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El cacicazgo de Guerrero

por El Consejero
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El cacicazgo de Guerrero

Desde el pasado lunes y hasta el sábado, Morena inició el registro de aspirantes a coordinadores estatales en Defensa de la Transformación, eufemismo detrás del cual están las candidaturas a gobernadores de los 17 estados para evitar caer en la ilegalidad de actos anticipados de campaña.

Guerrero es uno de los estados más complejos de México, incluso antes de haber sido creado: territorio accidentado; desigualdad social y pobreza extrema; origen de grupos guerrilleros y conflictos sociales; numerosos grupos delictivos operando; cacicazgos y grupos clientelares; bien dicen que en Guerrero siempre pasa algo, y cuando no, tiembla.

Con sus particularidades de cada entidad, para variar, el proceso que se aprecia más complicado es el de Guerrero. La contienda guerrerense tiene a 15 aspirantes registrados, de los cuales tres tienen posibilidades y uno más es un personaje decisivo, aunque no llegue al registro.

De la tríada, se trata de la ex consejera jurídica, Estela Damián; de la senadora con licencia Beatriz Mojica; y la polémica presidenta municipal de Acapulco, Avelina López. Por último, guste o no, Félix Salgado Macedonio es el jugador que necesita estar en la ecuación, gane quien gane, aunque él no aparezca en la encuesta.

Salgado Macedonio pidió licencia al Senado, pero dice todavía no saber si acude a registrarse o no. Mañoso como es, aprovechando el doble lenguaje de la elección, Salgado argumenta que tiene derecho de inscribirse para buscar la coordinación estatal en Defensa de la Transformación, por tratarse de un nombramiento honorífico y que no hay nepotismo de por medio, pues su hija, la gobernadora Evelyn Salgado, no fue coordinadora estatal.

La realidad es que el senador sabe que la dirigencia partidista se reserva el derecho de admisión a la encuesta, y no lo van a dejar participar por estatuto interno. Pero no todo está perdido, porque nadie lo quiere de enemigo.

Salgado Macedonio tiene una estructura fuerte en el estado que puede poner a disposición -o en contra- de quien elija para que resulte ganadora en las encuestas y, por ende, a la gubernatura. El precio es conservar su influencia en la nueva administración y que para el 2033, poder ser ahora sí, además del nuevo cacique, gobernador de Guerrero.

Israel y el límite moral

La Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado, creada por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, concluyó recientemente que las operaciones militares israelíes en Gaza han provocado un daño devastador sobre la población infantil y sostiene que hay elementos suficientes para considerar que se están cometiendo actos de genocidio.

Israel rechaza categóricamente esa acusación y considera que tanto la comisión como el propio Consejo de Derechos Humanos mantienen un sesgo histórico en su contra. La discusión jurídica seguramente continuará durante años. La moral, en cambio, exige respuestas más inmediatas.

Nadie puede olvidar que esta guerra inició con el brutal ataque perpetrado por Hamas el 7 de octubre de 2023. Aquella ofensiva contra civiles constituyó un acto de terrorismo que merece condena absoluta. Pero reconocer esa realidad no obliga a guardar silencio frente a otra igualmente evidente: el costo humano que han pagado los civiles palestinos ha alcanzado dimensiones difíciles de justificar desde cualquier criterio ético.

Las guerras producen siempre víctimas inocentes. Sin embargo, existe una diferencia entre aceptar que habrá daños colaterales y asumir como inevitable una tragedia humanitaria de proporciones históricas. Cuando hospitales, escuelas, refugios y barrios enteros dejan de ser espacios seguros, la justificación militar empieza a entrar en tensión con la autoridad moral.

Las democracias suelen reclamar para sí una superioridad ética frente a organizaciones armadas que desprecian abiertamente la vida humana. Esa superioridad no se demuestra por las intenciones declaradas, sino por la conducta observada. Si la protección de los civiles deja de ser una prioridad visible, la distancia moral entre unos y otros comienza a reducirse alarmantemente.

Lo que está ocurriendo en la Franja de Gaza trasciende a Israel y Palestina. Si la comunidad internacional termina normalizando niveles de destrucción humana bajo el argumento de la seguridad nacional, estará estableciendo un precedente peligroso para el futuro.

Las normas del derecho internacional humanitario fueron creadas precisamente para los momentos más difíciles, cuando el miedo, la ira y el deseo de venganza amenazan con imponerse sobre cualquier consideración ética. Si esas reglas dejan de aplicarse cuando más se necesitan, corremos el riesgo de convertirlas en simples declaraciones de buenas intenciones sin capacidad real para proteger a los más vulnerables.

El verdadero riesgo para Israel no es solamente el desgaste diplomático o las posibles consecuencias jurídicas en el futuro. Es la erosión de la legitimidad que durante décadas ha sustentado una buena parte de su posición internacional. La seguridad es un derecho irrenunciable. La defensa propia también. Pero ninguna nación fortalece su causa cuando el sufrimiento de miles de niños se convierte en una imagen cotidiana para el resto del mundo.

Quizá los tribunales internacionales tarden años en determinar responsabilidades legales. La historia, sin embargo, suele emitir sus veredictos mucho antes. Y cuando lo hace, rara vez distingue entre las razones que iniciaron una guerra y las consecuencias humanas que dejó a su paso.

