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“El Superpeso”

por El Consejero
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"El Superpeso"

Los mercados financieros vuelven a captar la atención de analistas y ciudadanos por igual: el tipo de cambio ronda los 16.96 pesos por dólar, un nivel de fortaleza que no se observaba de forma tan sólida desde mediados de 2024. Lejos de ceder ante las presiones globales, la divisa nacional mantiene una postura firme frente a un billete verde debilitado y a las expectativas sobre los movimientos de la Reserva Federal.

Este comportamiento del “superpeso” reabre un debate ineludible en la agenda económica: ¿estamos ante el reflejo de una economía inquebrantable o frente a un espejismo cambiario que castiga silenciosamente a sectores clave del país?

Como toda intervención profunda del mercado cambiario, este fenómeno reparte beneficios y perjuicios de forma asimétrica entre los diferentes actores de la economía.

Del lado de los efectos positivos, el consumidor mexicano encuentra un respiro importante frente a la inflación. Un tipo de cambio bajo abarata la importación de energéticos, bienes tecnológicos y materias primas. Asimismo, las finanzas públicas ven un alivio contable al momento de amortizar la deuda externa denominada en dólares.

Por el contrario, los efectos negativos golpean con fuerza a los motores tradicionales que dependen del ingreso en moneda extranjera. Las industrias exportadoras ven mermada su competitividad, ya que sus mercancías se encarecen de forma artificial para los compradores internacionales. Paralelamente, los hogares que dependen de las remesas familiares perciben un menor poder de compra en pesos por cada dólar enviado desde el extranjero, un impacto sensible para las comunidades que dependen de esta fuente de ingresos.

La cotización actual en torno a las 16.96 unidades por dólar demuestra la impresionante capacidad de resistencia de la moneda mexicana, pero de ningún modo debe interpretarse como un certificado de inmunidad económica. Celebrar un tipo de cambio bajo sin atender los rezagos en productividad y competitividad exportadora es apostar a medias. El verdadero reto para el país sigue siendo traducir esta fortaleza financiera de papel en una infraestructura sólida que impulse el crecimiento interno a largo plazo.

La carta a los Reyes de la Suprema Corte

El pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en sesión privada del 6 de agosto pasado, aprobó por mayoría incluir en el anteproyecto de presupuesto de 2027 una partida para seguros de gastos médicos mayores para mandos medios y superiores, sin incluir a las ministras y ministros. Tres de los togados votaron en contra: Hugo Aguilar, Lenia Batres e Irving Espinosa.

Al ser abordada al respecto, la presidenta Claudia Sheinbaum expresó su molestia por el regreso a los privilegios, recordó que los empleados de la Suprema Corte se pueden atender en el ISSSTE, y hasta ironizó de que el edificio sede de la SCJN esté embrujado.

Junto con otras, la prestación de los seguros de gastos médicos mayores para mandos medios y superiores del gobierno federal desapareció en la administración de López Obrador, pero se mantuvo en el Poder Judicial hasta consumados los cambios de la reforma. Sin embargo, cabe aclarar que la propuesta no es un capricho burgués de los ministros, sino que responde a los derechos adquiridos del personal, de acuerdo al artículo Décimo Transitorio de la reforma judicial.

La partida propuesta para los seguros médicos se estima en 146 millones de pesos para alrededor de 300 empleados. Se trata de una carta a los Reyes Magos que está sujeta a disponibilidad presupuestal, a la revisión del Órgano de Administración Judicial (OAJ) y, finalmente, a la aprobación de la Cámara de Diputados donde, seguramente, será rechazada, si no es que desde antes se determina la insuficiencia presupuestal.

Y así, los seis ministros que votaron a favor, podrán argumentar que no quedó por ellos el respeto a la Ley, y los tres que lo hicieron en contra -quienes probablemente lo hicieron sabiendo que serían minoría-, alegarán su congruencia con la austeridad republicana. Tanto unos como otros sabían que todo quedará como intención y no habrá seguros de gastos médicos mayores para nadie.

El reto no es solo tener derechos laborales, sino saber ejercerlos

México está entrando en una nueva etapa de su historia laboral, pero hay una paradoja que no debería pasar desapercibida: mientras el país amplía derechos, buena parte de los trabajadores todavía no conoce con claridad aquello que la ley les garantiza. A 95 años de la primera Ley Federal del Trabajo, el “Termómetro Laboral” de OCC revela que 60% identifica únicamente lo básico de sus derechos y apenas 24% afirma tener un conocimiento amplio y mantenerse actualizado, dato que no habla solo de una carencia de información, habla de una asignatura pendiente en la relación entre trabajadores, empresas y Estado.

La coyuntura hace que esta brecha sea especialmente relevante. México acaba de establecer constitucionalmente la reducción gradual de la jornada laboral: 46 horas en 2027, 44 en 2028, 42 en 2029 y 40 en 2030, sin reducción de salarios ni prestaciones. El cambio obligará a las empresas a reorganizar procesos, tiempos y cargas de trabajo, pero también exigirá trabajadores capaces de entender qué cambia y qué no. De poco sirve una transformación legal de gran calado si termina convertida en rumores, interpretaciones o información fragmentada en redes sociales.

Y aquí aparece otro dato revelador: 73% de los trabajadores dice informarse sobre sus derechos mediante internet y redes sociales, mientras apenas 15% recurre a Recursos Humanos. El problema no es que busquen información en canales digitales, es que una relación laboral cada vez más compleja no puede depender del algoritmo. En un mercado laboral que incorpora nuevas reglas, la comunicación laboral debería convertirse en una responsabilidad estratégica de las empresas.

El reto será pasar de una cultura de “tener derechos” a una de conocerlos, ejercerlos y respetarlos. Para las empresas significa dejar de ver la comunicación de derechos como un trámite de Recursos Humanos y asumirla como parte de la gestión del talento y de la certeza jurídica.

Para los trabajadores significa entender que conocer la ley también es una herramienta de negociación, protección y desarrollo profesional. Si México quiere que su llamada transformación laboral tenga efectos reales, el siguiente paso es lograr que la gente entienda lo que esas leyes significan en su vida.

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