Al cierre del junio, el saldo de los terremotos de Venezuela es de 2,595 muertos, 12,400 heridos y 6,462 personas rescatadas.
Se estiman 50 mil desaparecidos. Todavía no hay una cifra confiable de las construcciones afectadas: el gobierno refiere 189 colapsadas y 666 con daños; la oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) calcula más de 9 mil edificios afectados, entre destruidos y algunos con daños; mientras la NASA, con base en una evaluación rápida satelital, cifra en 58 mil 870 los edificios dañados o destruidos.
Todavía este jueves, fue rescatado con vida un guardia de seguridad en la ciudad de Catia La Mar, en el estado de La Guaira, la zona cero del desastre, pero las esperanzas de encontrar sobrevivientes son cada vez menos.
Para quienes lo vivimos, las noticias que llegan del país sudamericano, nos remiten inevitablemente al México de septiembre de 1985, no solo por los edificios colapsados, como si viéramos el edificio Nuevo León de Tlatelolco derrumbado decenas de veces, sino también por la gente moviendo escombros con pala, pico y sus manos; el descontento por el gobierno, como aquellos días en que el presidente Miguel de la Madrid era recibido con abucheos y reclamos.
Es así como venezolanos en el interior y en el exterior, compartiendo la tragedia y la desesperación, no ocultan su molestia contra las autoridades ausentes, rebasadas o que obstaculiza la actuación de la sociedad civil, acaparando la ayuda y, para más, como la continuación de un régimen dictatorial sin Nicolás Maduro.
No en balde, aprovechando las condiciones, la semana pasada María Corina Machado intentó volar de Estados Unidos a Curazao y de ahí regresar a Venezuela… todo quedó en intento, porque la aeronave regresó a Washington, por instrucciones del gobierno de Trump.
Para más paralelismos con el 85 en México, la pésima reacción del gobierno ante los sismos de ese año, es considerado otro de los factores que influyeron en los resultados adversos al partido oficial en los comicios de 1988, el año del fraude electoral.
La comunidad internacional de ingeniería estructural e ingeniería sísmica se encuentra documentando el comportamiento de las edificaciones para comprender las causas de los daños y generar conocimiento que contribuya a reducir el riesgo ante futuros terremotos.
De acuerdo a análisis preliminares del Colegio de Ingenieros Civiles de México y la Sociedad Mexicana de Ingeniería Sísmica (SMIS), la secuencia sísmica de dos terremotos de gran magnitud ocurridos con apenas 39 segundos de diferencia, fue una condición poco frecuente que sometió a numerosas edificaciones a una doble demanda sísmica prácticamente consecutiva, incrementando la complejidad de los daños.
Venezuela cuenta con normas de construcción en materia de sismos desde 1967, y su más reciente actualización es de 2019. Sin embargo, entre los edificios afectados están los construidos antes de su vigencia, así como edificios recientes que no cumplieron con ésta, evidente corrupción.
Hay testimonios de rescatistas que han encontrado edificios construidos con materiales deficientes, incluso con vigas rompibles con las manos, paredes de poliestireno y sin ladrillos en edificios de vivienda de interés social de la época de Hugo Chávez.
Si al chavismo no lo quitó Trump por conveniencia, veremos si son los terremotos los que lo tiren por su ineptitud y corrupción.
Los vendedores de influencia
La diplomacia dejó hace tiempo de ser patrimonio exclusivo de las cancillerías. Desde hace años comparte espacio con un ecosistema de consultores, despachos de cabildeo y operadores políticos que venden experiencia, contactos e influencia a gobiernos, empresas y organizaciones que buscan abrir puertas en otros países.
Arabia Saudita, Qatar, Ucrania y, más recientemente, varios gobiernos latinoamericanos han recurrido a ellos. No es un fenómeno nuevo; lo interesante es la creciente naturalidad con que esas contrataciones forman parte de la estrategia política.
La reciente decisión del gobierno de San Luis Potosí de contratar al consultor político Roger Stone, uno de los estrategas políticos más cercanos a Donald Trump, vuelve a poner esa realidad bajo los reflectores. Más allá de las opiniones que despierta este personaje, el caso plantea una pregunta de mayor alcance: ¿qué significa que un gobierno busque fortalecer su interlocución con otro país mediante un operador político privado y no únicamente a través de los canales diplomáticos tradicionales?
