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Estela Hussong: cuando el arte también conserva la memoria de una tierra

por Francisco Suárez Hernández
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Estela Hussong: cuando el arte también conserva la memoria de una tierra

Por: Dr. Francisco Suárez Hernández. Director de Asuntos Públicos y Relaciones Estratégicas FEMSA. Ex Presidente del Consejo del World Environment Center.

Correo electrónico: francisco.suarezh@gmail.com

Hay personas que no solamente pintan cuadros. Pintan la memoria de un territorio.

Hay artistas cuya obra trasciende los museos porque logra capturar aquello que muchas veces no sabemos expresar con palabras: el olor del mar, la fuerza del viento, la textura de una piedra, el silencio de un paisaje o la identidad profunda de una comunidad.

Ese es el caso de Estela Hussong, una de las artistas plásticas más importantes que ha dado Baja California y México, una mujer cuya obra se ha convertido en un extraordinario testimonio visual de Ensenada, de su naturaleza, de su patrimonio y de la relación inseparable entre las personas y el paisaje.

(Estela Hussong con una de sus obras más reciente)

Para mí fue un enorme gusto, pero sobre todo un verdadero privilegio, escribir esta columna después de tener la oportunidad de conversar ampliamente con mi tía Estela.

Más que una entrevista, fue una conversación llena de recuerdos, aprendizajes y descubrimientos que me permitieron conocer mucho más a la extraordinaria mujer que existe detrás de la artista y también conocer otra faceta de la mamá de mi primo y extraordinario chef, David Castro Hussong, quien al igual que ella ha llevado el nombre de Ensenada a lo más alto gracias a su talento, disciplina y creatividad.

(David Castro Hussong, extraordinario chef Mexicano)

Madre e hijo representan dos expresiones distintas del arte.

Ella utiliza pinceles.

Él utiliza ingredientes.

Pero ambos tienen el mismo origen: el profundo amor por Baja California y por una tierra que ha sido fuente permanente de inspiración.

Lo más valioso de esta conversación fue que también se convirtió en una oportunidad para reconectar, desde otro ángulo, con una de las personas que más he admirado en mi vida: mi abuelo Ricardo Hernández Hussong.

(Mi abuelo Ricardo Hernández Hussong)

Mientras escuchaba las historias de Estela sobre la familia, inevitablemente regresaban muchos recuerdos de mi juventud.

Recordé el enorme apoyo que siempre recibí de mi abuelo cuando comenzaba como joven emprendedor.

Recordé también sus palabras durante mi etapa como tenista.

Pero, sobre todo, recordé una enseñanza que sigue vigente todos los días: encontrar siempre el lado positivo de la vida.

Ese optimismo permanente, esa manera de enfrentar cualquier circunstancia con serenidad y esperanza, es quizá uno de los mayores legados que dejó en nuestra familia.

La conversación con Estela me permitió reencontrarme también con esa filosofía de vida.

Porque detrás de cada una de sus pinturas existe precisamente esa capacidad de encontrar belleza donde otros solamente ven un paisaje cotidiano.

Una infancia que sembró una artista

Estela Hussong nació en Ensenada el 21 de octubre de 1950.

Su madre, María González, provenía de Sonora.

Su padre, Juan Hussong, nació en Ensenada y pertenecía a una familia de profundas raíces en la región.

Su infancia transcurrió en las afueras de la ciudad, prácticamente sin vecinos, rodeada por los cerros, las choyas, la vegetación semidesértica y la inmensidad del Océano Pacífico.

(Estela Hussong en el jardín de su casa rodeada de mucha vegetación y plantas nativas de la zona)
(Estela Hussung frente a su casa en Ensenada, B.C.)

Aquella aparente soledad terminó siendo uno de los mayores regalos para su imaginación.

Aprendió a jugar sola.

A inventar historias.

A observar la naturaleza.

A descubrir formas, colores y texturas que décadas después aparecerían convertidas en algunas de las obras más representativas del arte bajacaliforniano.

(Obra de Estela Hussong, acrílico sobre tela, año 2020)

Resulta fascinante escuchar cómo el encuentro con la pintura ocurrió casi por accidente.

Unos sencillos óleos para pintar por números terminaron convirtiéndose en el punto de partida de toda una vida dedicada al arte.

Aquellos ejercicios le parecieron demasiado limitados y decidió pintar sobre el reverso del cartón.

Sin saberlo, estaba comenzando una carrera artística que la llevaría a museos y colecciones internacionales.

(Exposición de Estela Hussong, en galería “La Caja”, en Tijuana, B.C)

Ese pequeño cuarto ubicado afuera de su casa, que convirtió en su primer estudio, fue el lugar donde empezó a descubrir quién era realmente.

El valor de romper paradigmas

Uno de los aspectos que más admiro de su historia es el enorme valor que tuvo para tomar decisiones en una época muy distinta a la actual.

En los años sesenta no era común que una mujer buscara desarrollar una carrera artística profesional.

