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No pasó ni una semana del discurso soberanista y la llamada de atención de la presidenta Claudia Sheinbaum al embajador estadounidense, cuando vino la respuesta: El diario Los Angeles Times reveló que se investiga por vínculos con el crimen organizado a los gobernadores de Sonora y Tamaulipas, Alfonso Durazo Montaño y Américo Villarreal Anaya respectivamente, a quienes se habrían revocado las visas, pero que continúan ingresando a territorio estadounidense gracias a que cuentan con un permiso especial para quienes colaboran o participan como testigos en investigaciones.
En su conferencia mañanera, fue evidente que la noticia no tomó por sorpresa a la presidenta, quien al parecer solo esperaba cuándo y dónde saldría la noticia. Sheinbaum señaló que serán ellos los que tengan que aclarar, que hay que estar tranquilos cuando se actúa con convicciones y actuando por el bien del pueblo, arremetió contra las filtraciones con las que actúan “algunos sectores” y reiteró que no va a detener a nadie sin pruebas.
Para los gobiernos de Sonora y Tamaulipas no había de otra que negar, no solo por reputación, sino por mantener el sigilo de la figura de testigo colaborador o protegido que en su caso podrían tener sus jefes, ni siquiera sudando agua bendita como Durazo. Desafortunadamente para los aludidos y para el gobierno federal, resultan insuficientes los desmentidos posteados por los titulares estatales de comunicación social, así como las denuncias de injerencismo y las peticiones de pruebas de la presidenta, no solo por una nota del diario angelino, sino todo el contexto detrás.
Primero, porque tanto Durazo Montaño como Villarreal Anaya habían sido mencionados con anterioridad como parte de una lista de narcopolíticos investigados por Estados Unidos. Segundo, porque la lista se formalizó con el gobernador Rubén Rocha Moya y el senador Enrique Inzunza, más los otros ocho funcionarios y políticos sinaloenses, integrantes de gobiernos estatal y municipal indefendibles.
Tercero, porque la acusación contra Rocha se sustenta en el apoyo que recibió del narcotráfico en las elecciones de 2021, donde Américo Villarreal fue delegado especial de Morena en Sinaloa. Cuarto, con Morena por favorito, Sonora elige gobernador en 2027, mientras Tamaulipas en 2028; la noticia puede impactar en el proceso, o no, como en el caso de Baja California, donde a pesar del retiro de la visa de la gobernadora Marina del Pilar Ávila y lo que trascendió de su exesposo, Morena sigue encabezando las preferencias. Quinto, solo como antecedente, como que a Alfonso Durazo no le causa problemas de conciencia escupir para arriba, como cuando renunció a la secretaría particular de Vicente Fox.
Sin embargo, la variante de dos políticos en funciones colaborando al mismo tiempo con autoridades estadounidenses, abre un escenario donde dos gobernadores morenistas son partícipes del injerencismo extranjero por conveniencia no por convicción; se desconoce el alcance de la información que estén aportando, pero no ha de estar acotado solo a su terruño; y ambos mandatarios quedan como ejemplo para otros que prefieran una ruta más tersa que la que tienen Rocha e Inzunza.
Por lo pronto, podría presumirse que la lista se está palomeando públicamente, y solo falta ver cuándo, quiénes son los siguientes, si les alcanzó la información con la que cuentan para ofrecer primicias, apuntar a otros y comenzar el desmoronamiento de Morena; si no hay margen de negociar por tratarse de objetivos como Rocha e Inzunza, o, como dice la presidenta, estar tranquilos, que basta con las convicciones y el actuar por el bien del pueblo.
Entre la prisa mundialista y el pulso social
Haber sido sede de eventos mundiales en repetidas ocasiones hace inevitable la comparación. Ese es el caso de la Ciudad de México y el momento por el que atraviesa.
La atmósfera que se respira en las calles de la capital no es de fiesta unánime, sino de una tensa incertidumbre. A pocos días del pitazo inicial, la urbe se debate entre la espectacularidad del mayor evento global y una cruda realidad local marcada por la improvisación de última hora y el descontento social. México no solo juega en la cancha; se juega su reputación internacional en el terreno de la logística y la gobernabilidad.
Los arreglos y preparativos urbanos se han ejecutado a marchas forzadas y con una alarmante falta de antelación. Lo que debió ser una planificación meticulosa de años para recibir a cientos de miles de visitantes internacionales se convirtió en un sprint caótico de meses y semanas.
Obras públicas inconclusas, parches de asfalto de última hora, remodelaciones exprés en los sistemas de transporte y una estética urbana que, por momentos, delata la urgencia del “ahí se va”. La infraestructura de una de las megaciudades más complejas del mundo está siendo sometida a una prueba de estrés para la que apenas aprobó el examen de admisión.
