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Los movimientos de Sheinbaum

por El Consejero
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Los movimientos de Sheinbaum

Sin aludir directamente al discurso del domingo de la presidenta, este lunes el embajador estadounidense, Ron Johnson, posteó un mensaje muy cuidadoso, señalando que es una oportunidad perdida para la cooperación “cada momento que dedicamos a convertir este desafío compartido de seguridad en una discusión política”.

Al día siguiente, abordada sobre el tema, Claudia Sheinbaum no ocultó su molestia, y pidió que el diplomático se mantenga en el tema bilateral y respete los asuntos internos del país.

Pareciera que la presidenta da dos pasos para adelante en la confrontación, como fue su discurso dominical, retrocede uno al deslindar a Trump de la ofensiva injerencista de grupos de derecha, y avanza otros dos al querer poner en su lugar al embajador.

Aquí es donde uno se pregunta, ¿había la necesidad de que la presidenta se bajara a confrontar a Johnson?, ¿dónde está el canciller Velasco? El mensaje del embajador pudo tener una interpretación conciliadora, o no merecer comentarios y dejarlo pasar.

Después de lo sucedido con los agentes de la CIA en Chihuahua, se hubiera esperado una salida de Johnson de la Embajada, no solo por la molestia del gobierno mexicano -manifiesto en un extrañamiento-, sino por haber quedado al descubierto la operación de la agencia en México.

No ha sido así, aunque el tema ha sido pretexto para arremeter contra la gobernadora de Chihuahua por un delito que, suponiendo sin conceder que se acredite, es mucho menos grave que el cometido por Rubén Rocha.

Lo cierto es que las palabras de Sheinbaum del domingo, la aprobación de la reforma electoral para anular una elección de comprobarse intervención extranjera y, ahora, la respuesta a Johnson, hacen prever que el balón está en la cancha de Estados Unidos, que habrá respuesta, y que no esperará a que pase el Mundial de Futbol.

Israel: el fin del cheque en blanco

Benjamín Netanyahu no es un aliado fácil, nunca lo ha sido. Difícilmente acepta una negativa por respuesta. Estados Unidos no ha sido la excepción. Bill Clinton se desesperó con él. Barack Obama mantuvo una relación marcada por la desconfianza y los desacuerdos sobre Irán.

Joe Biden cuestionó públicamente algunas de sus decisiones tomadas durante la guerra de Gaza. Sin embargo, nunca se había reportado una conversación tan ríspida entre un presidente estadounidense y un primer ministro de Israel como la que sostuvieron recientemente Donald Trump y Netanyahu.

Las palabras pueden ser anecdóticas (Trump lo habría llamado loco). Lo importante es lo que revelan. Detrás del intercambio existe una diferencia estratégica que podría tener consecuencias para toda la región. Por primera vez en mucho tiempo, Washington y Jerusalén parecen observar el mismo problema desde perspectivas distintas.

Durante años nos acostumbramos a ver a Estados Unidos e Israel como un bloque monolítico en su actuación sobre Medio Oriente. Había desacuerdos, matices y negociaciones internas, pero hacia el exterior existía la percepción de que ambos gobiernos compartían los mismos objetivos fundamentales y que cualquier adversario regional terminaría enfrentándose a una alianza sólida y coordinada.

Hoy esa certeza comienza a resquebrajarse.

El desencuentro actual no gira realmente alrededor de Gaza, ni Líbano, ni siquiera Hezbollah. El corazón del conflicto sigue siendo Irán. Para Netanyahu, el régimen iraní representa una amenaza estratégica permanente cuya capacidad militar y su red de aliados regionales deben ser contenidas mediante una presión constante.

La visión estadounidense parece distinta. Aunque Washington sigue considerando a Irán un rival, enfrenta una realidad geopolítica mucho más compleja que hace veinte años. La competencia con China se ha convertido en el eje de su política exterior.

La guerra de Ucrania continúa absorbiendo recursos de todo tipo. Las tensiones globales aumentan. Mientras –a nivel interno– sus ciudadanos muestran cada vez menos entusiasmo por involucrarse en nuevos conflictos prolongados en Medio Oriente.

En ese contexto, una escalada regional representa un problema para la Casa Blanca. Lo que para Israel puede representar una necesidad de seguridad inmediata, para Washington puede convertirse en una distracción estratégica de enormes proporciones.

El riesgo se encuentra en que, si empiezan a surgir desacuerdos públicos entre ambos gobiernos, otros actores regionales podrían sentirse tentados a recalcular sus posiciones. Irán podría interpretar que existe un margen mayor para negociar o presionar.

Turquía podría ampliar su influencia regional. Arabia Saudita podría reforzar su papel como factor de equilibrio. Catar podría incrementar su protagonismo diplomático. Cuando los dos principales aliados de la región dejan de enviar señales idénticas, es el momento de buscar una mejor posición.

La noticia no es que Trump y Netanyahu hayan discutido. Los desacuerdos entre líderes son absolutamente normales. La novedad es que la discusión pone de manifiesto una transformación más amplia: los intereses de los aliados ya no siempre coinciden, incluso cuando enfrentan amenazas comunes.

La historia demuestra que los momentos de mayor incertidumbre internacional suelen surgir cuando las alianzas tradicionales empiezan a redefinir sus prioridades. Y eso es precisamente lo que podría estar ocurriendo en Medio Oriente.

Si Washington busca evitar que se extienda una guerra regional y Israel considera que la confrontación es inevitable, la región podría entrar en una etapa donde las reglas empiecen a cambiar. Y una vez que los aliados dejan de compartir las mismas prioridades, el riesgo de un error de cálculo aumenta para todos.

El efecto inmobiliario del Mundial

A medida que se acerca el Mundial 2026, la conversación pública se ha concentrado en la derrama económica que dejará el torneo. Sin embargo, uno de los fenómenos más interesantes ocurre lejos de las canchas: en el mercado inmobiliario.

Durante un webinar organizado por University Tower, expertos coincidieron en que las rentas de corta estancia podrían alcanzar niveles inéditos, al grado de generar en unas semanas ingresos equivalentes a varios meses —e incluso a un año— de renta tradicional. El dato revela algo más: la capacidad de los grandes eventos globales para reconfigurar temporalmente la economía urbana.

Lo que ocurre en la Ciudad de México es una constante observada en las grandes metrópolis que reciben acontecimientos de escala internacional. Desde Juegos Olímpicos hasta Copas del Mundo, pasando por exposiciones universales o eventos deportivos de primer nivel, la demanda extraordinaria de alojamiento suele tensionar la infraestructura hotelera y desplazar parte de esa demanda hacia el mercado residencial.

El resultado es un aumento acelerado de tarifas, una migración temporal de propiedades hacia esquemas de renta corta y una revaloración de zonas estratégicamente ubicadas. La diferencia es que, en esta ocasión, la capital mexicana llega al Mundial en medio de una transformación urbana que ya venía redefiniendo la forma de habitar y rentar la ciudad.

La pregunta relevante no es cuánto subirán las rentas durante el Mundial, sino qué tendencias permanecerán una vez que termine el torneo. Históricamente, los grandes eventos funcionan como aceleradores de procesos que ya estaban en marcha.

En CDMX, el Mundial parece estar confirmando el protagonismo creciente de las zonas centrales, la preferencia por esquemas de alojamiento flexibles y la creciente vinculación entre turismo, inversión y desarrollo urbano; más que un fenómeno pasajero, podría ser una señal anticipada de hacia dónde se dirige el mercado inmobiliario de la capital durante la próxima década.

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