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Trump y el desgaste del poder

por El Consejero
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Trump y el desgaste del poder

Año y medio después de haber regresado a la Casa Blanca, Donald Trump comienza a enfrentar el desgaste natural del poder. Las encuestas más recientes muestran una caída sostenida de su aprobación que ronda el 35%, mientras el rechazo supera ampliamente el 55%.

No se trata de un desplome repentino. Es el costo político de gobernar en un contexto económico incierto, con una política exterior más compleja y un electorado independiente que empieza a tomar distancia.

Las razones son diversas. La economía, que fue uno de los pilares de su campaña, ha dejado de ofrecer el impulso esperado. La incertidumbre derivada de la política arancelaria, el menor dinamismo económico y la persistencia de presiones inflacionarias han reducido el optimismo de los consumidores.

A ello se suma el conflicto con Irán que no produjo el tradicional efecto de respaldo al presidente en tiempos de crisis. Por el contrario, una parte importante de los estadounidenses cuestiona la conveniencia de involucrarse nuevamente en un conflicto de larga duración en Medio Oriente.

Incluso la política migratoria, que sigue siendo el tema más fuerte de Trump comienza a mostrar señales de desgaste entre los votantes independientes, quienes consideran que algunas medidas han ido demasiado lejos.

Sin embargo, sería un error interpretar estas cifras como un colapso del trumpismo. El presidente mantiene un respaldo del 90% entre los votantes republicanos, lo que confirma que continúa siendo el líder indiscutible de su partido.

El problema no está en su base electoral, sino en el electorado independiente, que históricamente define las elecciones en estados clave como Pensilvania, Michigan, Wisconsin, Arizona, Nevada o Georgia. Son esos votantes moderados quienes parecen estar tomando distancia de la Casa Blanca y quienes podrían decidir el resultado de las elecciones legislativas de noviembre.

La historia ofrece cifras contundentes. Desde la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los presidentes estadounidenses que llegaron a las elecciones intermedias con niveles de aprobación inferiores al 45% terminaron perdiendo escaños en el Congreso.

En muchos casos, esa derrota significó el inicio de una presidencia más acotada, obligada a negociar cada presupuesto, enfrentar investigaciones legislativas y recurrir con mayor frecuencia a órdenes ejecutivas para mantener viva su agenda. Las elecciones de noviembre no pondrán en juego la permanencia de Trump en la Casa Blanca, pero sí podrían definir cuánto poder real conservará durante la recta final de su mandato.

Para México, el escenario merece una lectura distinta a la habitual. Durante años se asumió que un presidente estadounidense fuerte ofrecía mayor certidumbre en la relación bilateral. Hoy podría ocurrir lo contrario. Un Trump respaldado por un Congreso afín podría tener mayor capacidad para endurecer su política comercial, aumentar la presión migratoria, impulsar nuevos aranceles, insistir en gravámenes a las remesas o elevar las exigencias en materia de seguridad durante la revisión del T-MEC.

En cambio, un presidente políticamente debilitado tendría menos margen para convertir esas propuestas en legislación y estaría obligado a concentrar buena parte de su capital político en los asuntos internos de Estados Unidos.

Eso no significa que la relación bilateral se torne más sencilla. Trump probablemente mantendrá el mismo discurso hacia México, porque forma parte de su identidad política y de la narrativa que conecta con su base electoral.

Lo que podría cambiar es su capacidad para traducir ese discurso en decisiones concretas. En política, la diferencia entre tener mayoría y no tenerla suele ser la diferencia entre anunciar una medida y conseguir que realmente entre en vigor.

Queda poco tiempo. Las próximas semanas serán decisivas. Si la economía mejora o el electorado vuelve a cerrar filas en torno al presidente, lo que ya se ve difícil, las encuestas podrían estabilizarse. Pero si el desgaste continúa y los independientes mantienen su distanciamiento, noviembre podría convertirse en el punto de inflexión en la segunda presidencia de Donald Trump.

Para México, la incógnita ya no es quién gobierna Washington, sino con cuánto poder lo hace. Esa diferencia puede definir el tono de la relación bilateral durante los próximos dos años.

Gianni Infantino, el cáncer de la FIFA

Hay imperios que parecen construidos sobre roca firme hasta que el primer soplo de soberbia revela que sus cimientos no eran más que arena movediza. La presidencia de Gianni Infantino al frente de la FIFA se encuentra hoy en ese punto de quiebre. Lo que hace apenas unas semanas se celebraba desde la cúpula de Zúrich como una era de expansión inagotable y multimillonaria, hoy tambalea bajo el peso de un desgaste institucional sin precedentes, una ruptura total con la UEFA y un cúmulo de sombras judiciales y políticas que convierten su salida anticipada no solo en una opción deseable, sino en una urgencia para la salud del fútbol mundial.