Abrir las puertas de la casa al mundo entero implica garantizar que los cimientos funcionen, no solo que la fachada luzca pintada. La prisa suele ser mala consejera, y en el urbanismo, suele ser sinónimo de sobrecostos y deficiencias estructurales a mediano plazo.
A este escenario de presiones logísticas se le ha sumado el ingrediente más inflamable de la política mexicana: la movilización social. Diversos sindicatos y gremios de la capital han visto en el Mundial de Fútbol el escaparate perfecto, y el momento de máxima vulnerabilidad del gobierno, para presionar por sus demandas históricas.
Las amenazas de bloqueos, paros en el transporte y manifestaciones masivas que buscan asfixiar los accesos a los recintos deportivos no son un simple amago; son un pulso político de alta intensidad. Los sindicatos saben que el gobierno no puede permitirse el lujo de un boicot o de imágenes de caos vial transmitidas en vivo para millones de espectadores.
Este uso de la coyuntura mundialista como palanca de negociación es una jugada audaz, pero camina sobre un delgado hilo. Si bien las demandas laborales y sociales pueden ser legítimas, la estrategia de tomar como “rehén” un evento de esta magnitud arriesga el respaldo de una ciudadanía que ya está exhausta del tráfico, las obras y la polarización diaria.
La Ciudad de México tiene una resiliencia probada; ha salido avante de terremotos, crisis y desafíos monumentales. Es muy probable que, mediante negociaciones de último minuto (y costosas concesiones políticas), las aguas sindicales se calmen temporalmente y el balón ruede sin contratiempos catastróficos. El ingenio mexicano y la calidez de su gente suelen maquillar las grietas del sistema.
Sin embargo, el verdadero debate editorial debe ir más allá del resultado de los partidos o de si la inauguración sale impecable en televisión. La gran lección de este proceso es la urgente necesidad de desterrar la cultura de la improvisación en la gestión pública.
Un evento de esta envergadura no debería ser un dolor de cabeza crónico ni un detonador de chantajes políticos, sino una oportunidad planificada de desarrollo urbano, mejora tecnológica y cohesión social. Cuando la fiesta termine, los turistas se vayan y las luces del estadio se apaguen, la infraestructura apresurada y los acuerdos políticos tras bambalinas se quedarán aquí. Seremos los capitalinos quienes viviremos con las consecuencias de lo que se construyó a las carreras y de lo que se pactó bajo presión.
Globalistas vs soberanistas: el falso dilema
Durante décadas nos vendieron la idea de que la globalización era un modelo que había llegado para quedarse. La caída del Muro de Berlín, la expansión del comercio internacional, el surgimiento de organismos multilaterales cada vez más influyentes, la integración de economías como la China al mercado global, alimentaron la percepción de que las fronteras irían perdiendo relevancia de manera gradual. Se hablaba de un mundo cada vez más conectado, más interdependiente y, en teoría, más próspero.
Al final, la realidad terminó siendo más compleja. Aunque la globalización generó enormes beneficios económicos, también produjo nuevas dependencias, desequilibrios regionales y una creciente sensación de pérdida de control en numerosos países. Poco a poco comenzó a surgir una nueva división política que hoy atraviesa gobiernos, partidos, empresas y sociedades enteras, dando lugar a una confrontación entre globalistas y soberanistas.
Los globalistas defienden que los principales desafíos de este siglo trascienden las fronteras nacionales: el comercio internacional, las cadenas de suministro, la inteligencia artificial, la migración, el cambio climático, las pandemias y la seguridad energética son fenómenos que ningún país puede resolver por sí solo; desde esta perspectiva, la cooperación internacional, los acuerdos multilaterales y la integración económica no son una opción ideológica, sino una necesidad práctica.
Los soberanistas observan el mismo fenómeno desde otro ángulo. Argumentan que los Estados han transferido demasiadas facultades a organismos internacionales, mercados globales y actores privados transnacionales. Consideran que la apertura irrestricta debilitó industrias nacionales, generó vulnerabilidades estratégicas y redujo las capacidades de los gobiernos para responder a necesidades propias de sus ciudadanos. Para ellos recuperar márgenes de decisión nacional es una condición indispensable para preservar la estabilidad política y económica.
Lo interesante es que esta nueva división no coincide necesariamente con las categorías tradicionales de izquierda y derecha. Donald Trump representa una versión claramente soberanista desde la derecha estadounidense. Pero también hay corrientes de izquierda que critican la globalización por considerar que beneficia de manera desproporcionada a las grandes corporaciones y capital financiero. Del mismo modo, entre los defensores de la integración global pueden encontrarse tanto gobiernos conservadores como progresistas.
