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Cuando la autoridad deja de tener género

por El Consejero
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Cuando la autoridad deja de tener género

Hay imágenes que trascienden el ámbito deportivo y terminan convirtiéndose en símbolos de una época. Ver a la mexicana Katia Itzel García dirigir como árbitra central un partido del Mundial varonil no solo representa un logro individual extraordinario, es la confirmación de que los espacios históricamente reservados para los hombres comienzan a abrirse al talento.

Su presencia en la cancha rompe una de las barreras más difíciles de vencer: la de la autoridad. Porque si existe un lugar donde tradicionalmente se asumía que el liderazgo debía tener voz masculina, era precisamente el arbitraje.

Durante años, la conversación sobre inclusión se ha concentrado en incrementar la participación de las mujeres; hoy el debate debe evolucionar. La pregunta ya no es si pueden ocupar determinados espacios, sino por qué tardamos tanto en reconocer que siempre tuvieron las capacidades para hacerlo.

Katia Itzel no llegó al Mundial por una cuota ni por una concesión, llegó después de una década recorriendo categoría tras categoría, acumulando experiencia y cumpliendo los mismos estándares de exigencia que cualquier árbitro internacional. Ese es el mensaje de fondo: la inclusión auténtica no sustituye el mérito, permite que el mérito pueda ser visto.

Este momento también ofrece una reflexión para México, porque mientras el país sigue discutiendo cómo cerrar brechas de género en empresas, consejos de administración, ciencia o política, el deporte demuestra que los cambios culturales suelen acelerarse cuando existen referentes visibles.

Cada mujer que alcanza un puesto donde antes no había precedentes amplía el horizonte de posibilidades para quienes vienen detrás. No es casualidad que hoy México tenga presencia arbitral en distintas funciones dentro del Mundial, desde asistentes hasta el VAR; la construcción de estos logros es colectiva y refleja que el país comienza a consolidar una generación de profesionales capaces de competir al más alto nivel internacional.

Las organizaciones harían bien en leer este episodio con atención: Los mayores avances en diversidad no ocurren cuando se llenan indicadores, sino cuando las personas dejan de sorprenderse porque una mujer dirige, decide o ejerce autoridad en escenarios de máxima presión.

El día que la noticia no sea que una mujer arbitra un Mundial masculino, sino que fue la mejor para hacerlo, podremos decir que la inclusión dejó de ser un discurso para convertirse en una realidad. Mientras tanto, cada paso histórico como el de Katia Itzel no solo cambia un partido, ayuda a cambiar la cultura.

Ensambladoras de autos chinos

Sin especificar el lugar, el fabricante de automóviles chino GAC anunció que en la segunda mitad del año comenzará a operar su planta de ensamble de vehículos en México. Se habla que la sede podría ser lo que era la planta COMPAS de Nissan y Daimler en Aguascalientes o, menos probable, la de CIVAC de Morelos. Ya en nuestro país, JAC Motors ensambla vehículos en su planta de Hidalgo.

Por su parte, SAAG (Shanghai Auto Assembly Group) dio por hecho que este año define dónde instalará su ensambladora en nuestro país. Las tres automotrices asiáticas fabrican vehículos de gasolina, híbridos y eléctricos.

El mercado mexicano es atractivo por dos razones principales: la demanda de los vehículos chinos en el país y su cercanía con Estados Unidos, un mercado donde aún no se comercializan. El BYD Dolphin Mini, el auto eléctrico chino más popular disponible en México, tiene un precio menor a los 400 mil pesos -unos 21 mil dólares-, que sería 38% más barato en Estados Unidos que el auto eléctrico más económico de producción nacional, de acuerdo a datos del Foro Económico Mundial, el cual precisamente esta semana realizó el foro de “Davos de Verano” en el puerto chino de Dailan.

A pesar de los aranceles de México y Estados Unidos, más las limitaciones comerciales que se puedan imponer en el marco del T-MEC a vehículos y autopartes chinas, las ensambladoras chinas en territorio mexicano son la cabeza de playa para, en algún momento, aunque sea al largo plazo, entrar al mercado estadounidense, visualizando a los aranceles como obstáculos temporales a un avance inevitable de los autos eléctricos chinos.