México Campeón

El gigantismo de la Copa del Mundo de 2026, con sus inéditos 48 equipos y un mapa que devora distancias a escala continental, prometía ser el monumento definitivo a la modernidad globalizada. Sin embargo, a medida que avanzamos en la fase de grupos, la mirada exterior está devolviendo un veredicto inesperado: la mejor impresión no se compra con la frialdad de la infraestructura de vanguardia, sino con el alma de los pueblos. En esa balanza intangible, es México el país que está dejando la huella más profunda y positiva en el imaginario internacional.

Para entender el fenómeno, hay que mirar las costuras de sus socios de la CONCACAF. Estados Unidos, que ostenta la parte del león con 78 de los 104 partidos del torneo, jugaba sobre seguro con sus monumentales estadios de la NFL.

Pero la opulencia de sus recintos se ha topado de frente con una realidad política asfixiante. Bajo la lupa de la prensa extranjera, la experiencia estadounidense se percibe rígida y blindada. Los severos controles fronterizos de la segunda administración de Donald Trump, las retenciones de futbolistas y árbitros en las aduanas, como los sonados casos de oficiales y delanteros de delegaciones afroasiáticas, y el fantasma de una presencia excesiva de agencias de inmigración en los perímetros de los estadios han proyectado una imagen de desconfianza. El gigante del norte parece estar organizando una fiesta a la que nadie quisiera estar invitado, y que el dueño de la casa tampoco quería hacer.

Canadá, por su parte, transita el torneo con la corrección política e institucional que le caracteriza, pero con una alarmante falta de pulsaciones. Las encuestas previas no mentían: el canadiense promedio ve el Mundial con una mezcla de orgullo tibio y profunda preocupación por el gasto público.

Ciudades como Toronto y Vancouver albergan partidos impecables en lo logístico, pero la atmósfera en sus calles delata que el fútbol sigue siendo un huésped de invierno en tierra de osos y de hockey. Falta el contagio colectivizado, esa electricidad callejera que transforma un torneo deportivo en un hito histórico. Más ahora que nunca ante la presencia viral de las redes sociales.

Y entonces, emerge México.

Frente al recelo estadounidense y la frialdad canadiense, los mexicanos, la gente, no el gobierno, ha desplegado una diplomacia cultural imbatible: la de la hospitalidad sin reservas. México no ocultaba sus desafíos en los meses previos; los debates sobre seguridad y transporte eran legítimos.

No obstante, cuando el balón comenzó a rodar en la capital, en Guadalajara y en Monterrey, la narrativa exterior cambió de golpe. Y más allá de las ciudades sede, en las playas, en el caribe, en la península de Baja California, en las ciudades cercanas al centro, prácticamente en todos los rincones de la República.

Los miles de aficionados extranjeros que decidieron esquivar las hostiles aduanas de Estados Unidos para refugiarse en las sedes mexicanas se han encontrado con un país volcado en el festejo. El color, la gastronomía, la música y, por encima de todo, una población que asume el fútbol como una religión comunitaria han conmovido a los cronistas de todo el planeta.

Mientras el público estadounidense debate el impacto económico y el canadiense audita el costo fiscal, el 91% de los mexicanos abrazó el torneo con pasión absoluta desde el primer día. Ese entusiasmo se transmite por las pantallas a los cinco continentes.

México ha demostrado que la experiencia mundialista sigue perteneciendo a los fanáticos. En un torneo atomizado geográficamente y amenazado por el clima político, el calor humano de la sede mexicana ha recordado al exterior el verdadero propósito original de la Copa del Mundo: tender puentes donde otros levantan muros. En la cancha de la percepción global, México gana por goleada.

Inclusión: cuando el desafío deja de ser la política y se convierte en cultura

A medida que se acerca una nueva conmemoración del Día Internacional del Orgullo LGBT+, los resultados del Termómetro Laboral de OCC, la bolsa de trabajo en línea líder en México, dejan una lectura alentadora: más de la mitad de los trabajadores percibe avances en materia de inclusión en las empresas y una amplia mayoría afirma sentirse segura para expresar su identidad en el entorno laboral. Sin embargo, el dato más interesante no es cuánto se ha avanzado, sino lo que todavía falta por consolidar.

Las organizaciones mexicanas han recorrido un camino importante en los últimos años. Hoy es más común encontrar políticas de diversidad, protocolos de respeto y discursos corporativos que promueven la inclusión, pero cuando un tercio de los trabajadores considera que estos esfuerzos siguen siendo superficiales, el mensaje es claro: la conversación ya no está en la intención, sino en la experiencia de las personas. La verdadera inclusión no se mide por lo que una empresa comunica, sino por lo que sus colaboradores viven todos los días.

Este reto adquiere una relevancia especial en un momento en que las empresas enfrentan una creciente competencia por atraer y retener talento. Las nuevas generaciones valoran cada vez más los entornos donde pueden desarrollarse con autenticidad y sin temor a ser juzgadas por quiénes son. En ese sentido, la inclusión se convirtió en un factor de competitividad, reputación y permanencia del talento.

La oportunidad para las empresas es clara: pasar de las acciones simbólicas a la construcción de culturas organizacionales genuinamente incluyentes. Porque cuando las personas sienten que pueden ser ellas mismas en el entorno laboral, mejora su bienestar y aumenta su compromiso, creatividad y capacidad de aportar valor. La inclusión, al final, no beneficia solo a un grupo específico, fortalece a toda la organización.

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