, nosotros como mexicanos no deberíamos permitirnos normalizar el hecho de que, para que el balón ruede, sea necesario silenciar —por la fuerza o por el aislamiento— las voces de quienes gritan por un país más justo.
El éxito de la inauguración del Mundial no debería medirse por la puntualidad del silbatazo inicial o por el impecable despliegue logístico, sino por nuestra capacidad, como nación, de entender que la fiesta no es completa si, para celebrarla, tenemos que construir muros que separen a los mexicanos entre sí. Si mañana el Estadio Banorte se convierte en una fortaleza sitiada, no habremos ganado una sede; habremos perdido la oportunidad de demostrar que México puede ser, al mismo tiempo, un anfitrión orgulloso y una democracia madura que sabe escuchar a su propia gente.
¿Y los 5 millones y medio de visitantes?
Para la inauguración del Mundial de Fútbol, todos se preguntan dónde están los 5.5 millones de visitantes a nuestro país por el Mundial calculados por la Secretaría de Turismo. La sobreestimación se basó en la importancia del evento, los antecedentes de su afluencia y que, solo en diciembre pasado, vinieron a México 13 millones de turistas extranjeros. Sonaba factible.
Desafortunadamente, hay una serie de factores que se han conjuntado en contra del atractivo turístico de este Mundial: la política antimigratoria de Estados Unidos, la animadversión internacional a la administración de Donald Trump; la distancia entre ciudades sede y países eleva costos de transportación, aunado al alza en los boletos de avión por la guerra en el Golfo Pérsico; el precio de los boletos de los partidos, tres veces más caros que los de Qatar, volviéndose poco asequibles para una mayoría de aficionados.
En el caso de nuestro país, solo 13 de los 104 partidos serán en México; de las selecciones que jugarán aquí solo España es de primer nivel, y que atraigan una afición considerable -además de la española y la mexicana-, Colombia, Corea del Sur y Japón, buena parte también por comunidades de esos países en México.
En un análisis sobre el impacto económico del Mundial en México, la calificadora Moody’s estimó de entre 768 mil y 674 mil visitantes nacionales y extranjeros a las ciudades sedes mexicanas, con una derrama calculada entre 730 mdd y 1,030 mdd, con efectos secundarios en la economía, como el consumo interno, en los sectores de restaurantes y bares, alimentos y bebidas, así como la banca de consumo, con todo y las limitaciones en los derechos de transmisión en establecimientos comerciales.
La situación no es privativa de México, de hecho casi podríamos agradecer. De acuerdo al Wall Street Journal, de las ciudades mundialistas, las que registran mayor ocupación hotelera son Vancouver y Guadalajara, con 48 por ciento. Les siguen Toronto, Ciudad de México y Monterrey, con porcentajes superiores a 40. En Estados Unidos, de las 11 ciudades sede, sólo San Francisco alcanza 44% y, en general, en el sector hotelero estadounidense no ven variación respecto a junio del año pasado, situación similar a la de los hoteles en la Ciudad de México.
En cuanto al hospedaje por aplicación, si bien se vio un incremento en la demanda en nuestro país, con alzas moderadas en las tarifas y todavía más bajas respecto a las de Estados Unidos y Canadá, no llegó a ser el negocio del año como muchos adelantaban todavía hace unos meses.
Mientras tanto, para la FIFA se tienen ganancias calculadas en 8,900 millones de dólares exclusivamente por el Mundial 2026.
Hace ocho años, cuando un 13 de junio de 2018 se otorgó la sede conjunta del Mundial 2026 a Estados Unidos, México y Canadá, la idea parecía buena. Hoy, inaugurando el Mundial, lo único que se espera es pase sin que empeoren las cosas.
La renta también debe contar para construir futuro financiero
El mercado de vivienda en renta está experimentando una transformación profunda en México. Mientras que hoy 16.4% de los hogares de la Ciudad de México vive bajo este esquema, las proyecciones apuntan a que la cifra podría alcanzar hasta 50% hacia 2040. Este crecimiento responde a factores económicos, demográficos y de acceso a la vivienda que están modificando la forma en que millones de personas construyen su patrimonio.
Sin embargo, existe una paradoja: uno de los gastos más importantes y constantes de los hogares sigue sin generar valor dentro del sistema financiero. Cada mes, millones de inquilinos cumplen puntualmente con el pago de su renta sin que ese comportamiento contribuya a fortalecer su historial crediticio.
La evolución del mercado exige nuevas formas de entender el riesgo, la confianza y la inclusión financiera. Para la Sociedad de Información Crediticia Círculo de Crédito, el mercado de rentas enfrenta desafíos similares a los que existían hace décadas en el otorgamiento de crédito, donde la falta de información dificultaba la toma de decisiones.
Incorporar datos sobre el comportamiento de pago de los arrendatarios no solo permite reducir la incertidumbre para propietarios e inmobiliarias, sino también reconocer el compromiso financiero de quienes destinan entre 20% y 40% de sus ingresos a mantener una vivienda. Convertir esos pagos en información estructurada puede abrir nuevas oportunidades de acceso a crédito y generar un ecosistema más transparente y eficiente.
En este contexto, resulta relevante que Círculo de Crédito, haya sido reconocida como la empresa más innovadora durante PropTech Latam Summit Week 2026. Más allá del reconocimiento, la distinción refleja una tendencia que marcará el futuro del sector inmobiliario donde la utilización de datos y tecnología genere confianza y amplie la inclusión financiera.
Si la renta se está convirtiendo en una decisión de largo plazo para millones de mexicanos, también debe convertirse en una herramienta que ayude a construir reputación financiera, impulsar mejores condiciones de financiamiento y fortalecer el bienestar económico de las personas.
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