Por Manuel Herrejón Suárez
_Manuel Herrejón Suárez (síguelo en X como @ManuelHerrejonS) es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE._
Estados Unidos está invirtiendo cantidades extraordinarias en inteligencia artificial, infraestructura digital y capacidad de procesamiento de datos. Una parte creciente de esa demanda está encontrando respuesta en México. Mientras Washington endurece su política comercial, las exportaciones mexicanas de equipos eléctricos y electrónicos registraron un crecimiento anual de 122.3% en agosto.
Considero que estamos frente a una transformación que merece una lectura más profunda. La economía estadounidense está incorporando a México en una nueva etapa de expansión tecnológica, incluso en medio de las tensiones arancelarias y la revisión del TMEC.
El Fondo Monetario Internacional ha identificado la demanda estadounidense de productos electrónicos como uno de los factores que favorecen el desempeño exportador mexicano. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) también reconoce que los equipos de cómputo y la maquinaria para procesamiento de datos están impulsando las ventas nacionales al exterior.
La contradicción es interesante. Estados Unidos busca reducir dependencias externas, fortalecer su industria y controlar sectores estratégicos. Sin embargo, buena parte de esa estrategia necesita proveedores, componentes y capacidad manufacturera que ya forman parte de la estructura productiva mexicana.
Desde mi óptica, Washington está distinguiendo entre dependencia comercial y capacidad productiva regional. Puede cuestionar determinadas importaciones y, simultáneamente, fortalecer cadenas de suministro que considera indispensables para su competitividad tecnológica.
México tiene ventajas concretas, como ya lo hemos comentado en reiteradas ocasiones. La proximidad geográfica reduce tiempos de entrega, la integración industrial facilita la coordinación entre fabricantes y proveedores, y la experiencia acumulada en electrónica permite responder a requerimientos de producción que difícilmente se desarrollan desde cero.
Pero, ojo, tampoco debemos confundir el crecimiento de las exportaciones tecnológicas con una transformación completa de nuestra estructura industrial.
Una parte importante de la producción depende de componentes importados. El incremento de las compras externas de bienes intermedios confirma que la expansión exportadora también necesita insumos provenientes de otros países. México participa en la fabricación y ensamble de equipos sofisticados, aunque eso no significa que capture automáticamente el valor de su diseño, propiedad intelectual o tecnología.
La siguiente etapa debería concentrarse en ampliar esa participación.
Me refiero a ingeniería, pruebas especializadas, desarrollo de proveedores, integración de sistemas y manufactura de componentes con mayor contenido tecnológico. Son actividades que requieren inversiones más complejas, personal altamente calificado y relaciones comerciales de largo plazo.
El capital tiene razones de peso para observar este proceso con atención. La expansión de infraestructura digital en Estados Unidos demanda equipos, energía, conectividad y sistemas industriales. México puede convertirse en proveedor de una parte de esa inversión, siempre que desarrolle capacidades suficientes y cumpla los estándares exigidos.
Desde mi punto de vista, también existe un riesgo que no conviene minimizar. Las cadenas tecnológicas están expuestas a restricciones comerciales, controles sobre componentes sensibles y posibles modificaciones a las reglas de origen. La revisión del TMEC puede alterar costos, requisitos de contenido regional y decisiones de inversión.
Por eso considero que el gobierno mexicano ha actuado con pragmatismo al mantener abiertas las vías de cooperación económica con Estados Unidos. La defensa de los intereses nacionales no impide negociar condiciones que permitan conservar acceso al mercado y proteger inversiones productivas.
No significa que todas las diferencias estén resueltas…persisten aranceles importantes y desacuerdos sobre sectores industriales. Pero el crecimiento tecnológico demuestra que las empresas estadounidenses continúan encontrando valor en producir y abastecerse desde México.
Para nosotros, el desafío consiste en convertir esa demanda en inversión de mayor permanencia. Una orden extraordinaria de exportación genera ingresos. Una cadena de proveedores nacionales, contratos recurrentes y capacidades tecnológicas propias puede generar valor durante décadas.
La diferencia financiera es considerable. Cuanto mayor sea la participación mexicana en diseño, ingeniería y componentes especializados, mayores posibilidades habrá de capturar márgenes, desarrollar capital humano y reinvertir utilidades en nuevas capacidades.
México no necesita competir con Estados Unidos por el liderazgo de toda la industria tecnológica (sería una batalla perdida). Necesita ocupar posiciones cada vez más valiosas dentro de una cadena norteamericana que está creciendo.
El auge de la inteligencia artificial ofrece una oportunidad que no depende exclusivamente de discursos gubernamentales. Depende de inversiones concretas y de empresas que necesitan producir, entregar y ampliar capacidad.
Y Washington puede endurecer sus condiciones comerciales, pero mientras su expansión tecnológica requiera producción mexicana, tendremos una oportunidad económica que debemos aprovechar con inteligencia y capital.