Primero estudió Psicología en el ITESO de Guadalajara.

Sin embargo, entendió que su verdadera vocación estaba en el dibujo y la pintura.

Tomar la decisión de cambiar completamente de rumbo y mudarse a la Ciudad de México para ingresar a la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda” fue un acto de enorme determinación.

Fue una decisión que transformó su vida.

Allí encontró maestros que supieron orientarla sin imponer un estilo.

Encontró compañeros que hoy forman parte de la historia del arte mexicano.

Y, sobre todo, encontró la libertad para desarrollar una voz artística completamente propia.

Una frase de su maestro Javier Arévalo resume perfectamente esa etapa.

Después de observar uno de sus dibujos le dijo:

“Si sigue dibujando así, va a llegar a dibujar bien.”

Más que una crítica, fue una invitación permanente a seguir creciendo.

Pintar Baja California

Quizá el mayor mérito de Estela Hussong ha sido convertir el paisaje bajacaliforniano en un protagonista universal.

(Obra de Estela Hussong, “Flores, jaibas y pescados”, año 1986)

Su inspiración nunca ha dependido de escenarios exóticos.

Su mayor fuente creativa siempre ha estado cerca.

Las choyas.

Las pitayas.

Los encinos.

Las higueras.

Las piedras.

Los pescados.

Los muelles.

Las amapolas.

Las ruinas.

El mar.

Cada serie desarrollada durante más de cuatro décadas representa una conversación permanente con la naturaleza.

Su obra demuestra que el paisaje no solamente se contempla.

También puede narrarse.

Puede interpretarse.

Puede sentirse.

Y puede preservarse.

En una época donde hablamos constantemente sobre sostenibilidad, conservación y biodiversidad, la pintura de Estela adquiere un valor todavía mayor.

Porque el arte también conserva.

El arte documenta.

El arte protege aquello que muchas veces olvidamos valorar.

Sus cuadros nos recuerdan que proteger un territorio comienza por aprender a observarlo.

Un legado que trasciende fronteras

Los reconocimientos obtenidos a lo largo de su trayectoria hablan por sí solos.

Menciones honoríficas en importantes bienales nacionales.

El primer lugar de la Bienal Plástica de Baja California.

Y, posteriormente, la incorporación de su obra a instituciones de enorme prestigio internacional.

Que piezas creadas desde la inspiración de Ensenada formen parte de colecciones del Metropolitan Museum of Art de Nueva York y del Museo Nacional de Arte Mexicano de Chicago demuestra que las historias locales pueden convertirse en patrimonio universal.

No es únicamente un reconocimiento para una artista.

También lo es para Baja California.

Para Ensenada.

Y para toda la riqueza cultural del noroeste mexicano.

El arte también construye identidad

Con frecuencia hablamos del desarrollo económico de una región.

De inversiones.

De infraestructura.

De innovación.

Todo ello es indispensable.

Pero pocas veces reconocemos que la identidad cultural también constituye uno de los mayores activos para el desarrollo sostenible.

Las ciudades necesitan artistas tanto como necesitan ingenieros.

Necesitan científicos tanto como necesitan músicos.

Necesitan emprendedores tanto como necesitan escritores y pintores.

Porque son ellos quienes construyen la memoria colectiva.

Son quienes ayudan a que las nuevas generaciones comprendan de dónde vienen.

La obra de Estela Hussong forma parte de ese patrimonio intangible que fortalece la identidad de Baja California.

Cada pintura representa una invitación a mirar nuevamente nuestro entorno.

A detenernos.

A valorar el paisaje.

A reconocer que vivimos en una de las regiones naturales más privilegiadas de México.

(Estela Hussong y Francisco Suárez en Ensenada, B.C.)

Quiero terminar esta columna con un profundo agradecimiento.

Gracias, tía Estela

Gracias, tía Estela, por abrirme las puertas de tu casa.

Gracias por compartir conmigo tus obras, tus recuerdos y tu historia de vida.

Gracias por enseñarme que el arte también puede ser una forma de preservar la naturaleza, la identidad y la memoria de una comunidad.

Gracias por demostrar que la inspiración nace de observar con atención aquello que muchas veces damos por hecho.

Y gracias por seguir inspirando a nuevas generaciones de artistas para que continúen apostando por la pintura, por la creatividad y por la cultura como herramientas de transformación.

Estoy convencido de que el verdadero legado de un artista no se mide únicamente por las obras que deja.

También se mide por las personas que inspira.

Y en ese sentido, el legado de Estela Hussong seguirá creciendo durante muchas generaciones más.

Porque mientras exista alguien que observe el mar de Ensenada con curiosidad, que admire la belleza de una choya en flor o que encuentre poesía en los colores del paisaje bajacaliforniano, habrá una parte de Estela Hussong acompañando esa mirada.

Y ese, quizá, es el mayor reconocimiento al que puede aspirar cualquier artista.

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