En Washington opera desde hace décadas un poderoso mercado de cabildeo integrado por firmas legales, consultoras, exlegisladores, exfuncionarios y estrategas políticos que representan intereses de gobiernos extranjeros, empresas y organizaciones.
Su actividad está regulada por la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA), precisamente porque se reconoce que estos actores forman parte del ecosistema político estadounidense.
La diferencia, sin embargo, es importante. Un embajador representa oficialmente a un Estado y responde ante instituciones. Un operador privado responde, ante todo, al contrato que firma con su cliente. Su principal activo no es un cargo público, sino su capacidad para acceder a quienes toman decisiones.
No vende política exterior. Vende acceso. Vende conocimiento del sistema. Vende influencia.
No hay necesariamente nada ilegal en ello. El cabildeo puede cumplir una función legítima cuando se ejerce con transparencia y dentro del marco legal. El desafío aparece cuando las fronteras entre representación institucional, relaciones personales e intereses privados empiezan a desdibujarse. Mientras más importante se vuelve el acceso privilegiado, mayor es la percepción de que las decisiones públicas pueden depender de quién conoce a quién.
El fenómeno no es exclusivo de las grandes potencias. Conforme la política internacional se vuelve más personalizada y los vínculos directos con los líderes adquieren mayor peso, aumenta el incentivo para contratar a quienes conocen los pasillos del poder. En los últimos años, países de América Latina también han incrementado su presencia en las firmas de Washington para gestionar temas comerciales, migratorios, de seguridad o de inversión.
Por esa razón estamos viendo consolidarse una figura cada vez más relevante: la del operador internacional. No representa oficialmente a ningún país, no porta credenciales diplomáticas ni participa en ceremonias protocolarias. Su verdadero activo son sus contactos, su experiencia y la confianza que inspira entre quienes concentran el poder.
Habrá quien sostenga que son una herramienta más de la política internacional; sin embargo, cabría preguntarnos hasta dónde una democracia puede delegar parte de su interlocución en actores privados sin afectar la transparencia, la rendición de cuentas y la confianza pública.
La diplomacia seguirá siendo indispensable. Lo que está en discusión no es su vigencia, sino cuánto espacio debe compartir con quienes han convertido la influencia en un servicio profesional… y a qué costo.
Innovar también significa abrir la puerta a nuevas voces
Por años, la innovación en el sector inmobiliario se entendió como la construcción de mejores edificios, visión que claramente hoy resulta insuficiente, porque la verdadera transformación está en la forma en que se analiza un mercado, se entiende el territorio, se comercializan los proyectos o se utilizan la inteligencia artificial y los datos para tomar mejores decisiones.
Lo más interesante es que muchas de estas propuestas no provienen de empresas tradicionales, sino de una nueva generación de emprendedores que observa la industria con una mirada distinta y propone soluciones.
Sin embargo, las buenas ideas no cambian una industria por sí mismas. Necesitan encontrar espacios donde puedan presentarse, discutirse y enriquecerse con la experiencia de quienes tienen la capacidad de implementarlas.
Esa es una de las principales aportaciones de iniciativas como el Think Tank Inmobiliario de Liga Inmobiliaria, que funciona como un punto de encuentro entre emprendedores, desarrolladores, instituciones financieras, especialistas y líderes del sector, porque en un entorno donde la colaboración será cada vez más determinante, generar este tipo de conexiones puede ser tan valioso como desarrollar la tecnología misma.
El sector inmobiliario vive un momento de profunda transformación. La inteligencia artificial, la digitalización, el análisis de información y los nuevos modelos de negocio están modificando la forma de planear, desarrollar y comercializar proyectos.
Pero para que México aproveche esta oportunidad no basta con generar talento, también es indispensable construir un ecosistema donde ese talento tenga visibilidad, pueda hacer networking de alto nivel y encuentre interlocutores que conviertan una buena idea en una solución con impacto real.
La innovación no ocurre solo en los laboratorios o dentro de las empresas consolidadas; también sucede cuando una industria decide abrir sus puertas para escuchar nuevas voces. Ese quizá sea el mayor aprendizaje.
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