La relación entre la FIFA y la UEFA nunca ha sido tersa, pero hoy, ha colapsado de manera definitiva. El intento desesperado y unilateral de Infantino por sacar adelante el proyecto FIFA Forward Enterprise (FFE), buscando privatizar y vender un porcentaje de los activos comerciales y del alma del Mundial a fondos de inversión privados vinculados al círculo de la Casa Blanca, fue la crónica de una extralimitación anunciada.

La respuesta unánime del fútbol europeo, secundada por confederaciones como Concacaf y Asia, y respaldada por la propia Unión Europea, demostró que el mandamás de la FIFA olvidó una regla sagrada: el deporte más popular del planeta no es un botín corporativo ni una empresa emergente sujeta a caprichos de despacho.

Pero el verdadero problema de Infantino va mucho más allá de este estrepitoso traspié financiero. Las acusaciones y frentes abiertos en su contra se multiplican con la velocidad de una crisis sistémica.

Por un lado, las investigaciones en el Congreso de Estados Unidos sobre sus tejemanejes políticos, prebendas y cercanía con la administración Trump, ejemplificadas en polémicas intervenciones disciplinarias y cruces de favores rozan peligrosamente los límites de la opacidad y el tráfico de influencias.

Por el otro, el fantasma de los viejos vicios institucionales que prometió erradicar sigue más vivo que nunca; las denuncias legales presentadas en su contra por actores históricos del balompié evidencian que el manual de la manipulación y la persecución política sigue operativo en los pasillos de Zúrich.

Infantino llegó al poder bajo la promesa de limpiar los oscuros sótanos que heredó de la caída de Sepp Blatter. Ironías del destino, su gestión ha replicado, e incluso refinado, los peores vicios de aquella época: concentración absoluta del poder, desprecio por los mecanismos de gobernanza transparente y una mercantilización obsesiva que sacrifica la esencia del juego en el altar del dinero fácil.

El fútbol global no puede permitirse un líder acorralado por escrutinios legislativos internacionales, enfrentado abiertamente con el continente que sostiene la mayor parte de la industria económica del deporte y desgastado por la pérdida de confianza de sus propias bases. Por el bien del juego, de las selecciones, de los clubes y, sobre todo, de los millones de aficionados que todavía llenan las gradas por amor a la pelota y no por especulación financiera, ha llegado la hora de que Gianni Infantino abandone la FIFA.

El futuro de la ingeniería ya está aquí

Una de las profesiones donde mayor evolución ha habido es en la ingeniería civil. Hoy en día, por ejemplo, la única referencia que tienen los estudiantes de la Facultad de Ingeniería de la UNAM de una regla de cálculo, es la imagen de una a gran escala que está en una de sus aulas. Han pasado generaciones de ingenieros que no la utilizan, no saben cómo funciona y ni necesitan saberlo.

Pero la tecnología aplicada a la ingeniería va más allá del uso de una calculadora científica o de trazar planos en computadora. En la actualidad se pueden generar gemelos digitales de la obra ya terminada, que permiten conocer su desempeño, dónde y cuándo requiere mantenimiento; se pueden administrar y planear proyectos en programas especializados para ello, y con ayuda de la Inteligencia Artificial.

Además de los avances tecnológicos, la ingeniería civil ha evolucionado también en lo social: cada vez hay más ingenieras, lo cual ha ampliado la perspectiva de género en una carrera que hasta hace unas décadas era prácticamente en su totalidad masculina. Asimismo, las nuevas generaciones ven como parte integral de los proyectos que cumplan con ser sustentables, resilientes y consideren las necesidades y opinión de las comunidades.

Todas estas transiciones las han visto y asimilado en el Colegio de Ingenieros Civiles de México, el cual integra a académicos, especialistas y profesionistas expertos, y que busca compartir conocimiento y experiencias con las y los jóvenes ingenieros, en un intercambio de ideas y experiencias que enriquece a toda la comunidad. Es por ello que el Colegio cuenta con su Club de Estudiantes, el cual coordina Aislin Alexia Franco Portillo, alumna de ingeniería de la UNAM, donde participan estudiantes de ingeniería civil de la Ciudad de México y de la zona metropolitana, y que este lunes les tocó presentar propuestas sobre las centrales hidroeléctricas, en un nutrido desayuno al que asistieron estudiantes, ingenieros jóvenes y veteranos, en un interesante intercambio de ideas.

 “La ingeniería civil no se aprende únicamente en las aulas, se fortalece cuando nos involucramos, participamos en proyectos, realizamos preguntas, intercambiamos ideas y cuando construimos redes con otros estudiantes y con profesionales que ya están transformando a nuestro país”, aseveró Aislin Franco. Y qué mejor espacio para ello que la oportunidad de participar en el Colegio de Ingenieros Civiles de México.

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