Desde hace unos años, BYD ha superado a Tesla como el mayor vendedor mundial de autos eléctricos en el mundo, optando por modelos asequibles y no la alta gama en la que se concentró la armadora de Elon Musk. Y es que la competencia está entre las propias automotrices chinas: de acuerdo al mismo Foro Económico Mundial, actualmente existen más de 100 marcas chinas de autos eléctricos, cifra que podría reducirse a 15 tan pronto como para 2030, de ahí la importancia estratégica de contar con ensambladoras en México.

Sarajevo y los límites de lo humano

Fiscales de varios países europeos se reúnen este lunes en La Haya para coordinar una investigación que, incluso tres décadas después de los hechos, sigue resultando difícil de asimilar. Estamos ante las llamadas acusaciones sobre “safaris humanos” durante el sitio de Sarajevo: la posibilidad de que extranjeros hayan pagado para disparar contra civiles en una ciudad sitiada.

Más allá de lo que logren establecer los tribunales –y conviene subrayarlo desde el inicio: aún no hay sentencia ni pruebas concluyentes– el solo hecho de que esta hipótesis se encuentre bajo investigación judicial nos obliga a preguntarnos: ¿qué clase de mundo permite siquiera imaginar algo así?

El asedio de Sarajevo, entre 1992 y 1996, fue uno de los episodios más brutales de las guerras de los Balcanes. Cerca de once mil civiles murieron bajo bombardeos y disparos de francotiradores, entre ellos alrededor de 1 600 niños. La ciudad vivió cercada, convertida en un espacio donde la vida cotidiana podía interrumpirse en cualquier momento por una bala disparada desde las colinas.

Ese contexto ya era en sí mismo una ruptura del orden moral y jurídico europeo de finales del siglo XX. Sin embargo, las nuevas investigaciones apuntan a un nivel adicional de perturbación: la posibilidad de que la violencia no solo haya sido un instrumento de guerra, sino también un espectáculo en el que algunos habrían tomado parte.

De confirmarse, ya no estaríamos hablando solo de combatientes. Estaríamos hablando de personas que habrían viajado a una zona de guerra no para luchar por una causa, sino para participar en una forma de cacería humana. El concepto resulta tan extremo que se resiste a encajar incluso dentro de la lógica de la crueldad bélica.

Como observó la filósofa alemana Hannah Arendt, tras estudiar los crímenes del nazismo, algunas de las peores atrocidades de la historia no fueron cometidas por monstruos excepcionales, sino por personas capaces de ignorar el sufrimiento de los demás. La capacidad de reducir al otro a una categoría –enemigo, objetivo, daño colateral– es, quizá, uno de los mecanismos más persistentes de la violencia humana.

Si algo alarma de estas acusaciones no es solo la brutalidad del acto, sino su aparente ausencia de justificación ideológica clara. No se trata únicamente de guerra, propaganda o venganza. Hablaríamos de algo más difícil de nombrar: la conversión del sufrimiento ajeno en entretenimiento.

En la era digital, esa pregunta adquiere una resonancia adicional. Vivimos rodeados de imágenes de violencia mediadas por pantallas, de conflictos transmitidos en tiempo real, de tragedias consumadas a una velocidad que rara vez deja espacio para la reflexión, de simulaciones digitales donde la violencia ocurre sin contacto alguno con sus consecuencias reales. Sin equiparar realidades incomparables, el riesgo de la deshumanización a distancia no es un problema del pasado.

Tal vez lo más inquietante no sea solo la posibilidad de que estos hechos hayan ocurrido, sino la fragilidad de las barreras que creemos sólidas entre civilización y barbarie. Europa, que se piensa a sí misma como el espacio histórico del “nunca más”, vuelve aquí a enfrentarse a una zona gris donde la guerra no solo destruye cuerpos, sino también las certezas sobre lo que una sociedad es capaz de tolerar, ignorar o incluso permitir en sus márgenes más oscuros.

Por eso esta investigación, más allá de su desenlace judicial, funciona como un espejo en el cual no quisiéramos mirarnos: no solo interpela a los responsables de aquella guerra, sino también a la forma en que las sociedades modernas procesan –y a veces absorben– la violencia.

Treinta años después de Sarajevo, los europeos no solo buscan esclarecer los hechos. Buscan, quizá sin admitirlo del todo, una respuesta más compleja: cómo fue posible que, en medio de su propio continente, la vida de un ser humano pudiera haberse reducido a un blanco móvil.

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