Los acontecimientos recientes aceleraron esa tendencia. La pandemia reveló los riesgos de depender de cadenas de suministro excesivamente dispersas. La guerra de Ucrania mostró las consecuencias de la dependencia energética. Las tensiones entre Estados Unidos y China dejaron en claro que la tecnología también puede convertirse en un instrumento de competencia geopolítica. En todos los casos apareció la misma preocupación: la eficiencia económica no siempre garantiza seguridad estratégica.
De esta manera cobraron fuerza conceptos como nearshoring, friendshoring, relocalización industrial y autonomía estratégica. Todos buscan resolver el mismo dilema: cómo aprovechar los beneficios de la economía global sin quedar completamente expuestos a sus riesgos.
México ocupa una posición particularmente interesante dentro de este debate. Tiene 14 tratados de libre comercio con 52 países y, al mismo tiempo, mantiene discusiones cada vez más intensas sobre soberanía energética, infraestructura estratégica, abastecimiento de agua y seguridad alimentaria.
Por un lado, su economía depende profundamente de las exportaciones, la inversión extranjera y la integración productiva con América del Norte. Buena parte del crecimiento industrial de las últimas décadas sería imposible de explicar sin la estrecha relación económica con Estados Unidos.
La aparente contradicción entre globalización y soberanía puede ser, en realidad, un falso dilema. Ninguna economía moderna puede aspirar a la autosuficiencia absoluta. Pero tampoco parece prudente depender por completo de decisiones tomadas fuera de sus fronteras. Los países que mejor se adapten al nuevo entorno probablemente no serán los que elijan alguno de los extremos, sino aquellos capaces de encontrar un equilibrio entre apertura y autonomía.
La nueva división política del siglo XXI no enfrenta necesariamente a globalistas y soberanistas como enemigos irreconciliables. Más bien refleja la búsqueda de un nuevo equilibrio entre dos necesidades igualmente legítimas: participar en un mundo cada vez más interconectado y, al mismo tiempo, conservar la capacidad de decidir su propio destino.
El Mundial como acelerador laboral
Cuando se habla de la Copa del Mundo, la conversación suele centrarse en estadios, turismo y derrama económica. Sin embargo, hay un indicador que pocas veces aparece en los reflectores y que quizá sea uno de los más relevantes para medir el impacto real de un evento de esta magnitud: el empleo.
Los datos de OCC, la bolsa de trabajo en línea líder en México, muestran que, incluso antes del silbatazo inicial, el Mundial 2026 ya está transformando el mercado laboral mexicano. El crecimiento de 114% en vacantes de obra, 96% en oficios y 53% en turismo refleja que la economía comienza a moverse mucho antes de que lleguen los aficionados. Detrás de cada visitante hay una cadena de valor que requiere infraestructura, logística, movilidad, seguridad, servicios y talento especializado.
Lo interesante es que el fenómeno trasciende la generación de empleos temporales. Lo que hoy observamos es una aceleración de inversiones y proyectos que encuentran en el Mundial un catalizador. La demanda de perfiles vinculados con desarrollo sustentable, ingeniería, logística y gestión de flotas evidencia que el reto no es solo recibir turistas durante unas semanas, sino fortalecer capacidades productivas que permanecerán después del torneo. En otras palabras, el Mundial funciona como una especie de prueba de estrés para la competitividad laboral del país: obliga a empresas, gobiernos y trabajadores a responder en tiempo récord a una demanda extraordinaria.
También es revelador que la presión de contratación se concentre en Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León, pero que los beneficios potenciales alcancen a entidades como Quintana Roo, Yucatán, Guerrero o Baja California, confirmando que los grandes eventos internacionales generan efectos multiplicadores que reconfiguran cadenas de suministro, rutas logísticas y flujos turísticos más allá de las ciudades sede. El Mundial no solo moverá aficionados entre estadios; moverá trabajadores, proveedores, inversiones y oportunidades de negocio en prácticamente todo el país.
La buena noticia es que México parece llegar preparado, porque según OCC, existe una amplia reserva de talento en sectores clave como soporte, comercio, logística, entretenimiento, alimentos y bebidas, además de una creciente disponibilidad de profesionales con dominio del inglés. El verdadero reto será convertir esta demanda coyuntural en una oportunidad de largo plazo. Porque el legado más importante del Mundial estará en la capacidad de aprovechar esta ventana para elevar la productividad, fortalecer sectores estratégicos y demostrar que el país puede competir como generador de talento para una economía cada vez más global.
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